21/06/2018

Rouco, la última folclórica de España

15 octubre, 2014
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Que España ha sido siempre terreno abonado para las folclóricas es algo que ya hemos comentado más de una vez. Pero ello no impide la sorpresa de este plumilla al ver que la primera del siglo XXI vista sotana con upgrade de purpurado. Ante todo aclarar una cosa: las folclóricas, como las petardas, no tienen género. No hay folclóricos igual que no hay petardos. Lo preciso para evitar suspicacias a ambos lados: en los sectores de la curia –seguro que alguno nos lee– y en los de la reivindicación radical, que a veces ambos se tocan en sus curvas más extremas.

Igual el término ‘petarda’ ha quedado algo apagado, pero los que pasamos “de la niñez a los asuntos” –como canta Raphael– en los 80/90 al son de las Diabéticas Aceleradas en Morocco, sabemos bien qué significa. El de folclórica sigue más en uso, pero también un poco de capa caída. Tras Isabel Pantoja y Falete, el panorama está un poco gris. O estaba, que con Rouco nos ha venido un ‘rayo de luz’, por recordar a Marisol, que no llegó a folclórica porque Gades la desvió de camino.

Publicado está estos días que Rouco se ha encastillado en su palacio arzobispal. Su sustituto, Carlos Osoro, lejos de ponerse la capa pluvial por peineta, se ha subido al carro del Papa Francisco y busca los titulares por un lado más social, conciliador. Esperemos que siga así, pues, aunque solo sea un efecto de “sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate”, se agradece. Fuerte es el encastillamiento en palacio, justo cuando las reinas van con vaqueros rotos a ver a Beck al DCode. Pero uno, que se confiesa católico practicante y sabe algo del lenguaje de sacristía y del mundillo eclesiástico, ejerce de columnista y se entera de cosas que le dejan patidifuso.

¿Qué ha hecho Rouco que te dejará patidifuso cuando te enteres? Pasa página

La primera, y hasta cierto punto lógica, es que el purpurado saliente está muy ofendido por el trato de segunda clase que recibió cuando el rey abdicó (vamos, que debió enterarse como todo cristiano: por la tele) y, sobre todo, por la invitación ‘no VIP’ para los fastos de coronación de Felipe VI. A él, que se envainó –sin vaselina– toda la doctrina para justificar casar en La Almudena a una divorciada sin perder la compostura, como si estuviese desposando a Isabel la Católica en Segovia. Eso, hay que reconocerlo, debe doler. Que después de comerse esa pasen de él es como para justificar hacer caso omiso a la máxima de “contra la soberbia, humildad”. Algo, por otro lado, que llevaba años haciendo. Pero en este caso, se entiende.

Pero la segunda es mucho mejor, pues esa sí que es de folclórica, folclórica: pelearse por la cabecera de cartel como hacían los representantes de Carmen Sevilla y Lola Flores en sus buenos tiempos.

Dijo en el obispado –como toda estrella que se precie, el trabajo sucio lo hacen sus representantes– que mandaran una circular a todas las iglesias de Madrid para que, hasta que tomara posesión el nuevo obispo, en las misas le siguieran nombrando a él y no al entrante, amparándose en el Decreto De nomine Episcopi in prece eucharistica proferendo, de 1972. Los mánagers de la folclóricas decían “está por contrato” a los productores. Esta sí es buena, casi como el momentazo de la Pantoja diciendo “Esta es mi casa. ¡No me vas a grabar más!”. Estamos a salvo: el terreno sigue abonado para que España no decaiga.

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