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El Real culmina ‘El anillo’ de Wagner: con ‘El ocaso de los dioses’ llegó el clímax (y el fresno se secó)

27 enero, 2022
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Con, Götterdämmerung, El ocaso de los dioses, Wagner cierra el gran ciclo de la historia de la ópera. Llegará algún día que en el Real vivamos el sueño (imposible) de ver representadas todas las jornadas de forma continuada. Mientras tanto, nos conformamos con esta espléndida cuarta y última entrega, después de tres años disfrutando de este montaje servido por Robert Carsen en la escena, y Pablo Heras-Casado en el foso, que saca todo el jugo a la orquesta titular de la casa, que es mucho.

Con este Anillo del Nibelungo, que comenzó en enero de 2019, el Real ha demostrado su poderío. Sobre todo el año pasado, cuando todos los teatros de ópera del mundo estaban cerrados y en Madrid se montó un Siegfried de antología, con un Andreas Schager en estado de gracia; como vuelve a estar ahora también en este cierre del ciclo. Al igual que él, repiten en sus papeles Martin Winkler, como Alberich, y Ricarda Merbeth como la valquiria Brünnhilde. Todos soberbios. Nuestro coliseo puede seguir presumiendo de tener en su escenario a la crème de la crème de las voces mundiales. La noche del estreno todo el elenco fue ampliamente reconocido. Y con justicia.

El pasado año, en febrero, el Real demostró ser el único del mundo capaz de reaccionar ante las adversidades, colocando incluso a la orquesta en los palcos para que los músicos pudieran mantener la distancia de seguridad. Con El ocaso de los dioses se repite la jugada, y algunos miembros de la orquesta saltan de nuevo a la platea, como parte de los metales de viento o las seis arpas, que tomaron por ello protagonismo en la escena.

Ahora, con ómicron amenazando y asolando el planeta, Carsen cierra su ‘anillo eco’, que se concibió originalmente cuando nadie se podía ni plantear que una pandemia iba a cambiar nuestras vidas. El mensaje ecologista del director canadiense casa con lo que nos narra Brünnhilde en el primer acto: “Cayeron las hojas y el árbol se secó”. Se refiere al fresno del que Wotan arranca una rama para hacerse la lanza.

¿Una Tetralogía profética? Quién sabe… Todo son leyendas y misterios en torno a esta magna obra, la más ambiciosa en los más de cuatrocientos años de historia de la ópera. Ahora, con todo el simbolismo que encierra este ciclo –e, insistimos, con ómicron asolando al planeta y amenazando sine die con nuevas variantes del virus–, la producción llega, como es lógico, con cambios sobre la prevista.

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El propio Robert Carsen lo contó en la rueda de prensa: “¡Por supuesto que ha habido cambios en la producción! Un cambio evidente e inquietante es que el coro y los figurantes han de salir a escena con mascarilla. Creo que esta pandemia ha sido el resultado de nuestra actitud como personas, de esta carrera irresponsable del ser humano hacia no sabemos muy bien dónde. Todo eso está reflejado en El Anillo del Nibelungo. Pero también creo que es necesario que nos demos cuenta de que el problema no es para el planeta: en realidad lo tenemos nosotros. Nosotros convertiremos el planeta en un lugar en el que no podamos vivir, pero la Tierra no se destruirá; no es un problema para la Tierra, sino para nosotros mismos”, declaró el regista, insistiendo en el espíritu ecologista que ha dado a la obra wagneriana, y que ya comprobamos desde el comienzo de Das Rheingold.

Las medidas de seguridad que impone la pandemia no solo cambian la producción por la obligación de las mascarillas. La ya comentada distribución de la orquesta por la sala hace que todo se vea diferente. Por ejemplo, el protagonismo que toman las arpas al iluminar los palcos de platea para que los músicos vean la partitura, da calidez a la escena, donde la mitología del libreto ha sido ‘militarizada’ por Carsen, que una vez más –como ha ocurrido en las tres jornadas anteriores– volvió a dividir a la sala entre bravos y abucheos en los saludos finales. Los abucheos más sonados venían de la zona de paraíso.

El montaje podrá gustar o no, faltaría más. Pero lo que no se le puede negar es coherencia con la historia que se cuenta. Por decirlo de una manera clara, se entiende la historia, de por sí muy complicada, incluso para quien no la conozca. Tiene sentido narrativo. Quizá solo despista un poco en el final del primer acto, cuando Siegfried va en busca de Brünnhilde tras adoptar la figura de Gunther.

Pero, sobre todo, permite disfrutar de la música a quien no le guste este montaje, cosa que no se puede decir de todas las puestas en escena, algunas tan sumamente absurdas que resulta imposible abstraerse de ellas, y logran eclipsar a la partitura. Nada de esto ocurre con esta Tetralogía de Carsen, un hombre de teatro que sabe cómo llenar, con solo dos personas, un inmenso escenario vacío, como es el del Real. Solo dos personas, pero mucho talento detrás.

Desde el prólogo, vimos que la regia del canadiense –ya histórica y procedente de la ópera de Colonia– huía de los mitos, dioses y la simbología tradicional con nibelungos al uso, mostrándonos un Rin podrido, sin agua y lleno de basura. Como vemos aquí de nuevo en el tercer acto, un río hediondo y lleno de chatarra. En Die Walküre (La Valquiria), tras bajar también a los subsuelos, terminaba el montaje con Wotan caminando hacia el fuego.

Lauri Vasar (Gunther) y Andreas Schager (Siegfried) en un momento del montaje que cierra la Tetralogía. [fotos: Javier del Real]

Siegfried arrancaba en el bosque, con una roulotte en la que Mime había criado a Siegfried y en donde forja la espada. Un bosque sucio, lleno de basura y contaminación. Ahora, El ocaso de los dioses es el cierre de ese ciclo, que cumple los plazos previstos de estreno, pero en un planeta bastante diferente al que conocíamos, y en el que vivíamos, cuando se estrenó. Y también con un público igual de entregado al prepandémico, ansioso de escuchar a Wagner en unas condiciones como las que aquí se nos ofrecen. Porque, por encima de todo, si algo tiene este Ocaso es que musicalmente es un lujo, tanto en el escenario como en el foso.

El reparto es espléndido. Si hace unos años nos dicen que íbamos a disfrutar de un Wagner de tal calibre jugando el partido en casa, no nos lo hubiéramos creído. En el foso, Pablo Heras-Casado consigue una sonoridad que hizo que el teatro se viniera abajo ya en la salida del segundo acto. Madrid está orgullosa de su Orquesta Sinfónica, titular del Teatro Real. Como lo está del Coro Intermezzo. Los cuerpos estables del teatro nos ponen en la primera división europea.

El público de estreno, lejos de ese esnobismo con el que a veces se le tilda, disfrutó de más de cinco horas –con sus dos descansos– de música sublime, maravillosamente ejecutada, como corresponde a un acto cuasi religioso como cualquier ópera de Wagner. Mucha nobilitatis y nada de esnobs, sine nobilitatis, en todas las butacas de la sala. Eso también hace grande a un teatro de ópera, su público.

Michaela Schuster como Waltraute y Ricarda Merket como Brünnhilde.

Analizándolo ya con cierta perspectiva, sí que hay algo en lo que falla estrepitosamente en esta producción: en los cuadros que cuelgan en la corte de los gibichungos del segundo y tercer acto, los mapas con el Rin tienen una gran equivocación: ese río, al menos estos días, por donde pasa de verdad es por Madrid. Al igual que lleva décadas pasando por Bayreuth, Múnich o el Metropolitan de Nueva York.

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