03/06/2020

Crítica de ópera: Una rotunda y soberbia ‘Bernarda Alba’ en La Zarzuela

19 noviembre, 2018
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El Teatro de La Zarzuela sigue adelante en su proyecto de poner nuestro repertorio lírico en el lugar que le corresponde. En este caso cambia de registro y acoge el estreno mundial de la ópera La casa de Bernarda Alba, de Miguel Ortega, en su versión para orquesta de cámara. Una versión rotunda y soberbia de la obra de Federico García Lorca.

No nos engañemos. Enfrentarnos a una ópera contemporánea, y más si es un estreno mundial, causa siempre cierto reparo al espectador medio. Reparo por no decir miedo o rechazo. Por ello, los jitazos de taquilla en las operahouses del mundo no suelen ser con estos títulos. En este caso, todos los temores quedan disipados a los pocos segundos de empezar esta adaptación de la mítica obra del teatro español del siglo XX que ha hecho Miguel Ortega, que él mismo dirige en el foso, con una reducida Orquesta de la Comunidad de Madrid, titular del Teatro.

A la ópera vamos a escuchar música y buenos cantantes. La apuesta escénica, importante, no tiene sentido si lo que se escucha no interesa o no conecta con el espectador. Normalmente, la ópera contemporánea se suele arropar de espectaculares montajes para que la hagan más atractiva. Es, dicho sin eufemismos, el entrar por los ojos, ya que no entro por los oídos. En el caso de tratarse de compositores vivos, el resultado escénico suele ser aún mejor que si te trata de obras de mediados del XX de autores fallecidos. Es sencillo encontrar el porqué: el director de escena trata con ‘más respeto’ el libreto y el texto, pues suele trabajar codo con codo con el compositor, y ese ‘respeto’ se nota en el resultado. Cosa que no ocurre cuando el autor está muerto y no hay un heredero con copyright por medio. Mejor no sacar el tema de cuando se enfrentan a un Mozart, y vemos las atrocidades que tenemos ver en muchas (demasiadas) ocasiones. La propuesta que vemos en La Zarzuela, sin duda uno de los acontecimientos culturales del año, no puede ser mejor.

Pero vamos a lo importante, que es la música. La partitura engancha desde el minuto cero, en cuanto se levanta el telón. Negro, como no podía ser de otra manera. El propio Miguel Ortega afirma: “Mi Bernarda Alba, musicalmente hablando, emplea un lenguaje relativamente conservador, ya que yo me considero un compositor fiel, en cierto modo, a la tradición. (…) Eso no impide que en muchos momentos de la obra, por su dramatismo, use una música cercana a la atonalidad y politonalidad, pero siempre como uso descriptivo de las situaciones”.

Una maravillosa Julieta Serrano interpreta María Josefa, la madre de Bernarda Alba. [Fotos: Javier del Real]

Con una estructura clásica, respetando los tres actos originales (con sus respectivas bajadas de telón, aunque se representa sin descanso), la modernidad de la obra está, además de en sus pentagramas, en que conecta con el cien por cien del público que abarrota la sala en todas las funciones.

Si musicalmente engancha desde el principio, con esa orquesta dirigida por el propio compositor, vocalmente no queda ni un paso atrás. La mezzo canaria Nancy Fabiola Herrera vuelve a demostrar por qué pisa como pisa los escenarios de todo el mundo (para muchos es una de las mejores carmenes que hay en el momento): su Bernarda Alba es de antología, sin más. Pero, además, sus hijas Carmen Romeu (Adela), Carol García (Martirio), Marifé Nogales (Amelia), Belén Elvira (Magdalena), Berna Pernes (Angustias) afrontan sus dificilísimos papeles de manera ejemplar.

Como lo hacen Luis Cansino en el papel de la legendaria Poncia, criada de Bernarda (el hecho de que este papel femenino lo interprete un barítono le da una fuerza atroz; recordemos aquí la ‘Bernarda Alba’ de Luis Merlo en 1976 en el antiguo Teatro Eslava) o Milagros Martín (¡una grande, siempre!) como la otra criada. Luego ya, aparte, la actriz Julieta Serrano como la madre de Bernarda, que hace que el espectáculo adquiera, si cabe, aún otra dimensión.

A nivel escénico, el debut de Bárbara Lluch en La Zarzuela (esta catalana es una habitual del Covent Garden o del Festival de Glyndebourne, entre otros grandes teatros) es un éxito rotundo. Una apuesta casi hiperrealista, con un imponente decorado único de Ezio Frigerio, que vuelve a trabajar en el vestuario (negro, por supuesto) con Franca Squarciapino. Dos clásicos que tienen el triunfo asegurado.

Que una obra así llene, como está llenando, todas las funciones. Que un público joven invada las butacas de La Zarzuela y que los ‘bravos’ invadan los saludos es síntoma de que algo está cambiando.

Ojalá esta sea la puerta que hay que abrir para que nuestro género lírico siga viviendo. Las recientes representaciones en el Real de Only the Sound Remains iban por el mismo camino. La creación contemporánea se instaló este otoño en Madrid y ha sido un éxito. La ópera está de enhorabuena; y los espectadores, felices. Todos contentos.

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