08/12/2019

Antonio Banderas: “La provocación en ‘Dolor y gloria’ viene por la naturalidad con que se trata la homosexualidad”

3 abril, 2019

Comienza Dolor y gloria con Antonio Banderas –mejor, Salvador Mallo– sumergido en una piscina. Una de tantas imágenes icónicas que se ha convertido ya en un momento clásico, por su belleza y serenidad, del cine de Pedro Almodóvar.

El director en crisis –física, emocional y creativa– al que da vida Banderas se olvida de sus dolores y frustraciones bajo el agua, consciente de que necesita encontrar un método para salir de ese agujero negro vital en el que se encuentra. Julieta Serrano interpreta, por tercera vez en el cine del manchego, a la madre de Banderas (“es mi segunda madre, casi”), y juntos protagonizan una de las secuencias más emotivas, y a la vez duras, de la película. Mallo intenta ajustar cuentas con su pasado a todos los niveles y, una vez más, encuentra en la ficción su vía de salvación.

Un hecho especialmente significativo es que Banderas interpreta a un hombre homosexual maduro, un perfil poco habitual en el cine de directores de primer nivel. Han pasado treinta y dos años desde que protagonizó La ley del deseo (1986) junto a Eusebio Poncela, una de las grandes historias gays de nuestro cine, y que en su día generó un revuelo considerable. Es improbable que vuelva a suceder ahora, vista la serenidad con la que está tratada su homosexualidad.

Sin duda, frente a otros personajes gays que ha encarnado Banderas anteriormente –recordemos también la mítica Philadelphia de Jonathan Demme (1993)–, este Salvador Mallo representa otra cosa. “Los personajes gays que había interpretado en el pasado tenían un cometido distinto”, reflexiona. “La ley del deseo venía a romper un sistema moral que estaba establecido en la España de aquel momento. Esa película generó algo que a mí me hizo reflexionar muchísimo sobre la moralidad”, continúa. “En la secuencia 21 o 22 mi personaje mataba al de Miki Molina, lo tiraba por un acantilado. Eso no llamó la atención, porque el crimen en el cine se acepta con absoluta naturalidad. El Zorro mataba a medio México y allí no pasaba nada… Pero al ver a dos personas del mismo sexo besándose en la pantalla se despertó el anatema”, recuerda. “Y en otros países, ni te cuento. Porque además había muchos actores que no se atrevían a salir del armario, y se generó un gran conflicto”.

Foto: Nico Bustos

Tiene muy claro que el caso de Dolor y gloria es distinto. “La provocación viene por la naturalidad con que se trata el hecho”. Utiliza como ejemplo una de las grandes secuencias de la película, aquella en la que Mallo se encuentra con un gran amor al que hace décadas que no ve, interpretado por Leonardo Sbaraglia. “Me empieza a contar su historia, y me dice que tiene pareja. ‘¿Hombre o mujer?’, le pregunta mi personaje. ‘Mujer. Y tengo dos hijos’. Se muestra con una naturalidad absoluta, y puede que haya gente en esta España en la que estamos viviendo a la que le pueda chocar ver a dos cincuentones que se dan un beso con normalidad”.

«Puede que haya gente en esta España en la que vivimos a la que le choque ver a dos cincuentones darse un beso»

En la relación con su madre es donde aparece mucho dolor. “Un dolor que creo que Pedro llevaba dentro, y que muestra en una conversación con ella que probablemente a él le habría gustado que se hubiese producido en la vida real”. Banderas asegura que nunca olvidará el día en que rodaron la secuencia entre madre e hijo en un balcón, que tanto emociona a todo el que ve la película. “A Pedro le encanta interpretar a todos los personajes antes de rodar y leernos nuestros diálogos. No lo hace del todo bien, pero bueno”, bromea por un momento, para enseguida regresar a aquel momento mucho más serio. “No podía leer mis líneas, respiraba y volvía a intentarlo. Muy fuerte. Julieta y yo nos dimos cuenta inmediatamente de la carga emocional que tenía para él. Ya no necesitaba indicaciones, le estaba viendo reaccionar de una manera muy evidente a lo que había escrito. Le di un abrazo y le dije que ya lo tenía”.

Esa situación también le sirvió para reflexionar de nuevo sobre el tema. “Piensas en la mancha que suponía la homosexualidad en un pueblo chiquitito en los años 60 para un niño que se sentía distinto, en el dolor tremendo que te podía producir el rechazo de tu familia en un momento dado. Poder sacarte eso del pecho, y más sabiendo lo que Pedro ha sentido siempre por su madre, a la que veneraba, le da una carga explosiva a la película”.

Antonio Banderas sufrió un ataque al corazón en 2017, y confiesa que esa experiencia le permitió acercarse aún más a su personaje. “Vi la muerte cerca, sentí que me iba, y eso te cambia. Además, la recuperación fue muy larga. De manera que sí ha habido algo de aquella experiencia que podía usar, y que está en el personaje”. Aunque confiesa que no quiso reflexionar mucho sobre su propia enfermedad, no buscaba utilizar demasiado de sí mismo en esta composición. “Lo peor para un actor es ser demasiado self-conscious…, tener una conciencia absoluta de lo que estás haciendo, porque te estás mirando a ti mismo todo el tiempo… No funciona”.

