17/10/2019

Este no es otro verano gay: “Historia de dos soledades”

2 septiembre, 2018
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Os invito a entrar en la habitación de un hotel en la ciudad de Singapur. Junto a la ventana, un cuerpo desnudo observa la bulliciosa ciudad a sus pies. Solo una lámpara le ilumina parcialmente. Os acercáis hacia él porque la curiosidad os llama, porque hay algo en él que desprende cierta tristeza y vosotros lo notáis.

Él no sabe que le estáis observando. Ni siquiera repara en que nosotros, observadores mudos de la escena, estamos cada vez más cerca de él, más próximos. Ahora, que la luz de la lámpara os permite observarle con mayor detenimiento, podéis ver cómo tiene el cuerpo lleno de tatuajes.

En el suelo, a sus pies, una toalla parece haberse desenrollado de su cintura sin que a su propietario le haya importado. Él solo mira a través de la ventana y suspira. Ahora que estáis más cerca veis que tiene el pelo rubio, los ojos claros, la mirada perdida en la inmensidad de una ciudad que se mueve totalmente ajena a él.

Veis que tiene cara de haber llorado, que tiene los ojos hinchados, las mejillas todavía humedecidas, los labios entreabiertos. Sus brazos descansan a lo largo de su cuerpo. Las manos como muertas, los hombros caídos, el corazón… El corazón lo tiene deshecho. Vosotros, ávidos observadores, ya habéis visto que la habitación del hotel está revuelta, que una maleta sobresale de un armario como si alguien, con prisas, hubiese buscado algo en ella.

Habéis visto que la cama está deshecha; que por el suelo del baño han rodado, hasta salirse, las botellitas de champú y de gel que deberían haber acabado en el neceser de uno de ellos; que dos vasos con el hielo deshecho descansan sobre la mesita auxiliar, observadores mudos, como vosotros, aunque ellos llegaron a tiempo.

Con la mano os indico que os acerquéis un poco al chico. Vosotros no queréis, pero yo insisto y os cojo de la mano hasta acercaros tanto que, si él levantase la vista, se toparía cara a cara con vosotros. Os incomoda, la cercanía os incomoda. Os incomoda el dolor que sentís por él, el vacío que notáis en la habitación.

No hubieseis entrado si os lo hubiese advertido, pero ahora estáis frente al chico y teméis hasta moveros por si él sale de su letargo. Mirando su rostro veis que una lágrima rueda por su mejilla y la soledad os aprieta y os ahoga. Queréis huir, pero teméis moveros. Queréis marchar, pero no sabéis cómo.

Y entonces sucede. Él levanta su rostro y os mira y os veis a vosotros mismos en sus ojos y hacéis, de una vez, lo que habéis venido a hacer. Levantáis los brazos y le abrazáis y al hacerlo, tanto él, como vosotros, os sentís menos solos. Y la ciudad continúa abajo ajena al dolor y a vosotros.

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Shangay

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