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Un ‘Sigfried’ el Teatro Real como en Bayreuth (con un ‘superhombre’ llamado Andreas Schager)

13 febrero, 2021
Léetelo en 9 minutos

Bayreuth es la meca de los wagnerianos. Para muchos, ser wagneriano es como una religión. Y en ‘la colina sagrada’ de esta localidad de Baviera se rinde culto a la música del genio alemán. En toda Centroeuropa, las óperas de Wagner se representan a horas que aquí nos parecerían imposibles. Ahora, para poder cumplir con las normas del toque de queda impuesto por la Comunidad de Madrid –por culpa de esta maldita pandemia del coronavirus– este heroico (amén de histórico) Sigfried del Teatro Real comenzó a las cuatro y media de la tarde. Como en Bayreuth.

Y lo hace con un heledentenor austriaco, Andreas Schager, que bien podría definirse como un ‘superhombre’, término de Nietzsche tan ligado a esta obra wagneriana. Terminar Siegfried como él lo hace, sin rastro de fatiga, sin decaer en un solo momento durante tan maratoniana jornada (cuatro horas de bellísima, pero durísima, música; con los dos descansos, casi cinco horas dura la representación), no es humano. Junto a él, un sólido reparto en el que destacan El Viandante al que da vida (¡y voz!) Tomasz Konieczny, la deliciosa Leonor Bonilla como Voz de pájaro del bosque y el Mime de Andreas Conrad.

El elenco, que se llevó los grandes bravos de la noche, se completa con Martin Winkler (Alberich), Jongmin Park (Fafner), Okka von der Damerau (Erda) y la valquiria Brünnhilde de Ricarda Merberth.

Pablo Heras-Casado hace milagros con una Orquesta Sinfónica de Madrid repartida por todo el teatro, con parte de los metales y las seis míticas arpas colocadas en los palcos de platea. Dirigir así debe ser de locos. Todo para poder mantener la distancia de seguridad entre los casi cien músicos que no caben en el foso. La otra gran ovación del estreno fue para la orquesta titular del teatro. Más que merecida.

“Solo quien no conozca el miedo forjará nuevamente a Notung” [la espada], le dice El Viandante [Wotan] a Mime en el primer acto. Pero no conocer el miedo no es sinónimo de ser irresponsable. El coliseo continúa, contra viento y marea, con la programación pese a la crisis sanitaria, económica y social que ha paralizado a todos los teatros de ópera del mundo. Y ahora lo hace nada más y nada menos que con la segunda parte (y tercera entrega) de La tetralogía wagneriana puesta en las manos de Pablo Heras-Casado, en el foso, y de Robert Carsen en la escena.

Tras Das Rheingold (El oro del Rin), el prólogo; Die Walküre (La Walkiria), primera parte, acaba de llegar Sigfried (Sigfrido). Y lo hace con esta puesta de escena –ya histórica– de la Ópera de Colonia. En el prólogo, la regia de Carsen huía de los mitos, dioses y la simbología tradicional con nibelungos al uso, mostrándonos un Rin podrido, sin agua y lleno de basura. En La Valquiria, tras bajar también a los subsuelos, terminaba el montaje con Wotan caminando hacia el fuego.

Ahora, en Sigfried , la visión del regista canadiense del Anillo ha vuelto a ser cuestionada en la noche de estreno. División de opiniones, con sonoros abucheos en la sala. Pero también con muchos bravos. La ópera está viva. Carsen es coherente (no podía ser de otra manera) con su apuesta y, guste o no, lo que está fuera de discusión es que narrativamente hablando resulta impecable. Sin dioses, valquirias, enanos y nibelungos, la trama se sigue a la perfección y, sobre todo, permite a los artistas poder cantar bien y con sentido. Aquí todos han cantado muy bien. Y gracias a la excelente dirección de actores, con una imponente presencia escénica.

Sitúa el primer acto en donde corresponde: un bosque. Con una roulotte en la que Mime ha criado a Sigfried y en donde forja la espada. Un bosque sucio, lleno de basura y contaminación. Recordemos que ya desde Das Rheingold nos dejó muy claro que era una crítica a lo que el hombre ha hecho con el planeta. Sigfried, y también El anillo en su conjunto, lo que narra es el nacimiento de un hombre nuevo.

Andreas Schauer, Sigfried, acaba de forjar su espada, Notung, en el espectacular final del primer acto. [Fotos: Javier del Real]

El montaje tiene momentos de gran poesía. Como todo el segundo acto, con un bosque de tilos destrozados, sin copa, y con una excavadora que resuelve a la perfección la muerte de Fafner (un dragón, recordemos, en una apuesta en la que los personajes mitológicos son todos personas). Ver como Sigfried asesina al dragón, habla con los pájaros y canta la bellísima partitura de Wagner en un escenario mutilado por la mano humana es de una bestial fuerza poética.

La bajada de la grúa destructora es brutal. Poesía pura, romanticismo sublime, en un terrible bosque de tilos destrozados por el hombre. Y con ese maravilloso diálogo entre el hombre y los pájaros cantados por los exquisitos Andreas Schafer y Leonor Bonilla. Definitivamente, el necesario nacimiento de un hombre nuevo.

Fafner, un dragón aquí representado con una destructora excavadora, muere cuando Sigfried lo atraviesa con su espada.