Fue Almodóvar, cuenta, quien dio pie a situaciones que le permitían usar su propio bagaje en ese sentido. “Pedro no es duro como director porque no te quiera o sea egoísta, no; es porque busca lo mejor de ti. Te necesita en un estado puro, no quiere que le engañes ni que utilices trucos que sabes que te funcionan”. Y ese estado –asegura– asusta. “Porque estás en el vacío, desnudo, no tienes a qué agarrarte, y da vértigo…”. Recuerda cómo le reñía cuando no lo encontraba así. “¡Antoñito, no estás hoy! ¡No estás! Y como no cambies de actitud, te llevas un rapapolvo importante. La entrega tiene que ser total”.

Banderas entró enseguida en el juego, y encantado además. “Fue un rodaje muy hermoso. Ni en los años 80 viví uno parecido”, asegura. “Entonces Pedro era un ser más explosivo y divertido (y nos daba mucha caña también), pero era otro tipo de jolgorio el que disfrutábamos. En este rodaje he visto a un Pedro feliz, que se iba aliviando según pasaban las semanas, porque tenía un montón de piedras que necesitaba sacar de la mochila: cosas que probablemente no dijo en su momento ni a su familia ni a sus actores ni a su pareja”. Junto a esa felicidad, destaca otro elemento que le llamó la atención cuando leyó el guion: “La austeridad, la simpleza que ha usado. Sus guiones suelen ser muy barrocos, y en ese caso era casi monacal. Ha simplificado el discurso, ya no mete tanta paja alrededor, y me llegó de un modo muy directo en cuanto lo leí”.

Se ha acostumbrado a que mucha gente le diga lo que se parece en la película a Pedro Almodóvar sin necesidad de imitarle ni caer en la caricatura –de hecho, durante esta entrevista, en algunos momentos se le escapaba el Salvador Mallo que lleva dentro, y de repente volvía a ocurrir, parecía que tuvieras enfrente al director, y no al actor–. “Me dijo que podía usar manierismos suyos si quería, pero preferimos ir por otro lado. Sí me decía ‘cuando el personaje está muy pedo, que no se te note’, ‘tiene dolores y fotofobia, pero que no se te note’, ‘eres yo, pero que no se te note’… Asegura que eso le obligaba a hilar muy fino todos los días. “Pedro no quería alardes, ni grandes gestos que distrajeran al público, íbamos a lo micro, gotita a gotita. Tratando de entenderlo al máximo a él. Si no, habría llamado a José Mota, que lo imita de puta madre”, suelta entre risas. “Así fuimos bordando poco a poco, y era consciente de que no sabría exactamente cómo había quedado hasta que la película estuviese terminada”.

Banderas ya había interpretado a otros personajes reales, el último, Pablo Picasso en la serie Genius: Picasso. Pero en esta ocasión, el reto estaba en que ese personaje real estaba justo detrás de la cámara.. “En la mayoría de los trabajos biográficos que he hecho, los personajes habían muerto. Nunca había tenido una oportunidad como esta, de tener frente a mí a la persona y que me diese información directa. Y que además fuese mi director… Ha sido muy fuerte”.

“Para Pedro Almodóvar, el cine es su vida. Y si ve que los actores no están a su mismo nivel, le duele hasta el tuétano»

Esta ha sido la octava película de Banderas con Almodóvar, y marca un pico creativo en su relación, que se inició en Laberinto de pasiones, en 1982. Gran parte de su trayectoria cinematográfica de las últimas décadas la ha desarrollado en Estados Unidos, donde protagoniza proyectos muy, muy distintos a los que ha rodado con Almodóvar. Antonio piensa que son dos facetas complementarias, porque la filosofía tras el cine que hace allí y aquí no tienen mucho que ver. “Una cosa es el cine mayoritario que se hace en Estados Unidos, y otra, el cine en Europa. Los dos son válidos; el cine, y el arte en general, sirve muchos propósitos, y todos son válidos. En Hollywood se hace Coca-Cola, y la hacen muy bien, a la gente le encanta. Lo que hace Pedro es un vino, muy fuerte, y cuando su cine llega a Estados Unidos, lo saben, y le rinden pleitesía. Porque allí muy pocos, fuera del ámbito de los grandes estudios, pueden hacer algo así”.

Al final, lo que siente es un orgullo profundo de trabajar con él y de ser su amigo desde hace tantas décadas, y lo verbaliza feliz. Como creador, destaca de él su personalidad y su valentía. “Pedro ha tenido una lealtad inquebrantable toda su vida a su propia obra. Eso es muy importante, porque ya no quedan tantas personalidades en el cine con esa fuerza creativa. A Pedro le han ofrecido de todo en Hollywood, lo sé, y nunca ha querido aceptarlo porque no se podía ver bajo las órdenes de nadie… Pedro es Pedro. Y es loable que se haya logrado mantener así todo este tiempo”.

Durante toda la promoción de Dolor y gloria, no ha dudado en repetir una y otra vez una gran verdad que está reflejada en la película de principio a fin: “Para Pedro Almodóvar, el cine es su vida, directamente. Y si ve que los actores no están a su mismo nivel, le duele hasta el tuétano. Si ve que no existe el mismo nivel de compromiso, no lo acepta. En la película lo verbaliza cuando mi personaje le recrimina al de Alberto [Asier Exteandia]: ‘Usaste la droga opuesta a la que el personaje requería’. Y son treinta años los que le cuesta volver a verle por eso. Pero la redención existe, y en el caso de la película, es entregarle a Alberto un documento secreto en el que van su alma y su corazón. Es su forma de pedir perdón…, y es muy hermosa”.

DOLOR Y GLORIA SE PROYECTA YA EN CINES

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