15/09/2019

Relatos gays de fin de semana: ‘Doce uvas’

13 enero, 2019
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La anciana iba pelando las uvas con todo el cuidado que podía. La mano derecha, algo más temblorosa que la izquierda, sujetaba la piel del pequeño fruto y tiraba de ella hasta arrancarla completamente.

Luego, con delicadeza, colocaba la piel en un pequeño plato que, con esmero, había traído de la cocina para ir depositando los restos. “A Adrián le gustará mañana comérselos”, había dicho en voz alta para que el jilguero oyese sus palabras y cantase un poco como había hecho.

Eran las doce menos cinco cuando la décima uva pelada se escurrió entre sus dedos rodando por el suelo debajo del sofá. Desde su posición, la anciana intentó buscarla e incluso inclinó con esfuerzo el cuerpo hacía delante para ver si con los dedos llegaba a alcanzarla. Nada, no había ni rastro de la uva.

Con cuidado se quitó la gafas de ver de cerca y las dejó sobre la mesa, al lado de los platos que contenían las uvas peladas y los despojos. Por un momento, solo por un momento, se le pasó por la cabeza levantarse del sofá e ir a la cocina a por una nueva uva, pero su cuerpo era demasiado lento y aquel movimiento requería demasiado esfuerzo. Además, eran casi las doce de la noche y la anciana no quería perderse las campanadas. “No pasa nada. Por una menos no importa, –pensó– al fin y al cabo, nunca consigo comérmelas todas”.

La televisión estaba apagada y el reloj de su muñeca señalaba que eran las doce menos un minuto. Levantó la mano derecha, esa que le temblaba más que la otra, y con movimiento lento, pero seguro, como si estuviese poniendo todo su empeño en mover su brazo, alcanzó la maneta de la ventana y la abrió.

El invierno entró a sus anchas en la pequeña sala porque el pequeño brasero bajo la mesa era incapaz, con su calor, de librar aquella fría batalla. Lentamente, la anciana cogió el pequeño plato que contenía las uvas, ahora once en lugar de doce, y se lo colocó en regazo a la espera de que reloj de la torre del convento de San Nicolás comenzase a dar las campanadas. Dong. Con la primera la anciana levantó la mano y se llevó una de las pequeñas uvas a la boca. Dong hacía la segunda mientras ella aún masticaba la primera. Dong. La mano lentamente elevaba la que para ella era la siguiente. Dong sonaba tan solo atravesar los labios la segunda uva. Dong. “Este reloj cada vez vas rápido”, pensó. Dong. Tuvo que tragar tres veces antes de coger del plato la tercera uva. Dong. “Este año tampoco acabo”, pensó. Dong. Tragó la tercera uva y decidió coger del plato la más pequeña de todas. Dong. De la mano temblorosa la pequeña uva salió rodando por el suelo. Dong. De las que quedaban volvió a elegir la más pequeña. Dong. Su tercera uva le pareció mucho más dulce que las demás, pensó cuando el reloj daba la última campanada. Dong. Una lágrima rodó por su mejilla y, recorriendo las arrugas de su rostro, llegó hasta su mentón para caer sobre el plato de las uvas que no había conseguido comer.

El frío se sentía cada vez más en la habitación y con dolor sintió el vacío de la pequeña sala y, a la vez, de su corazón. Le pareció raro que en la calle no se sintiese ningún ruido y que ni siquiera el alcalde tirase algún petardo para anunciar al pueblo la llegada del año nuevo, pero con delicadeza se secó las lagrimas y se levantó con esfuerzo hacia la cocina. Luego dejó allí las uvas y se metió en la cama. Estaba tan sola que nadie le dijo que la Nochevieja hacía diez días que había pasado. Estaba dormida cuando, tres días después, la encontraron.

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