Benjamin Britten, el gran compositor británico del siglo XX, ha tenido un gran presencia en el Teatro Real de Madrid desde su reapertura en 1997. En enero del 2007 llegó por vez primera a su escenario su antepenúltima ópera, El sueño de una noche de verano, entonces en una propuesta, producción de la casa, de Pier Luigi Pizzi, con Carlos Mena como Oberon. Ahora regresa, en una nueva producción del Real con Deborah Warner al frente de la escena e Ivor Bolton en el foso, para convertirse, sin duda alguna, en uno de los grandes títulos de esta temporada 2025/26, con Iestyn Davies en el papel de rey de las hadas.
Esta ópera en tres actos fue estrenada en el Jubilee Hall de Aldebourg, festival creado por el propio Britten y su ‘marido’ (entonces las uniones entre dos hombres no eran legales, pero ellos eran pareja reconocida) el tenor Peter Pears en 1948. Es una obra compleja, ambientada en el reino de la fantasía de las hadas, que respeta al máximo el texto original de la obra de William Shakespeare. El compositor inglés creó una partitura que es un verdadero traje de Balenciaga para tan bello libreto: «Solo tiene las palabras de Shakespeare, salvo una única frase que añaden Peter Pears y Britten», afirma Deborah Warner, la directora de escena que remata ese traje de Balenciaga con un cuidadísimo bordado, a nivel interpretativo, con todos y cada uno de los cantantes, actores y acróbatas tras casi siete semanas de ensayo. Es un trabajo cocinado a fuego muy lento. Y se nota mucho en el resultado.

