19/09/2019

Relatos gays de fin de semana: ‘Postales desde el recuerdo’ | Parte 3 (y última)

16 diciembre, 2018
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Entré en la habitación un poco asustado, pero era la primera vez que iba a estar tan cerca de esta mujer de la que conocía toda su vida porque otra persona me la había contado. Me acerqué poco a poco hasta a ella y, cuando estuve al lado de la cama, extendí mi mano y cogí la suya.

Era mucho más guapa de lo que había visto a través del cristal. Alta, rubia, con un ligero color rosado en la piel. Intenté transmitirle con el calor de mi mano mi presencia. Nada en ella varió. El monitor de su latido cardiaco indicaba las mismas pulsaciones y el dibujo se repetía una y otra vez idéntico al anterior bajo su nombre. Arriba a la derecha de la pantalla se podía leer el nombre de la paciente: Isabel López. Tuve que leer un par de veces el nombre para darme cuenta del error y como si de un acto reflejo se tratase, solté de golpe la mano de Sara.

La enfermera me asustó por la espalda diciéndome que el tiempo de visita había acabado y, como si me costara salir de mi confusión, tartamudeé un par de veces hasta que logré decirle: “Disculpa, el nombre del monitor es incorrecto, la chica se llama Sara”. “Lo siento, no conozco a la paciente –me dijo la enfermera– lo revisaré. De todos modos, he de decirte que los nombres compuestos no salen y a veces tenemos problema con eso”.

Mientras me quitaba aquellas ropas verdes y recogía mis pertenencias de la pequeña habitación donde me cambiaba, pensé que el buzón de casa me diría si Sara tenía o no un nombre compuesto. Las rondas iban bastante llenas a aquella hora de la tarde, así que tardé bastante tiempo en estar frente al grupo de buzones de nuestra escalera. Ubiqué el de Fernando y el mío y, moviendo el dedo de arriba abajo y de izquierda a derecha, fui buscando el de Sara y Miguel.

Había tres buzones seguidos que no tenían nombres puestos, uno de ellos debía ser el suyo porque en ninguno de los demás aparecía su nombre. Quizás todo aquello era una idiotez por mi parte y Sara sí que tenía nombre compuesto, pero había algo en mí que me llevaba a pensar que aquello no era simplemente una casualidad. Las primeras tres semanas de agosto las pasamos igual que habíamos pasado los últimos meses; trabajo, visitas al hospital y charlas con Miguel. Nuestra relación con él seguía igual e intentábamos ayudarle en todo lo que podíamos. Algunas noches se venía a casa a cenar, otras veces comíamos con él en el hospital para hacerle compañía… Los días de aquel caluroso agosto iban pasando poco a poco y, tanto apego habíamos cogido a Miguel, que nos empezó a parecer mal tener que alejarnos de él por el crucero que teníamos contratado mucho antes de conocerle.

Dos días antes de marchar al crucero, Sara tuvo un empeoramiento y temimos seriamente por su vida. Los médicos nos dijeron que estaba muy grave y que las próximas horas eran clave. Fernando y yo estuvimos hablando sobre la posibilidad de anular el crucero, pero al final, a pesar de la reticencia de Fernando, le convencí de que a nosotros nos iba bien desconectar, aunque solo fuese por unos días, de toda aquella historia y de que ya habíamos hecho mucho por ellos.

Fue aterrizar en Venecia, donde comenzaba nuestro viaje, cuando Miguel nos sorprendió con una llamada para decirnos que Sara había mejorado muchísimo y que ese mismo día la subían a planta. Nos abrazamos de alegría mientras a Fernando se le caían las lágrimas y oíamos a Miguel llorar al otro lado de la línea telefónica, dándonos las gracias por el apoyo que le habíamos dado en todo momento. No volvimos a hablar con él durante todo el crucero. Cuando intentábamos llamarle, el móvil estaba apagado o fuera de cobertura y los mensajes que le enviábamos no tenían respuesta. Así que decidí buscar el número del hospital por Internet y llamé preguntado por ellos. En ningún lugar les constaba ninguna Sara, ni ninguna Isabel, ni ninguna Sara Isabel.

