13/10/2019

Gregorio Marañón, presidente del Teatro Real: “El buen burgués ya viene a la ópera curado de espanto”

29 noviembre, 2018
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Estamos ante uno de lo popes de la cultura en España. Gregorio Marañón y Bertrán de Lis es el presidente de la Fundación del Teatro Real, buque insignia de la lírica en España. El público de ópera es muy particular. Y, desde tiempos inmemoriales, muy mezclado. No hace falta más que pisar cualquier sala del mundo para ver que el colectivo LGTBI es uno de los que más acuden. La aristocracia primero, y la burguesía, después, han convivido desde el nacimiento del género (hace más de cuatrocientos años) con las vanguardias creativas de cada momento histórico. Hoy, en pleno siglo XXI, el «burgués ya está curado de espanto», según el máximo responsable del coliseo madrileño.

Nieto del mítico médico e intelectual que formó parte de le élite cultural de principio del XX, de él no solo heredó el nombre. Como su legendario abuelo, Gregorio Marañón ha procurado rodearse de las vanguardias de su tiempo. Y de todos los campos, no solo el musical. Su abuelo fue académico de número de cinco de las ocho Reales Academias. Él ha continuado con ese espíritu, y mantiene vivo el mítico cigarral de Toledo por el que pasó todo aquel que tuvo que decir algo en cualquiera de las bellas artes. Ese foco cultural está hoy más vivo que nunca.

Volvamos al Real, que está siempre en el ojo del huracán. Este año ha celebrado su bicentenario, y los veinte años de su reinauguración como teatro de ópera, pues hay que recordar que la mayor parte del siglo XX funcionó como sala de conciertos, tras una brillante etapa, en el XIX, en la que fue uno de los principales teatros líricos de Europa.

En los últimos meses han sido varias las polémicas que le han salpicado. Y de todo tipo: desde su fallida fusión con el Teatro de la Zarzuela, el otro gran coliseo lírico en Madrid, a una denuncia pública de la Unión de Actores por la no contratación de figurantes para un próximo Idomeneo mozartiano. Los Amigos del Real lo hacen de forma voluntaria, sin cobrar, y eso disparó las alarmas.

Pero el teatro sale airoso de todas estas polémicas. Por ello es la institución cultural de las artes escénicas más valorada de España. Quedamos con Gregorio Marañón para hablar de los retos tras el bicentenario, pero él mismo nos aclaró desde el primer momento: «Podemos hablar de todo, ¿eh? No solo de la nueva etapa. No tengo problema a responder a cualquier pregunta, la que sea».

Le tomamos la palabra y ‘atacamos’ a tope. No nos quedamos con las ganas, y le preguntamos por todo. Repasamos los primeros viente años de esta etapa, en la que ha habido de todo: desde grandes éxitos con Emilio Sagi o Antonio del Moral, a las inevitables polémicas que siempre llevaba asociadas a su nombre el desaparecido Gerard Mortier. Pero también hablamos de la deseada ley de mecenazgo, de los cuerpos estables –coro y orquesta– de la casa, de la poca aceptación por parte del público de la ópera contemporánea, de los elevados precios del teatro o de los montajes (gratuitos, generalmente) que buscan el provocar por provocar, o el epatar por epatar. Al burgués o al que no tiene un duro.

Fotos: Javier del Real

Quedamos con él las vísperas del estreno del esperado Turandot que pone en escena el codiciado director de teatro Robert Wilson. Y, como bien nos aclaró al gestionar esta entrevista, Marañón respondió a todo. Aunque en alguna ocasión, como en la polémica –y fallida– fusión con La Zarzuela, lo hace con una diplomacia admirable, una de sus señas de identidad. Empezamos a disparar…

SHANGAY ⇒ Acabado el bicentenario, ¿cuál es el balance de estos dos años con una programación especial dedicada a ello?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ La extraordinaria programación de estos años ha devuelto al Teatro Real la relevancia que tuvo durante el siglo XIX como uno de los grandes teatros líricos europeos. El bicentenario también ha concitado el apoyo de los 100 patrocinadores, 5.000 Amigos, 20.000 abonados, y los 40.000 jóvenes que asisten a nuestras representaciones.

