Christof Loy destila (a la perfección) el costumbrismo de 'El Gato Montés' y la ópera española en el Teatro de La Zarzuela

Esta 'ópera popular española' de Manuel Penella fue estrenada en Valencia en 1917. El director de escena alemán separa el grano de la paja de esta obra, que supone el clímax creativo de los arquetipos románticos que en el siglo XIX (y aún en el XX) pretendían definir la identidad de musical patria.

El 'regista' –habitual del Teatro Real, de las grandes óperas del mundo y un apasionado de la zarzuela– debuta con esta obra en 'la catedral' de nuestro género lírico: Foto: Elena del Real.
El 'regista' –habitual del Teatro Real, de las grandes óperas del mundo y un apasionado de la zarzuela– debuta con esta obra en 'la catedral' de nuestro género lírico: Foto: Elena del Real.
Nacho Fresno

Nacho Fresno

Plumilla poliédrico -escondido tras una copa de dry martini- que intenta contar lo que ocurre en un mundo más absurdo que random.

11 junio, 2026
Se lee en 8 minutos

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El Gato Montés representa la esencia de la ópera española (o de ese intento por crear ópera española) que vivió su momento de esplendor, patriótico y romántico, en esos años finales del Romanticismo del siglo XIX. En los albores del XX –cuando esta obra se estrenó en el Teatro Principal de Valencia en febrero de 1917– aún seguían vigentes estos planteamientos, que están perfectamente plasmados en esta ópera, que no zarzuela, con música y libreto de Manuel Penella, que ahora llega al Teatro de La Zarzuela como cierre de temporada, y que su propio compositor definió como ‘ópera popular española’.

Cuando se nombra El Gato Montés, inmediatamente se piensa en el más famoso de los pasodobles, con el que Rafael, el Macareno, entra a torear –en el segundo acto–a esa plaza en la que va a encontrar la muerte que –en el primero– le predijo una gitana. También cuando se piensa en El gato montés, lo primero que se recuerda es esa exaltación del españolismo de cliché, de amores apasionados que terminan en drama, y que era uno de los signos de identidad de esas obras del tardorromanticismo musical no solo español (solo hay que recordar obras como Carmen), llenas de historias de toreros, gitanas, personajes y tramas machistas, hoy día impensables de subir a escena.

'El gato montés', en el Teatro de La Zarzuela. Foto: Elena del Real.

Mané Galoyan (Soleá) y Rodrigo Garull (Rafael, el Macareno) en El Gato Montés, en el Teatro de La Zarzuela. Foto: Elena del Real.

Pero como asegura José Miguel Pérez-Sierra –director musical del Teatro del La Zarzuela, y en el foso de estas funciones de fin de temporada– cuando uno escucha esta ópera de Penella recordamos que estamos ante una de las grandes partituras españolas del siglo XX. En palabras del maestro, «quizá la mejor junto a La vida breve de Manuel de Falla«. Una obra que en su momento cruzó el charco y se estrenó en Nueva York. Aunque luego cayó en el olvido, se perdió la partitura, y grandes de la lírica Miguel Roa y Plácido Domingo recuperaron y devolvieron a la vida ya en los años noventa del siglo pasado. Las vicisitudes de de esta fascinante obra están perfectamente explicadas en el fantástico programa que –como todos los que edita el coliseo en cada estreno está coordinado por Víctor Pagán– es una verdadera joya.

Comunión entre foso y escena

Esa pasión que Pérez-Sierra pone a la hora de hablar de El Gato Montés la supo trasladar a la Orquesta de la Comunidad de Madrid (titular del foso de La Zarzuela), que vivió una noche gloriosa, vibrante, sutil y dramática en cada uno de los momentos en los que tocaba serlo. Y con una comunión perfecta con el escenario, en el que unos estupendos David Oller (Juanillo, el Gato Montés), Mané Galoyan (Soleá) y Rodrigo Garull (el torero Rafael, el Macareno) dieron vida al trío protagonista que conforma ese triángulo de amor, pasión y muerte en el que se desarrolla la acción. Reparto de gran altura, junto al resto del elenco, de primerísimo nivel, entre otros, María Rodríguez (Frasquita, la madre de Rafael), Carol García (la gitana), Manel Esteve (un magnífico Padre Antón, que guarda el secreto que le confesó Soleá) o Gerardo Bullón (el picador Hormigón)

Hay un segundo reparto que promete: Borja Quiza (sin duda, el mejor Lamparilla de El barberillo de Lavapiés de los últimos años), Miren Urbierta Vega y Rafael Humberto Rojas conforman ese mismo triángulo protagonista.

