Ser progresista parece, a priori, un aspecto identitario que busca cambios para alcanzar la igualdad y el bienestar social. Sin embargo, este aspecto entra en contradicción cuando, como hemos visto hace unas semanas, no cabe lugar a análisis, crítica y condena de determinados espacios que también conforman la identidad de un país, como, por ejemplo, lo es el fútbol en Argentina.

Yo soy argentino y, desde que tengo uso de razón, el fútbol está presente de manera inconsciente en todas las interacciones sociales, sea uno futbolero o no. Frases como “la pelota no se mancha”, “paso a paso” o “andá p’allá bobo” son parte del repertorio nacional. El fútbol es, sin lugar a dudas, una de las pasiones argentinas. Quizá más que la música, el teatro, el cine. No creo que sea casual que de los iconos mundiales argentinos, dos sean futbolistas (Maradona y Messi). En mi país, el fútbol también es instrumento de organizaciones sociales para sacar a las infancias de la calle y la ilusión de un progreso social posible. En otras palabras, el fútbol no es solo un deporte, sino un instrumento y espacio social, político y cultural.
Pero ¿por qué genera más interés el campeonato mundial masculino que el femenino? ¿Por qué, aparentemente, no hay jugadores del colectivo LGBTIQ+? ¿Por qué, para alentar, se realizan cánticos racistas o xenófobos? ¿Hay jugadores pobres? ¿Dónde juegan los jugadores “exitosos”? ¿Dónde viven estos jugadores? ¿Qué modelos de familias presentan a la sociedad? ¿Con qué sectores políticos se dan la mano? ¿Por qué las organizaciones sociales vehiculizan su ayuda o presencia mediante el fútbol y no con otro deporte?
«El fútbol es un opresor alienante social»
El fútbol, además de ser una pasión argentina, es el espacio que utiliza la cultura dominante para reproducir el orden social, político y cultural presente. Este orden a reproducir es machista, racista, xenófobo, homófobo y colonialista. Es, dicho de otra manera, un opresor alienante social. Por eso, se supone, el progresismo debería desnaturalizar, analizar, criticar, opinar y tomar medidas contra este espacio, para transformarlo. Pero, ¿qué pasa cuando dos aspectos que forman parte de una identidad (ser progresista y futbolero) entran en contradicción? ¿Cuál prevalece? ¿Es consciente? ¿Qué decisiones se toman?
Durante estos días intercambié algunas palabras con compañeros ‘progresistas’ al respecto. El comentario con el cual comencé las conversaciones apuntaba a la falta de entendimiento de que no exista análisis, crítica y condena de personas progresistas a hechos que tienen que ver con el universo del fútbol. No entendía cómo perdonaban la foto de Messi con Trump (el mismo día que Trump ordenó bombardear y matar a niñas de una escuela en Irán). No entendía cómo Messi, en Argentina, salía impoluto de aquella foto y se lo vitoreaba como un héroe (sin hacer ningún matiz). No entendía por qué les molestaba que, aparentemente (campaña de redes mediante), se diga que Argentina es un país machista, racista, xenófobo y homófobo.

De este comentario obtuve una respuesta que me llamó la atención: un viejo compañero del profesorado (es profesor de primaria como yo) reconocía en el fútbol estas cuestiones pero las relativizaba. Primero, parafraseando a Dolina, diciendo: “Naciendo en un país como este, es una lástima ser un refutador de leyendas”. Después, alegando la falta de entendimiento de esta pasión por no gustarme el fútbol. “Todos somos contradictorios”, me dijo, entre otras cosas.
Para terminar la conversación y no seguir cambiando opiniones, argumentó: “El fútbol refuerza la heteronorma, el cine hegemoniza cuerpos, y así con todo. Porque al final el problema no es el fútbol ni el cine. Entonces el juego no es ponerse cínicos y decir que todo es una mierda o peor aún, que lo que no me gusta lo es. Si la charla hubiera empezado, por ejemplo, valorando lo hermoso del fútbol y el Mundial, podríamos haber charlado de todo lo que tiene para cambiar. Casi la misma charla con la escuela, la política, el arte, etcétera. Un abrazo”.
Este comentario hizo que me diera cuenta la gravedad del asunto. Este compañero es blanco, profesional, de clase media, milita en espacios políticos progresistas, con pareja mujer y un modelo familiar tradicional. Este compañero, de manera elegante –y creo que inconsciente– me trata de cínico por criticar y pedir explicaciones sobre el universo del fútbol. Y no solo eso, sino que, al decirme “si la charla hubiera empezado, por ejemplo, valorando lo hermoso del fútbol y el Mundial, podríamos haber charlado de todo lo que tiene para cambiar”. Indirectamente, estaba reconociendo que, para dar opinión de algunas cosas, hay que pedir permiso.
Es decir, para criticar su pasión alienante, opresora y heteronormativa, primero hay que decir sus virtudes; si no, uno es un cínico. Esto es exactamente lo que ocurre con el movimiento feminista. Le exigen formas. Las cuestiones de fondo siempre quedan supeditadas a las formas. Y esas formas son las permitidas por el sistema y la cultura dominantes machistas. En otras palabras, si no se ajusta a cómo el machismo permite críticas, entonces no vale, está desubicado, es incívico, es cínico.

