19/10/2020

Crítica de ópera: ‘La Traviata’, emoción en una verdiana noche histórica en el Teatro Real (con Violetta y Alfredo a dos metros de distancia)

1 julio, 2020
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No nos engañemos: la ópera es, ante todo, música. Música y voz. Luego ya viene todo lo demás. Y la música, y la voz son –también sin duda– los mejores vehículos para transmitir las emociones. Y emoción es lo que se derrochó la noche en la que el Teatro Real de Madrid volvió a levantar el telón con La Traviata, tras la crisis terrible vivida por el COVID-19. Ha sido el primer teatro del mundo en hacerlo con una función de ópera al completo con orquesta en el foso, no en modo concierto, pero sí semiescenificada.

Antes de que empezara la música, Iñaki Gabilondo leyó, entre bastidores, un emocionante (hoy vamos de emociones) prólogo previo a la maravillosa obertura de Verdi: “Nada es sencillo ahora; tampoco lo es estar aquí. Estamos ante una noche histórica en el Teatro Real. El 13 de marzo comenzaron 90 días de silencio, y hoy se recupera esa vida que la pandemia ha arrebatado a muchos. La música compone los hábitos descompuestos, como reflejó Cervantes”. Tras esa voz, que es radio en estado puro, se guardó un minuto de silencio. Y llegó la música, aunque la música también tiene silencios. Eso es lo que es la ópera: música y voz.

La primera acepción que la RAE da para definir ‘emoción’ es “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”. Eso es lo que se vivió la noche del 1 de julio de 2020 en el Teatro Real con La Traviata. Este era el título de Verdi programado para cerrar la temporada 19/20. Pero nada ha sido como estaba programado. Ni en el Real, ni en la vida. En este caso, el resultado final es que Violetta y Alfredo se han amado, de manera imposible, hasta que la muerte los separa. Como ha ocurrido millones de veces en todo el mundo desde que Verdi estrenó esta ópera en La Fenice de Venecia en 1853. Pero esta vez, todo eso ha ocurrido sin tocarse. Todo a dos metros de distancia.

Leo Castoldi ha diseñado un concepto escénico que permite mantener las normas de seguridad necesarias en este momento para estas funciones históricas de La Traviata en el Teatro Real. [Fotos: Javier del Real]

Esta crónica no puede ser una crítica al uso, porque no fue una noche de estreno al uso. Con el teatro al cincuenta por ciento del aforo, con distancias de seguridad y con entradas de público escalonadas, con reencuentros después de tres meses de silencio musical… Con una orquesta verdiana desperdigada en un foso wagneriano, separados por mamparas de cristal, con los cantantes en espacios acotados en cuadrículas de las que no podían salirse, siquiera, para acompañar a su amada en el momento de su muerte…

Qué triste coincidencia con lo que hemos vivido recientemente. Lo explicó muy bien en la rueda de prensa de presentación de la vuelta a la vida de la ópera en Madrid el responsable del ‘concepto escénico’, Leo Castoldi. “Quiero que los protocolos actuales sean los elementos del lenguaje. El escenario está dividido en cuadrados de dos metros por dos metros. Cada uno de ellos es una pequeña isla para que los solistas o el coro puedan moverse”, dijo entonces. Hoy hemos podido comprobar que “los protocolos actuales” que han hecho que miles de personas hayan muerto solas, sin la compañía de sus seres queridos, son lo que el escenógrafo ha trasladado a la muerte de Violetta: “He intentado crear un entorno físico y conceptual para que los artistas puedan expresarse. Hacer de las reglas, las normas que tenemos, las bases para nuestra obra”.

Es muy difícil trabajar así. En todos los campos laborales. Y el mundo de la ópera, en su inmensa complejidad, no iba a ser menos. Cuatro repartos, organizados sobra la marcha, para poder ensayar contrarreloj y levantar el telón el día 1. Un empeño personal del director artístico del coliseo, Joan Matabosch: “Cancelar ya no es la única opción, y el mundo del teatro tiene que ser valiente para dar ese paso. Y tiene que hacerlo tanto por respeto al público como por respeto a los artistas, que son unos de los grandes damnificados de esta pandemia”.

Todo esto hace que ir a la ópera ahora sea diferente. Por eso, esto no puede ser una crítica al uso. Es la crónica llena de una noche llena de emoción. Y de símbolos. Violetta Valéry muere en escena por la tubercolis, una enfermedad que hoy no preocupa. Hoy el mundo se ha parado, y lo ha hecho con millones de personas fallecidas por el coronavirus. La emoción, como no podía ser de otra manera, estaba en el ambiente.

Los primeros bravos llegaron con el Germont del barítono Artur Rucinski. Un papel que, recordemos, tenía que haber estrenado Plácido Domingo en la función inicialmente prevista. Marina Rebeka creó una Violetta impecable, perfecta, frágil. Michael Fabiano fue el tenor encargado de dar vida a Alfredo en la función de estreno. Quedan cuatro repartos más (en el caso de Violetta, cinco) para las 27 funciones restantes, una por día.

En el inmenso foso habilitado para cumplir con las distancias, el maestro Nicola Luisotti. Espléndida la Sinfónica de Madrid en esta, también, ‘nueva sonoridad’. Otro símbolo más a añadir a todos los ya mencionados. “He pensado mucho en la importancia de la música para momentos como estos de soledad y aislamiento. Cuando Joan Matabosch me llamó y me dijo que reabrirán teatro con La Traviata no se pueden imaginar la ilusión… No daba crédito. Necesitamos el arte. Debemos esforzarnos en volver a la realidad. Hay que huir del miedo a no vivir. La música nos va a permitir volver a ese sentimiento de cercanía tan necesaria. Será como si nos pudiéramos volver a besar y a estar cerca. Fui el primer director en cerrar un teatro, La Scala de Milán, a punto de estrenar Trovatore, con la gente ya en la sala para la première, y seré el primer en abrir otro. El alfa y el omega…”, dijo Luisotti hace unos días en la rueda de prensa.

El Coro del Real –situado tras los cantantes y sin poder moverse de sus puestos marcados– estuvo a la altura de siempre, demostrando, una vez más, no solo su solvencia, sino su versatilidad. En este caso no solo canora. Como hemos dicho, cinco sopranos serán a lo largo de este mes de julio Violetta (Marina Rebeka, Ruth Iniesta, Ekaterina Barkanova, Lana Los y Lisette Oropesa) y habrá cuatro Alfredos (Michael Fabiano, Ivan Magri, Matthew Polenzani e Ismael Jordi).

Quedan muchas emociones por vivir, muchas traviatas por cantar… Y muchas óperas que representar. Para ello, vigilantes, están en la entrada principal dos esculturas del Aquiles en Esciros que quedaron montadas, congeladas en el tiempo, en el escenario justo antes de la pandemia. Formaban parte del decorado de una ópera que nunca se llegó a estrenar. Estas esculturas aguardan su turno en un conmovedor silencio. Todo son símbolos en este mundo de emociones.

Michael Fabiano y Marina Rebeka dan vida a Alfredo Germont y a Violetta Valéry en el primero de los cuatro repartos que hay de estas funciones tan cargadas de simbolismo.

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