16/11/2018

Este no es otro verano gay: “Tokio es nombre de mujer”

19 agosto, 2018
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A las seis de la mañana, en cualquier casino de Las Vegas, te puede parecer que son las once de la noche. La gente bebe cervezas, las camareras llevan vasos con licor a los clientes que, afanados en jugarse su fortuna a las tragaperras, son incapaces de levantarse de su asiento para ir hasta la barra a pedir.

Por eso, cuando él se giró hacia mí, arruinado tras perder su último dólar, supe que al igual que el resto de los jugadores de aquel casino o de cualquier otro casino de Las Vegas, su historia tenía un precio en dólares. En esos mismo dólares que, tan ni siquiera tenerlos, el mismo ya se había jugado de nuevo a las tragaperras.

“Busquemos un sitio más tranquilo, me dijo”, pero yo nunca sospeché que tras esas palabras se escondía un cuarto en un motel a las afueras de la ciudad. Habíamos aparcado el coche en la puerta. La habitación estaba levemente iluminada por los rayos de luz que se colaban entre las cortinas y que chocaban en el interior con un desorden de sabanas revueltas, ropa por el suelo y cajas de pizza caducadas.

Tenía un cuerpo muy femenino. Alto, delgado, ancho de caderas. Se paseaba sin ropa por la habitación intentando feminizar al máximo sus movimientos. “¿A que te dedicas?”, me dijo sentándose en la cama y encendiendo un cigarrillo. “Soy escritor”, aseguré en aquel cuarto que olía a crack, a tabaco y sexo de alquiler. No sé con qué intenciones me había llevado allí, pero las cicatrices de su cuerpo explicaban una historia casi por su solas.

Tumbado en la cama, de lado, mientras apuraba el cigarro y me miraba, me explicó los detalles de una vida en que había pasado por tantas cosas que podría decirse que no le quedaba nada más que renacer. Pero él no era un ave fénix, era solo un tipo delgado, enganchado a un montón de sustancias, que vendía su cuerpo a cualquiera que le diese un par de dólares.

“Desnúdate conmigo”, me pidió. Y yo dejé caer mi poca ropa sobre la moqueta mugrienta de aquel motel y me tumbé a su lado en la cama. Cualquiera en su sano juicio hubiese huido de allí, pero yo me tumbé a su lado y, sin saber por qué, le abracé. Estuvimos tres días encerrados en aquella habitación y me pareció poco tiempo. Al fin y al cabo, ¿cuánto tarda alguien en contarte toda su vida?

Fumamos, comimos pizza y, antes de marchar, le dejé sobre la mesita un puñado de dólares para pagar el acuerdo que habíamos pactado. “Yo te puedo contar la historia de mi vida”, me había dicho girándose hacia mí en aquel casino donde nos habíamos conocido. Y yo, que soy incapaz de decir que no a una historia como la suya, asentí con la cabeza y conduje hasta donde él me dijo.

Horas más tarde, sentado frente a la página en blanco de mi portátil, en la cómoda habitación de mi hotel, supe que él y mis dólares estarían ya perdiéndose de nuevo en algún casino entre los aficionados de turno y las turistas veraniegas que pueblan esta ciudad. Dicen que Tokio es nombre de mujer, ¡qué más da! Él se llamaba Las Vegas.

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Shangay

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