Un Orgullo con menos visibilidad argentina que el Mundial
En sentido similar, otro ejemplo que viví –y creo simbólicamente significativo– tiene que ver con la falta de representación argentina en la reciente manifestación del Orgullo de Barcelona, el día anterior a la final del Mundial. En la manifestación, entre las numerosas carrozas, había banderas de Brasil, Venezuela, Colombia. No había ninguna bandera argentina. Tampoco nadie vestía una camiseta argentina. Al mismo tiempo, en una playa, se había convocado un “banderazo argentino” para alentar a la selección que jugaba al otro día.
Teniendo en cuenta que, de los residentes no nacidos en Barcelona, los argentinos encabezan el ranking, no ver una bandera argentina en la marcha, además de provocarme una tristeza enorme –sabiendo que el presidente argentino hace paralelismos entre homosexualidad y pedofilia–, evidencia que el fútbol interesa más. Y esta prioridad de intereses me la hizo saber otro compañero de izquierdas (también profesor de primaria) que, cuando intentó justificar la foto Messi-Trump, argumentó: “Hay jugadores de Argentina que no le dieron la mano a Trump, y muchas personas involucradas en el mundo del fútbol denuncian el genocidio de Israel con Palestina. ¿Vos con qué parte te quedás? Es como que te diga que está mal que vayas a la marcha del Orgullo porque no llevaste un cartel reclamando a favor de los jubilados”.

Otra vez lo mismo: este compañero es blanco, profesional, de clase media, milita en un espacio político progresista, con pareja mujer y un modelo familiar tradicional. Este compañero no entiende el peso simbólico cultural de un jugador de fútbol, e iguala ese hecho a que un individuo equis que está reivindicando y luchando por unos derechos no incluya consignas que tienen que ver con otras reivindicaciones, como las reclamaciones de los jubilados –en Argentina, los pensionistas son el sector con mayor ajuste por parte del Estado. No les alcanza para cubrir las necesidades básicas. Por ello, todos los miércoles, se manifiestan y son ferozmente reprimidos–, reconociendo, indirectamente, que los derechos del colectivo LGBTIQ+ valen menos que los que reclaman los pensionistas.
Otro fenómeno que llamó poderosamente mi atención es ver a personas LGTBIQ+ siguiendo con mucho interés el Mundial. Claro está que formar parte del colectivo no te hace ser progresista. Sin embargo, muchas de estas personas sufrieron bullying por no interesarles el fútbol. Fueron víctimas de su opresión. Quizá por jugar mal, quizá porque sus cuerpos no se ajustaban al ‘disciplinamiento’ establecido. De todas formas, la alienación que el fútbol genera hace que, a pesar de tanto sufrimiento, parte del colectivo empatice.
«Me llamó la atención ver a personas LGTBIQ+ siguiendo con mucho interés el Mundial. Formar parte del colectivo no te hace ser progresista»
Esta alienación no sólo comienza en el seno familiar, sino que se construye en las escuelas. Me sobran los ejemplos. Un caso recurrente tiene que ver con que el uso del patio en el recreo está dominado por los chicos que juegan al fútbol, haciendo que el resto se acomode en los laterales y adapten su esparcimiento al lugar que sobra. Esto determina qué cuerpos pueden ocupar espacio, moverse en libertad y cuáles no. Es una metáfora que combina cuerpo, género, rol y que legitima al varón sobre el resto. Y frente a esto, ¿qué hacen los profesores?
Otro argumento que escuché estas semanas de personas supuestamente progresistas tiene que ver con no entender la simpatía de personas de países latinoamericanos hacia España. ¿Cómo es posible que se alegren con que España gane si es una potencia colonial, responsable de la desaparición de pueblos originarios de América Latina? ¿Cómo es posible que no vean a España como el opresor extractivista saqueador de recursos de América? Es cierto, el Imperio español no solo oprimió pueblos, mató y esclavizó personas, también implantó una cosmovisión que sigue vigente. Las consecuencias de todas las atrocidades realizadas por el Imperio español están latentes en América Latina. Tan latentes que parte de sus sociedades y dirigencias pensaban y piensan lo europeo como «lo cívico», y lo procedente de los pueblos originarios como «lo bárbaro”.

