Siempre he sentido una fuerte conexión con la cultura. Desde bien pequeño la música, el cine y la literatura eran mis grandes pasiones. Cuando llegué a Madrid empecé a descubrir el mundo teatral, iba a todo lo que podía –y me permitía el bolsillo–, y fui conociendo los teatros de la capital. Pero siempre hubo un gran desconocido: el Teatro Real. Ese imponente edificio que se erige frente al Palacio Real y que con tan solo mirar desde fuera ya emociona. Paseaba por sus alrededores siendo un recién llegado a la ciudad y veía a la gente entrar por sus puertas vestidos con sus mejores galas. ¿Qué pasará ahí dentro? La curiosidad me hacía querer saber pero nunca afronté el momento de entrar. Hasta ahora.
Desde que comencé a trabajar en Shangay conocí la estrecha relación que hay entre nuestra revista y el coliseo, y vi la gran oportunidad que brinda el teatro a los más jóvenes para que podamos conocer sus obras gracias a las ventajas que dan sus entradas de última hora, haciéndote «amigo joven» y demás facilidades. Y así empecé a ir. Primero fue el Turandot que Robert Wilson llevó al teatro en 2023 y, la última, Il Trovatore que acoge el Real hasta el 20 de julio. Ambas óperas, casualmente, con Saioa Hernández encabezando el reparto.

Saioa Hernández en ‘Il trovatore’ del Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Al principio creía que no era para mí, que no terminaba de entenderlo o de entrar. Pero lo mismo pensé del café la primera vez que lo probé y ahora me tomo tres al día. Y este año, después de una sucesión de grandes óperas… puedo decirlo: sí, me he enganchado.
Desde que la orquesta afina los instrumentos hasta los aplausos finales… nunca pensé que acabaría emocionándome con un aria, esperando con impaciencia el siguiente acto o descubriendo que tres horas de ópera podían pasar volando. Sin formación musical, sin saber distinguir una soprano de una mezzosoprano y sin haber crecido entre partituras, he descubierto que la ópera no es un arte para entendidos. Es un lugar donde, simplemente, hay que dejarse sentir.

Imagen de la producción ‘Il trovatore’, en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Solo este mes he podido disfrutar del maravilloso Turandot que programó Les Arts de València, con la monumental partitura de Puccini, la fuerza visual del montaje y la emoción de un teatro entregado hicieron que saliera con la sensación de querer repetir. Después apareció El gato montés, en el Teatro de la Zarzuela, una obra profundamente española con mucha pasión, costumbrismo y drama envueltos en la elegantísima escenografía de Christof Loy.
Incluso con la moderna Los Estunmen de Nao Albert y Marcel Borrás en Teatros del Canal –y coproducción del Teatro Real–, cuyas entradas compré con meses de antelación para no quedarme sin ellas. Con ella pude descubrir que también hay cabida para la innovación y el gamberrismo dentro del género, y que no es algo cerrado y hermético imposible de cambiar. Y, por último, este Il Trovatore de Verdi, que ha terminado de convencerme de que la ópera tiene una capacidad única para convertir las emociones más extremas en algo casi físico.
Y ahora empiezo a conocer los nombres de grandes sopranos, mezzosoprano y contraltos, a distinguir poco a poco a un tenor de un barítono, y a un bajo de un contratenor. A emocionarme con Nessum Dorma y a escuchar los recopilatorios de Maria Callas en Spotify.

Imagen de la producción ‘Il trovatore’, en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Nunca es tarde para enamorarse
Y lo curioso es que sigo sin saber demasiado de ópera. No conozco todas las voces, apenas identifico estilos y todavía necesito leer el sobretitulado para no perderme en la historia. Pero he descubierto que no hace falta saberlo todo para disfrutarla y que es algo que poco a poco, con cada ópera que veo, aprendo algo nuevo.
Quizá esa sea la gran lección que me llevo. Durante demasiado tiempo hemos pensado que ciertos espacios culturales estaban reservados para quienes ya sabían. Sin embargo, la mejor manera de aprender es entrar sin complejos y dejar que la curiosidad haga el resto. Ahora me sorprendo buscando la programación de los teatros, leyendo quién dirige cada producción, haciendo cola virtual para conseguir las entradas de última hora o descubriendo títulos que hace apenas un mes ni siquiera sabía pronunciar. Y esa sensación de descubrir un universo nuevo, siendo adulto, tiene algo profundamente estimulante.
Quién sabe si dentro de unos años acabaré distinguiendo a Verdi de Puccini con los ojos cerrados o discutiendo sobre la mejor Leonora de Il Trovatore. De momento, me basta con reconocer algo mucho más importante: la ópera me está enamorando. Y pocas cosas hay tan bonitas como descubrir, cuando creías que ya conocías tus pasiones, que aún quedan mundos enteros esperando a abrirse ante ti.

Imagen de la producción ‘Il trovatore’, en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.


