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Este no es otro verano gay: ‘Pasó una noche en París’

8 septiembre, 2018
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Aquella noche se reencontraron después de años sin verse. Eran amigas de una amiga en común y la buhardilla de aquel ático en París les hizo compartir habitación después de tiempo sin saber nada la una de la otra.

Nunca había pasado nada entre ellas; ahora porque la una tenía pareja, ahora porque la otra estaba conociendo a alguien. Pero aquella noche el viento entraba por la ventana y la luna brillaba en París.

La luna iluminaba la torre Eiffel a lo lejos. Una de ellas había comprado una botella de vino blanco en el supermercado de la esquina y la otra, quitándose los zapatos, había servido dos copas. Se habían tumbado sobre una pequeña manta de cuadros en el suelo y Elena, la más alta de las dos, había desplegado su cabellera sobre ella.

La conversación era lo de menos. Tenían casi toda una vida que contarse, pero la conversación era lo de menos. Lo importante era estar juntas, compartir el espacio, dedicarse tiempo. Así que mientras una rellenaba las copas, la otra desgranaba el sus años en el Liceo Francés.

La noche caía sobre ellas. Las copas se vaciaban y los corazones se llenaban de esperanzas. Los pies, cada vez más juntos, jugaban a colarse ahora debajo del culo de una de ellas, ahora bajo el hueco que quedaba bajo el costado de la otra.

“Y si vamos a por otra botella de vino”, dijo una de ellas cuando la botella se hubo acabado. Así que ellas, risueñas y esperanzadas, se lanzaron a la calle y, en el supermercado de la esquina, compraron más vino, algo de pan y un poco de queso.

Con los pies colgando por la ventana de la buhardilla, cuando la luna ya estaba celosa de ellas, se fumaron un cigarro y, copa de vino en mano, brindaron por su reencuentro. No volvieron a salir de aquel cuarto y, por extraño que parezca, ni siquiera se besaron.

A la tarde siguiente, cuando el tren de una de ellas marchaba y el avión de la otra estaba a punto de tomar vuelo, se hicieron la promesa de reencontrarse, de buscarse en otra ciudad, de continuar conversando, de volver a llamarse, de no dejar que el tiempo las separase.

Y por ello, cuando Elena llegó a Barcelona, nada más aterrizar, marcó en su teléfono el número de Sofía y le dijo que quería volver a verla.

Su amiga en común, que es amiga mía, me invitó un fin de semana a París y con sigilo subí de noche a la buhardilla donde, sabiendo su historia, me senté en el alfeizar de la ventana y me fumé un cigarrillo.

Me las imaginé bebiendo en el suelo y no pude hacer otra cosa más que sonreír. Dicen que las estrellas las observaban desde el cielo, dicen que pasó una noche en París, dicen que esa noche la luna se murió de celos.

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