'El gato montés', en el Teatro de La Zarzuela. Foto: Elena del Real.

David Oller  (Juanillo, el gato montés), Mané Galoyan (Soleá) y Rodrigo Garull (Rafael, el Macareno) el triángulo de amor, pasión y muerte de  El gato montés, ópera de Penella que se acaba de estrenar en el Teatro de La Zarzuela para cerrar la temporada. Foto: Elena del Real.

El coro titular del teatro, dirigido por Antonio Fauró remató la faena, por utilizar un símil taurino, de manera magistral en sus múltiples momentos de protagonismo, tanto dentro como fuera de la escena. Estuvo acompañado por Los Pequeños Cantores de la ORCAM, una de esas joyas musicales deliciosas de las que puede presumir Madrid.

La pasión de Christof Loy por la zarzuela

El gato montés regresa al coliseo de la Plazuela de Teresa Berganza en una nueva producción de la casa. Y llega a cargo de Christof Loy, director de escena que es una de las vacas sagradas de la lírica mundial, habitual del Teatro Real de Madrid, donde, por ejemplo, hemos podido ver ‘su versión’ de obras como Ariadne auf Naxos (2006), Lulu (2009), Capriccio (2019), Rusalka (2020), Arabella (2023), La voz humana y La espera (programa doble de 2024) o Eugenio Oneguin (2025).

 

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No es la primera vez que Loy se enfrenta a una obra de nuestro género lírico –estrenó hace unos meses en Colonia, y con grandisísimo éxito, El barberillo de Lavapiés que cerrará la próxima temporada de La Zarzuela en junio de 2027–, pero sí debuta en las tablas de un teatro que es ‘la catedral’ mundial de la zarzuela, un género que le apasiona y ha enganchado a tales niveles que ha aprendido a hablar español y ha creado una compañía, Los Paladines, expresamente producir títulos zarzuelísticos y llevarlos por Europa.

Christop Loy destila todo el folclorismo, costumbrismo y patriotismo de esta ópera, sin perder la escencia. Va a la naturaleza, el origen, del drama. Y funciona porque, al final, el drama es el drama; da igual que sea el que vive Floria Tosca en la Roma decimonónica o Soleá en la plaza de toros sevillana. Loy no sorprende, porque su estética es la de siempre: un sobrio pero espectacular escenario, en este caso con una escenografía de Manuel La Casta, en el que dominan puertas y ventanas por las que entra una soberbia luz de Albert Faura. En esa escena deambulan toreros, picadores, gitanas, bandoleros… con un vestuario atemporal de Robby Duiveman que potencia la fuerza de unos personajes tan sumamente marcados sin caer en el costumbrismo ni el folclore.

El montaje es cien por cien Christof Loy. Funciona como un alambique para que así, por una vez, los árboles nos dejen ver el bosque. Limpio, pero ubicando en cada acto, y en cada uno de los cuadros, la acción (quizá en el primer cuadro del segundo acto, en la casa del torero Rafael en Sevilla, se pierda un poco y nos podría trasladar a un momento austríaco de Der Rosenkavalier). El segundo acto, en la plaza de toros, es magnífico, con una luz que pasa del color del albero al drama de la muerte. Los dos cuadros del tercer acto cierran también de manera magistral este triángulo de muerte.

El director alemán destila el costumbrismo a El Gato Montés y el resultado es, ¡oh sorpresa!, una ópera cien por cien española que, en 2026 logra seducir a muchos que, a priori, jamás irían a ver una obra así. Esto demuestra que, igual que un buen director de escena español puede hacer una maravillosa Tosca o una redonda Tetralogía, el buen teatro y la buena ópera no conocen las fronteras. A ver si ahora la zarzuela (aunque aquí hablamos de una ópera) sólo la vamos a entender los españoles.

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