19/11/2018

¿Por qué se ha convertido a una franquista homófoba en una estrella televisiva?

27 agosto, 2018
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Está claro que la exhumación de Franco del Valle de los Caídos no es un tema baladí. Tras cuarenta años de democracia, las heridas siguen estando muy abiertas en la sociedad española y aún parecen lejos de cicatrizar. Seguimos siendo una población dividida que, más que avanzar, parece darse de cabezazos contra la misma pared una y otra vez.

Para tratar de cerrar esas heridas y subsanar parte de los daños causados por la dictadura, en 2007 se creó la llamada Ley de memoria histórica, mediante la cual “se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”. Entre otras cosas, debían ser eliminadas las condecoraciones y homenajes hacia el régimen franquista por respeto a las víctimas.

La última medida que se pretende llevar a cabo es sacar al dictador de su actual emplazamiento para convertir el Valle de los Caídos en un centro de reconciliación y homenaje a todas esas personas que perdieron la vida durante la guerra y la posterior dictadura.

Pero no han tardado en salir detractores a la exhumación. Ya sea por motivos políticos o por considerar que las cosas deben quedarse como están, una parte de la sociedad ha alzado la voz en contra de esta medida. Hay tantas opiniones al respecto como españoles pero, sin lugar a dudas, la gran ‘estrella’ (o al menos en eso la han querido convertir ciertos medios) de esta defensa ha sido Pilar Gutiérrez. La psicóloga, abiertamente franquista, ha dedicado su verano a pasearse por los platós de diferentes cadenas mostrando su opinión al respecto.

Vivimos en un país en el que prima (o al menos debería) la libertad de expresión. Pero esa libertad de expresión conlleva una gran responsabilidad y debe haber unos límites si queremos ser una sociedad verdaderamente libre. Del mismo modo que no se puede amparar en la libertad de expresión la apología del terrorismo, la discriminación LGTB o el racismo, tampoco se puede amparar la defensa de un genocida que robó a los españoles cuarenta años de libertades y derechos. Menos aún cuando esa defensa va cargada de tintes LGTBfóbicos, racistas y xenófobos.

¿Pero quién es el responsable de que esta mujer pueda ir de programa en programa haciendo afirmaciones del tipo con Franco no se podía obligar a los niños a ser homosexuales como ahora?

Es responsabilidad de las cadenas y de los medios de comunicación decidir si alguien que califica a los inmigrantes como “chusma” y hace apología de la homofobia y el totalitarismo merece tener unos minutos de pantalla delante de miles de personas.

Da la sensación de que con tal de ganar audiencia todo vale y, sin duda, esta señora se ha convertido en el gran hit televisivo del verano debido a su poca vergüenza y su capacidad para soltar una burrada tras otra. Pero mientras nos escudamos en el mero entretenimiento de masas se nos está escapando que las afirmaciones que hace públicamente suponen un delito de odio, y que más que aplaudirlas y reírlas deberían ser perseguidas por la justicia o, al menos, no tener cabida en espacios de difusión.

No todo vale para ganar audiencia. No todo vale para entretener. Cuarenta años de muertes, desapariciones y torturas no se pueden usar para crear un espectáculo en torno a una persona que no hace más que soltar bombas incendiarias hacia ciertos sectores de la población. Menos aún cuando a día de hoy millones de personas siguen sufriendo en nuestro país discriminación por su orientación sexual, de género, su procedencia o su religión.

Como sociedad debemos ser capaces de escuchar y debatir los diferentes puntos de vista desde el respeto y la libertad, pero no podemos seguir dando cabida a esas voces que lo único que pretenden es volver a encender la mecha del odio y el miedo. Tal y como afirmaba Karl Popper en su escrito La paradoja de la tolerancia, “si una sociedad es ilimitadamente tolerante, su capacidad de ser tolerante finalmente será reducida o destruida por los intolerantes”. El filósofo austriaco llegó a la conclusión de que, “aunque parezca paradójico, para mantener una sociedad tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia”.

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