Es en el tercer acto cuando las arpas situadas en el lado izquierdo de la platea poseen la sala. Es el apogeo, cuando Sigfried despierta a Brünnhilde y llegan al clímax de “amor radiante, muerte sonriente”. Este tercer acto es, en el plano musical, completamente diferente a los dos anteriores, pues Wagner lo compuso quince años después de terminar los dos primeros. Entre medias, creó Tristán e Isolda. Sobran más argumentos.

Puesto que El anillo es un ritual puro, una ‘religión laica’, podemos –incluso debemos– utilizar un lenguaje litúrgico para explicar la extraña distribución de la orquesta: parte de la cuerda, en concreto las seis arpas, ocupan los palcos del lado del Evangelio, los de la izquierda. Mientras que parte de los instrumentos de viento metal, el de la epístola, es decir, el de la derecha. Todo está preparado de esta manera para que comience el ritual. Y lo cierto es que la orquesta suena diferente, con una sensación que Matabosch, director artístico del teatro, ha definido como de sonido surround.

Nos quedamos a la espera de ver qué ocurre cuando con Götterdämmerung (El ocaso de los dioses) llegue a su final el ciclo de El anillo del nibelungo la próxima temporada 21/22. Todo tal y como estaba previsto desde hace años.

Pero, insistimos, y esto es muy importante, lo que no estaba previsto es que este Sigfried llegara en plena pandemia mundial por la COVID-19 que ha cerrado los teatros de todo el mundo. Todos menos el Teatro Real, que desde que levantó el telón el pasado 1 de julio –con una también histórica Traviata– se ha convertido en faro de la lírica mundial, gracias a la normativa de la Comunidad de Madrid, que lleva meses intentando que la cultura y el ocio puedan sobrevivir al caos en el que estamos instalados. Las cosas, como son.

Todos los artistas de fuera que pisan su escenario se preguntan qué es lo que pasa en Madrid que no ocurre en sus respectivos países. Y los que no lo pisan, se preguntan lo mismo, pero desde sus casas en el extranjero al ver cancelados todos sus contratos. Quizá la respuesta la dio el mismo Wagner: “Nunca conquistará a la novia, ni despertará a Brünnhilde un cobarde: ¡Solo quien no conozca el miedo!”, le insiste al protagonista titular La Voz del Pájaro del bosque. Algo que, recalcamos, no tiene nada que ver con la irresponsabilidad, tal y como se ha demostrado.

Sigfried forja su espada pues solo él puede hacerlo. Solo “quien no conozca el miedo forjará nuevamente a Notum”.

Como hemos dicho, Sigfried es, posiblemente, la ópera más compleja de La tetralogía. Es el origen de todo, pues es la que Wagner consideraba como la más importante, y la que más tardó en terminar del ciclo: quince años. Quizá por ello es también la más complicada de montar. En un principio se iba a llamar El joven Sigfrido. Musicalmente, es inmensa. Y, como hemos apuntado, con grandes diferencias de estructura melódica entre los dos primeros actos y el tercero. Subir a escena una obra de tal magnitud en las actuales condiciones es casi un milagro. Que suene la orquesta como ha sonado, es una maravilla.

El protagonista de esta historia (y de todo el Anillo) tiene una misión: romper con el pasado. En palabras de Joan Matabosch en el programa de mano, “lo que interesa a Wagner del personaje de Sigfried no son tanto sus gestas audaces como el hecho de encarnar simbólicamente lo que las utopías sociales de la época consideraban el ‘hombre nuevo’: libre de la moral y de las convenciones sociales, indómito ante los pactos y las leyes caducas del pasado”. Igual ahora es el momento de romper con el pasado y liberarnos de ciertas cosas… Igual es el momento de empezar de nuevo, sin ataduras. Y #SinEtiquetas.

Ricarda Merbeth como Brünnhilde, la valquiria que permanece dormida entre fuego hasta la llegada de Sigfried.

Lo que estamos viviendo en Madrid nos suena a conocido y lo podemos extrapolar a una frase que todos conocemos muy bien:  “Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor”. Tenemos la suerte de que esa aldea, antes poblada por Astérix y Obélix, ahora es la nuestra. Y está habitada por todos los que hacen posible que se levante el telón en el Teatro Real. Como en el de La Zarzuela, y en el de otros coliseos no líricos de Madrid.

Desde el Real han reforzado las medidas y han hecho todo lo posible para que seguridad esté garantizada . Todo se hace bajo el más estricto de los controles para evitar cualquier riesgo no solo entre el público, sino también entre artistas y trabajadores.

Así lo recalcan ante los recelos que ha habido por programar una ópera tan larga, de cinco horas de duración. Las medidas tomadas han sido convenientemente comunicadas al público desde el ya señalado 1 de julio del pasado 2020, día en el que el Real pasó a la historia por ser el primer coliseo lírico en el mundo en volver a la vida. Por otro lado, nadie está obligado a asistir a un teatro si no quiere, o si tiene miedo, aunque se ha demostrado que la cultura es segura. Los datos así lo corroboran.

Disfrutemos de ello y saquemos pecho. Lo que está ocurriendo en Madrid es para estar orgullosos. Y subir a escena un Sigfried en estas condiciones, insistimos, es heroico. ¡Bravo!

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