Intentamos disfrutar de los últimos días del crucero como pudimos, algo temerosos de que le hubiese podido suceder algo a Sara y cuando llegamos a casa, descubrimos un sobre con una carta en el buzón. Miguel nos había escrito. En la carta nos explicaba que Sara había mejorado mucho durante nuestro viaje, hasta tal punto que le habían dado el alta con la condición de seguir un plan de rehabilitación para que acabase de recuperarse del todo. Los dos habían decidido alquilar una pequeña casita en el Pirineo catalán, como siempre había sido el sueño de ambos.

Allí, a pocos kilómetros de Andorra, podrían disfrutar de la naturaleza y desplazarse a la ciudad para que Sara pudiese hacer su rehabilitación. Miguel se mostraba muy contento por la mejoría de Sara y nos agradecía de corazón, una y otra vez, la ayuda que le habíamos prestado, llegando a decir que sin nosotros no hubiese sido capaz de soportar la espera. En su carta nos decía además, que esperaba que algún día no muy lejano, subiéramos a verles, para que Sara nos pudiese conocer. Y nos decía que como donde estaban apenas tenían cobertura, nos iría enviando una postal de vez en cuando para tenernos bien informados de todo.

Pocas veces en mi vida sentí una felicidad tan grande como la que sentí al leer aquella carta. Los días iban pasando y Fernando y yo volvimos poco a poco a nuestras obligaciones y a nuestra rutina. Las postales de Miguel iban llegando de vez en cuando, ahora con noticias de la mejoría de Sara, ahora con noticias sobre un pequeño viaje que habían hecho los dos, ahora con palabras de su eterno agradecimiento… Una y otra y otra, siempre era un placer recibir noticias de ellos y comprobar que, aunque el tiempo pasaba, Miguel siempre nos tenía en su pensamiento.

Mes tras mes, una postal firmada por él, nos llegaba al buzón. Creo que fue a mediados del siguiente año, sobre junio o julio, cuando tuve que escribir un artículo sobre enfermeras y mi jefe me envió a unas jornadas de enfermería para pacientes con necesidad de cuidados intensivos que se hacían en Barcelona. Fue allí, en un descanso entre ponencia y ponencia, donde me encontré a la enfermera que tanto tiempo había cuidado de Sara en la UCI.

La chica se acordaba perfectamente de mí cuando, al acercarme a saludar, le dije quién era. Entusiasmado por el encuentro, le di las gracias por lo bien que había cuidado a Sara y le expliqué lo bien que se encontraba ahora, y todo lo que se había recuperado. Susana, que así se llamaba la enfermera, me preguntó de qué conocía a Sara y a Miguel y, como pude, le hice un rápido resumen de nuestra historia. Me tuve que sentar cuando me dijo que Sara y Miguel no eran novios, que ella ni siquiera se llamaba Sara, sino Isabel y que la policía llevaba casi un año buscando a Miguel por hacerse pasar por familiar de una persona en coma y tomar decisiones en nombre de ella.

No me lo podía creer. Miguel, nuestro Miguel, se dedicaba a buscar personas sin familia que estuviesen en coma para tener el control sobre su vida y poder decidir por ellas. Como un titiritero moviendo los hilos… Como un perturbado, como un psicópata. La cabeza me daba vueltas, creí que iba a enloquecer. Según Susana, descubrieron que Miguel no era familiar cuando aquella chica, Isabel, salió del coma y no recordaba nada de Miguel. Podría haber sido secundario al coma, me explicó Susana, pero él no fue capaz de aportar ninguna fotografía, ningún documento ni ninguna prueba que les relacionase. Además no era la primera vez que lo hacía, así que cuando Isabel quiso interponer una orden de alejamiento, el juez dictaminó una orden de busca y captura.

Nunca más volvieron a saber nada de él. No me lo podía creer, me costaba respirar. En ese mismo momento marqué una y otra vez el móvil de Miguel, pero la operadora siempre repetía la misma frase: “El móvil al que llama…”. Salí corriendo de aquel lugar hacía el coche y de allí a toda velocidad hacia casa. Fernando me recibió en la puerta con una nueva postal de Miguel y una sonrisa. Angustiado le expliqué lo que me había sucedido y, asustado, le abracé.

A día de hoy todavía recibimos cada mes una postal de Miguel. En todas dice que no puede olvidarse de nosotros.

fIN

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