25/09/2020

El orgullo de ser ‘Judy’

10 febrero, 2020

Renée Zellweger brilla con su interpretación de la legendaria Judy Garland en esta película que la ha convertido en la ganadora del Oscar a la mejor actriz protagonista, y ya le había reportado, entre otros muchos reconocimientos, el Globo de Oro. Judy es un amargo y emotivo retrato de una diva única que no supo gestionar su éxito.

Aunque viendo Judy, la película que ha dirigido Rupert Goold, uno no termina de tener claro si la Garland realmente no supo gestionar el éxito o si, más bien, lo que no supo gestionar fue su vida. Esta película invita al espectador a sumergirse en la psique de la artista en sus últimos años, los de mayor decadencia. En una cinta en donde los recuerdos tienen tanto protagonismo, los flashbacks, también los tienen. Porque treinta años después del estreno de la mítica El mago de Oz, que propulsó a la niña prodigio –a su pesar– Judy Garland, su estrella no podía estar más apagada.

Incapaz de sacar adelante a sus dos hijos más pequeños, cobrando miserias por actuar en antros, no tenía futuro, solo un pasado que no podía exprimir más. Así arranca Judy, en donde la nominada al Oscar Renée Zellweger se deja, literalmente, la piel, y presta su voz –y cómo– a aquella Garland que ya apenas la podía utilizar, destruida por el alcohol y el tabaco –por no hablar de su asombroso parecido físico; recordemos que la película también está nominada al mejor maquillaje y peluquería–.

Retrocedemos en varios momentos al rodaje de El mago de Oz, de la que guardamos un idílico recuerdo muchos espectadores, pero que a la protagonista le generó traumas que la acompañaron de por vida, hasta que falleció a los 47 años, meses después de la serie de conciertos que dio en Londres, el epicentro de esta película biográfica. A través de esos episodios, comenzamos a comprender mejor el porqué del errático comportamiento de la diva ya adulta, insomne, depresiva, insegura, caótica…

Su última oportunidad llegó con esa residencia en la capital británica; era el momento de redimirse, porque nadie le daría más oportunidades, estaba claro. Y en Judy seguimos ese periplo, que le obligó a abandonar temporalmente a sus hijos pequeños y a intentar reafirmarse como la gran estrella que era, aunque una gran parte del público lo dudase.

Basada en la función teatral End of the Rainbow, de Peter Quilter, esta película pone también sobre la mesa cuestiones como la fidelidad, la resistencia y el valor de la diferencia. Cuestiones muy bien planteadas entre el drama existencial de Judy Garland y su eterna música, que defendió en Londres con las pocas fuerzas que le quedaban.

Frente a esa mayoría que la daba por acabada, cómo no, sus fans gais celebraran su regreso a los escenarios. Y resultan particularmente conmovedoras las secuencias que comparte con una pareja homosexual que acude regularmente a verla y a esperarla a la salida. Sola y triste, Garland les propone ir a cenar juntos, y esa noche se crea un vínculo muy especial entre ellos, que representa de maravilla el que muchos admiradores LGTB han sentido, y sienten, por Garland, todo un icono. Que supo defender la diferencia como valor añadido, y así aparece plasmado en la película, y verbalizado por ella cuando conoce las injustas penurias que sus admiradores sufrían por el mero hecho de ser homosexuales.

Efectivamente, Judy es también una oda a la resistencia. No podemos evitar sentirnos especialmente atraídos por los artistas de vida turbulenta, que en ocasiones no han sido capaces de mimar su talento y han preferido hacer todo lo posible por anularlo. Esta película muestra cómo lo hizo Judy Garland, a la que le pesaba en exceso ese personaje que tuvo que alimentar desde niña.

“La fluidez con que se transiciona del drama más oscuro a los momentos de redención musicales hace que Judy pase como un suspiro”

En sus últimos años, solo buscaba ser querida, y no le resultaba fácil. De ahí que también resulte dolorosa la historia de ese quinto matrimonio con el joven Mickey Deans (Finn Wittrock) que tuvo lugar en Londres, y cómo no, también fallido, por interesado. Garland intentaba resistir, pero las fuerzas no le daban. Como vemos en la cinta, ella intentaba encontrar motivos para seguir viviendo esperanzada, pero los reveses eran continuos. Salvo cuando el ángel volvía a ella sobre el escenario. Y no se prodigaba.

Todos los elogios que está cosechando Renée Zellweger son absolutamente merecidos. En cuanto arranca la película vemos a Judy Garland, nos olvidamos de sus esfuerzos. Achacosa, ácida, algo encorvada, frágil pero a la vez puro nervio, esa es la estrella –que se apaga– que compone Zellweger, tan lucida en los momentos de intimidad como cuando interpreta números musicales.

La fluidez con que se transiciona del drama más oscuro a los momentos de redención musicales hace que Judy pase como un suspiro. Y si la protagonista, que hasta el final de la película tiene tan presentes los recuerdos, pregunta a su público si nunca la va a olvidar –extensible al patio de butacas–, lo cierto es que ahora existe un momento más para recordarla siempre: la interpretación que hace de ella Renée Zellweger.

JUDY SE PROYECTA EN CINES

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