Iestyn Davies (Oberon) y Liv Redpath (Tytania) en un momento de El sueño de una noche de verano, de Britten en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La partitura de Britten es un traje de Balenciaga para el libreto –del propio compositor y de Pears– porque es una obra de un color, una riqueza cromática y refinamiento tan exquisito que pigmenta y se ciñe de forma impecable a las palabras del dramaturgo para realzar la silueta de ese libreto, perfectamente cortado, que narra las historias de este sueño de amantes, embrujos y hadas en un bosque mágico. Historias de hechizos que están entrelazadas con las de los ‘rústicos’ del pueblo, que celebran con fiestas, danzas y acrobacias, las bodas y el triunfo del amor.
Esta exquisita partitura llega de la mano de Ivor Bolton, que regresa a la que fuera ‘su’ Orquesta Titular del Teatro Real con una lectura espléndida, llena de delicadeza, para una obra tan compleja, nada fácil de afrontar, pero tan hermosa (y ‘fácil’ de escuchar) que penetra de tal manera en el oído del espectador que nos traslada a ese reino de hadas y venganzas amorosas. Gran triunfo de la orquesta y de Bolton. La ovación que el maestro y la orquesta recibieron tras el descanso, la noche del estreno, fue atronadora. En los saludos finales fue aún más imponente. Esta parte musical es el primer punto fuerte de esta nueva producción del Teatro Real, que se ve en Madrid antes que en el Royal Ballet and Opera Covent Garden, de Londres, y del Maggio Musicale Fiorentino, ambos coproductores: el Teatro Real se ha convertido, sin duda, en la ‘capital Britten’ con este nuevo éxito.
El compositor creó una música que nos lleva del barroco británico de Purcell al romanticismo de Mendelssohn (ambos compositores tienen obras basadas en ese texto) pero con el sonido de esos años de mediados del siglo XX. En esta misma temporada, el pasado noviembre, el Real programó en versión concierto The Fairy Queen (La reina de las hadas). Por lo que el embrujo mágico de esa obra de Shakespeare ya rondaba por la sala y ahora se actualiza con esta bellísima, muy compleja (como toda la obra del británico) y fascinante ópera .
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El segundo punto fuerte para el éxito de la velada es el estupendo reparto. Britten compuso el papel de Oberon para contratenor, en concreto para Alfred Deller, que lo estrenó en Aldebourg. Tras esta première, durante muchos años este papel pasó a voces de tenores, mezzos, sopranos y hasta barítonos. Con el tiempo volvió a su tesitura original, y aquí llega de la mano y la voz de Iestyn Davies (portada del número de marzo de Shangay), todo un gentleman británico de la ópera, que nos regala un rey de las hadas verdaderamente brillante, elegante y sutil, tanto en el plano vocal como el actoral, con una imponente (y exquisita) presencia escénica. Junto a él, el resto del extensísimo reparto de una obra muy coral, en el que destaca de forma brillante la soprano Liv Redpath como su esposa Tytania, reina de las hadas.
Las parejas de amantes, el tenor Sam Furness (Lysander, que ya había demostrado sus dotes ‘brittenianas’ en el Real en Billy Budd y Gloriana), la mezzo Simone McIntosh (Hermia), el bajo Jacques Imbrailo (Demetrius, otro gran conocido de Britten en ese escenario donde ha cantado el Réquiem de guerra, Billy Budd y Peter Grimes) y la soprano Jacquelyn Wagner (Helena) forman un cuarteto espléndido. Con ellos, en esta obra con tantos personajes importantísimos, el barítono Thomas Oliemans (el duque Theseus, cuya boda festejan los rústicos del pueblo) y la mezzo Christine Rice (Hippolita, su prometida) o un soberbio Clive Bayley (el bajo también participó en Peter Grimes) como Bottom al frente de los rústicos, todos ellos unos excelentes cantantes y actores.
El actor y bailarín Juan Leiba regresa de manera triunfal como el duende Puck, un importantísimo papel con gran protagonismo, tras su papel en Peter Grimes. Este rol está desdoblado, y es el actor Daniel Abelson quien le da vida en los textos, en lo que resulta ser una clase magistral de teatro británico que nos trae lo mejor de los escenarios del West End a las tablas madrileñas.
Este desdoblamiento es solo uno de los grandes logros teatrales que Deborah Warner nos ofrece y pone al servicio de Shakespeare. Porque esta fascinante partitura, para tan bella comedia que es un cuento de hadas, llega en una propuesta de directora británica, que convierte el escenario del Real en un bosque encantado en el que todos esos mundos tienen presencia, un espacio único en el que cantantes, actores y acróbatas, con una indicaciones shakesperianas –por definirlas de alguna manera–, hacen de esta ópera una lección de gran teatro, además de un lujazo musical.

Un momento de El sueño de una noche de verano que se acaba de estrenar en el Teatro Real. En la foto, acostados Liv Redpath (Tytania) y Clive Bayley (Botton). Daniel Abelson (abajo)/ Juan Leyva (arriba) (Puck). Foto: Javier del Real.
No es tarea nada fácil plasmar todo eso en el escenario. Pero la exquisitez, la elegancia y delicadeza, la finura de ese mundo de las hadas se hace realidad en el coliseo de la plaza de Oriente en este plato operístico tan bien cocinado a fuego lento: sin desvelar nada, se puede adelantar que los detalles, bordados con primor en ese traje de Balenciaga, saltan del escenario a la sala desde antes de que el maestro llegue al foso. La directora británica crea un esqueleto teatral perfecto para que Bolton, al frente de la orquesta, lo pinte de forma maravillosa.
Y, además de todo lo enumerado, dejamos para el final contar que hay un regalo añadido, escondido en el foso: los Pequeños Cantores de la ORCAM. Un lujo de formación que es uno de los orgullos musicales de los que puede presumir Madrid. Ese plus, junto a todo citado anteriormente, consagra al Teatro Real como un referente del mejor Britten, al que miran los ojos de medio mundo, con este sueño para una noche de un invierno que ya llega a su fin.
¡Bravo, bravo, bravo!

Liv Redpath (Tytania), Clive Bayley (Botton), Pequeños Cantores de la ORCAM y niños actores y bailarines en un momento de El sueño de una noche de verano, de Britten, en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.


