03/08/2020

Relatos gays de fin de semana: ‘Kamikazes’

27 octubre, 2018
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Hacía un mes que no sabía nada de Ana, pero el otro día coincidimos en el metro. Y mientras se perdía entre el bullicio de la gente que bajaba, como ella, en la parada de Urquinaona, me lanzó un beso al aire.

Las puertas del metro se cerraban. Ella me sonrió con los labios, pero no con los ojos, y yo respondí “Estoy bien” a su reglamentario “¿Qué tal? ¿Cómo estás?”. Yo no le pregunté cómo estaba, me parecía absurdo.

Me parecía absurdo coincidir con ella en el metro y, entre las prisas y el gentío, preguntarle por quedar bien algo que le podía preguntar tranquilamente tomando un café en una cafetería o en la más privada intimidad de nuestro WhatsApp.

Es lo que tiene esta ciudad. Sí, te junta, te hace coincidir con alguien a quien deseas ver, pero por el contrario dota el escenario de miles de personajes secundarios que forman parte de la escena, dificultándola y haciéndola poco íntima. Los viajeros que iban en aquel vagón apenas se dieron cuenta de nuestro encuentro.

Quizás cualquiera de vosotros compartisteis aquel momento con nosotros y ni siquiera fuisteis conscientes de ello.

La señal acústica del metro sonaba, la gente se afanaba por salir o por entrar y conseguir un asiento, y Ana, de pie en el andén, sonreía y me lanzaba un beso al aire. Su beso se estrelló contra el cristal de las puertas del metro porque aquel era un beso predestinado a morir, como Ana y yo, como un kamikaze. En la siguiente estación nadie se dio cuenta que aquel vagón iba marcado por el beso de dos amantes cuyo amor estaba predestinado a no coincidir ni en tiempo ni en espacio y sí en esta maldita ciudad que lo junta y lo separa todo.

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Shangay

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