Esto, a lo largo de la Historia argentina, fue una premisa utilizada por el Estado para tomar decisiones y moldear la sociedad actual. Fue tan fuerte esta premisa que, con la necesidad de mano de obra, se fomentó la inmigración europea hacia Argentina durante los siglos XIX y XX. Es decir, gran cantidad de abuelos que viven en Argentina son europeos. En consecuencia, muchos argentinos se creen más próximos a Europa que a otros países de América Latina. Dichos como los de un expresidente presuntamente progresista (“los mexicanos salieron de los indios, los brasileros de la selva, pero los argentinos de los barcos”) dan cuenta de que en el imaginario colectivo argentino se niega lo latinoamericano y prevalece la idea de cercanía con Europa.
Una identidad individual y colectiva en constante construcción
Teniendo en cuenta que parte de la sociedad argentina niega su ser latinoamericano, que cree que la culpa de todos los problemas sociales tiene que ver con los inmigrantes de los países limítrofes y que simpatizan con potencias que rompen la soberanía de los pueblos, no creo descabellado que nuestros hermanos latinoamericanos encuentren más representación en una selección cuyas figuras principales son negros, hijos de inmigrantes y que se pronuncian contra la ocupación criminal en Gaza por parte de Israel.
«Un progresismo cómodo, que se conforma con tener contradicciones, no es progresismo»
Claro, forman parte de un país que cuando fue imperio cometió, como dije antes, atrocidades. Forman parte de un país que tiene una verja que se cobra vidas de africanos que intentan saltarla para conseguir llegar a Europa. Forman parte de un país que tiene monarquía, institución responsable de la colonización de América. Parece, a primera vista, ilógico. Sin embargo, poco a poco, y con el avance explícito de la ultraderecha, que defiende esos valores que, muchas veces, coinciden con esos argentinos que se creen europeos (porque subestiman todo lo no europeo), no resulta loco que alguien antifascista, que condena el racismo, la xenofobia y la homofobia, en momentos donde el mundo se está jugando un nuevo orden, simpatice con aquellos que tienen puntos en común, y entienden la cosmovisión de determinados argentinos como colonialista transformándose el oprimido en un opresor simbólico.
Quizá el progresismo latinoamericano, al ver una selección de fútbol española diversa, encuentre esperanza en que las nuevas generaciones de españoles que son antifascistas, antirracistas, feministas y queer puedan exigir a las instituciones pertinentes una reparación histórica. Desde luego que esta esperanza, con un argentino empedernido con ser europeo, es difícil de tener.

La identidad individual y colectiva está en constante construcción. Con este artículo, la idea es marcar que algunas identidades progresistas contribuyen, desenmascaradas por el fútbol, a impedir un progreso real. No basta con empatizar con las mujeres, el colectivo LGBTIQ+, los negros, los migrantes, los trabajadores… No basta con poner algún post o ir a alguna manifestación. Primero, debemos tener la capacidad de reconocer aquellos aspectos que forman parte de nuestra vida y oprime a otros. Luego, analizar, y buscar alternativas. Un progresismo cómodo, que se conforma con tener contradicciones, no es progresismo. El progresismo lo es cuando pone en jaque a la hegemonía y heteronormatividad.
Para terminar, es importante destacar que en Argentina existen leyes progresistas que permiten a numerosos colectivos estar acogidos jurídicamente. Respecto al colectivo LGBTIQ+, hay ley de matrimonio igualitario (desde 2010), ley de identidad de género (desde 2012) y ley de cupo laboral trans (desde 2021). El avance de la ultraderecha juega con revisar estas leyes que rompen parcialmente la visión global hegemónica y heteronormativa. Por eso, es necesario un progresismo que cuide y profundice este marco jurídico, que en definitiva, busca incluir personas y hacer que la sociedad argentina sea más igualitaria.

