18/09/2020

Anna Netrebko, la diva vuelve al Real con una orgía de Verdi (y saltan las alarmas del teatro)

2 noviembre, 2019
Léetelo en 5 minutos

Decimos que vuelve al Real porque, para no faltar a la verdad, es así. Había cantado dos funciones de Guerra y paz –el 23 de abril y el 2 de mayo de 2001–, pero nadie lo recuerda salvo quienes conservamos los programas. En realidad, la noche del 1 de noviembre de 2019 fue el debut de Anna Netrebko como gran diva de la ópera en el Teatro Real de Madrid. Y lo hizo con una orgía verdiana que, también en honor a la verdad, nos supo a poco. Nos quedamos con ganas de más. Quizá por eso saltó una potente alarma en la sala que hizo parar el espectáculo.

Supo a poco no porque decepcionara, sino porque solo cantó tres arias. Es lo que tienen estos conciertos con las divas que, al final, entre fanfarrias y oberturas, cantar, lo que se dice cantar, cantan muy poco. Pero no importa. Íbamos a ver a ‘la Netrebko’ y eso fue lo que hicimos. Un espectáculo hecho a su medida. Y su medida, hoy, es hacer bolos con su marido, el tenor Yusif Eyvazov.

Hay que insistir: sabíamos a lo que íbamos, y lo disfrutamos. Mucho. Solo por su Tu che le vanità de Don Carlo mereció la pena. ¡Maravilla! Todo el programa  de la primera parte dedicado a Verdi fue eso, una maravilla. Una orgía de ópera. Y lo fue gracias a Netrebko y al barítono Christopher Maltman. La orquesta del Real (Orquesta Sinfónica de Madrid), bajo la batuta de Denis Vlasenko, nos dio también grandes momentos. Las oberturas de Nabucco, Las vísperas sicilianas o el Intermezzo de Cavalleria rusticana, ya en la segunda parte, fueron prueba de ello.

Pero a lo que vamos: Anna Netrebko, la diva entre las divas de la lírica mundial en estos tiempos, volvió al Real ya coronada como tal. Y se comportó como corresponde: tres cambios de (imposible) vestuario, joyones y un espectáculo de gran diosa laica en el que, como decimos, cantó solo tres arias en solitario. A 30 euros el aria, me dijeron unos amigos al dividir el precio de su entrada; a 132 los que pagaron el precio de patio de butacas.

El único fallo para que el espectáculo hubiera sido redondo, digno de la gran diva que es, fue que la estrella fue excesivamente parca en las propinas. Tan parca que no hubo, pues se redujeron a un O sole mio más de salón de bodas que de un concierto del nivel que se presuponía. Pese a ello, los momentazos de Netrebko en solitario merecieron la pena. E, insistimos, sobre todo gracias a Christopher Maltman, el verdadero triunfador (en la sombra) de la noche.

La diva y su marido. [Fotos Javier del Real]

El barítono británico fue el salvador de la velada. Sin él el concierto habría sido un bluff con tan poca participación de la diva. Su marido, Yusif Eyvazov, nunca habría llenado esos huecos, sobre todo tras los destrozos que hizo a Luisa Miller (Oh! fede negar potes) y Tosca (E lucevan le stelle). No se entienden las ovaciones que se llevó en determinados momentos. Sin embargo, Maltman subió en nivel y, gracias a él, salvamos la noche.

El barítono británico Christopher Maltman.

Hoy, en 2019, no se entendería la ópera con los divismos de antaño. Cierto. Pero no seamos falsos, porque no es menos cierto que estos divismos son los que hacen que se siga manteniendo cierta magia. Son necesarias muchas netrebkos –grandes voces y grandes artistas con poderío– que nos den esos destellos que tanto gustan, bien con su arte como con sus joyones o modelazos imposibles. Grandes estrellas que te sepan mezclar Verdi y el más puro verismo italiano con el vals de La viuda alegre, de Lehár, solo para darse el gustazo de bailarlo.

La soprano rusa –que se consagró mundialmente en 2005 con la mítica Traviata de Salzburgo junto a Villazón, una producción que este año viene al Real– sabe salir de todos los entuertos sin despeinarse. Lo hizo un par de temporadas atrás cuando la comunidad LGTBI neoyorquina le pidió que condenara públicamente la ‘ley antigay’ de Putin antes de inaugurar la temporada del MET: consiguió salir del charco sin mojarse… y sin enfadar a su presidente. Todas contentas. Un logro.

Lo volvió a hacer hace unas semanas apoyando a Plácido Domingo antes de cancelar el Macbeth en ese mismo teatro. Su apoyo más o menos público no impidió que ella sí levantase el telón del Lincoln Center. Apoyó a Plácido sin tampoco salir enfangada con los colectivos feministas que han condenado, sin juicio, al gran cantante, quizá el mejor tenor de la historia de la ópera. Pero para ser grande –grande, grande de verdad– igual tendría que haber cancelado en solidaridad con él, y esa noticia sí que habría dado la vuelta al mundo. Pero esa es otra historia…

Ahora sale en el Real como una reina tras colocarnos a su marido en este concierto, con el que está haciendo caja en esta gira europea: pasa de Trovatore a viuda alegre solo con cambiarse de vestido.

No nos importa. No nos importa nada: queríamos Netrebko, y la tuvimos. Hasta saltaron las alarmas del Real. Y esto es literal: Maltman tuvo que parar su momentazo en Andrea Chénier porque un insoportable pitido en la sala hacía imposible que siguiera el concierto. Al parecer, fue una alarma contra incendios. La leña arde, como canta la Pantoja, que también ha colocado a toda su familia en el show business.

La diva, entre bambalinas, le aplaudía para animarle ante el percance. La ópera sin divas es como un pan sin sal, como un jardín sin flores o como Telecinco sin Belén Esteban. Y a nosotros nos encanta el pan, las divas y la Netrebko. Que vuelva pronto. Y si es a una función representada, mucho mejor. La esperamos con los brazos abiertos y las alarmas desconectadas. Maravilla de noche. Como las de antes. Un lujazo.

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Shangay

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