SHANGAY ⇒ Tras estos ‘primeros 20 años’ de esta nueva etapa, en la que el teatro ha vuelto a sus orígenes, ¿cuáles son los retos?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ En este instante, lo que procede es consolidar lo ya realizado, y proyectar a largo plazo la siguiente etapa. En esa tarea estamos…

«Siempre he dicho que prefiero la polémica al aburrimiento, pero, ciertamente, Mortier se enfrentó gratuitamente a una parte significativa del público»

SHANGAY ⇒ El Real ha sido pionero en lo que al modelo de financiación se refiere. En Europa es tradicional que los teatros de ópera se sustenten con dinero público y, en menor medida, con la taquilla. Mientras que en Estados Unidos se combina el mecenazgo privado con los ingresos por taquilla. ¿Inauguró el Real el sistema mixto de tres patas público/taquilla/patrocinio privado?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ El Teatro Real se financia con un 50% de ingresos propios, fundamentalmente taquilla; un 25% de aportaciones públicas y un 25% de patrocinio privado. En dos países tan significativos como Italia y Alemania se ha puesto este modelo como ejemplo. No creo que en Europa haya otro igual. En cierta medida, ha sido fruto de la necesidad. Cuando a partir del año 2010 empezaron a bajar aceleradamente las subvenciones públicas, el Teatro Real hizo un esfuerzo para mejorar su eficiencia, al tiempo que recababa el apoyo de la sociedad civil. Gracias a ello, hemos salido de la crisis fortalecidos y con un proyecto viable.

SHANGAY ⇒ ¿Permite ese sistema de financiación más libertad creativa?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ En mi opinión, la cuestión de la financiación no debe mezclarse con la actividad artística. En nuestro modelo, el director artístico depende del director general pero goza de un ámbito de autonomía inmenso, siempre encajado dentro de un marco presupuestario viable.

SHANGAY ⇒ ¿Para cuándo una buena Ley de Mecenazgo en España? ¿Por qué, gobierne quien gobierne, nunca se saca adelante?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Ojalá tuviera la respuesta, porque, ciertamente, necesitamos perentoriamente esa Ley de Mecenazgo tantas veces prometida… Lamento decir que, por el momento, no soy optimista.

SHANGAY ⇒ Siempre se cuestionan algunas cosas, entre ellas, los presupuestos. ¿Cuadran las cuentas?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ El Teatro Real es una Fundación Pública con un presupuesto de 55 millones, el mayor de todas las instituciones líricas españolas. Aunque las aportaciones públicas, en el caso del Teatro Real, son inferiores a las del Liceu y a las de La Zarzuela, las cuentas cuadran gracias a los ingresos propios. El Teatro Real no tiene ninguna deuda; en los tres últimos años ha tenido superávit; y este año lo cerraremos también en presupuesto, con una posible desviación, en más o en menos, inferior al 1%. No comprendo qué mueve a quienes se empeñan, una y otra vez, en decir falsamente que el Teatro Real está mal económicamente… y también artísticamente. Lamento seguir decepcionándoles.

SHANGAY ⇒ En veinte años, el teatro ha conseguido llegar bastante lejos. Sobre todo si lo comparamos con sus centenarios colegas europeos, que tienen una larga historia nunca interrumpida…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Así es. El Teatro Real se fundó en 1818; se inauguró en 1850; y, aunque desde entonces solo estuvo 75 años abierto, alcanzó un notable prestigio internacional. En estas últimas dos décadas, tras haber estado cerrado otros 75 años, hemos recuperado ese prestigio y nos hemos convertido en la primera institución de las artes escénicas y musicales de nuestro país, según el Barómetro de la Cultura.

«Afortunadamente, es real que el teatro está ajeno a los vaivenes políticos; si no, yo no seguiría aquí»

SHANGAY ⇒ Los primeros años de esta nueva etapa fueron muy convulsos. El cambio de Gobierno previo a la inauguración, con la salida precipitada de Lissner como director artístico, encendió una mecha explosiva…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ En la primera década de esta etapa tuvimos seis presidentes, que eran los ministros de Cultura, y cada uno trajo su propio equipo de gestión. En diciembre de 2007 se cambiaron los estatutos para dotar al Teatro Real de la autonomía y estabilidad que precisan las grandes instituciones culturales públicas, para poder gestionarse al margen de los vaivenes políticos. Yo me incorporé a la Fundación el día de su constitución en 1995, de la mano de Carmen Alborch, y dimití juntamente con Luis de Pablo, Emilio Lledó, Alberto Zedda e Isabel Penagos, cuando la política irrumpió hasta en la programación del teatro. Me reincorporé en 2004 de la mano de Carmen Calvo.

SHANGAY ⇒ Ahora el teatro parece más ajeno a los vaivenes políticos… ¿Es algo real o es solo una percepción?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Afortunadamente, es real, si no, yo no seguiría aquí. El apoyo que el ministerio y la Comunidad de Madrid dieron al cambio acordado en 2007 se ha mantenido siempre.

SHANGAY ⇒ ¿Alguna vez se ha recibido la llamada de un ministro o alto cargo diciendo que hay que ‘hacer’ o ‘dejar de hacer’ algo?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ El Ministerio, la Comunidad y el Ayuntamiento están presentes en nuestros órganos de gobierno, que se reúnen con frecuencia. Y, por supuesto, al margen de ello, también nos comunicamos directamente con toda normalidad, considerando siempre las propuestas que nos hacen con la mayor atención. El Real es una fundación pública y no puedo imaginar otra cosa. Pero deseo añadir que, hasta el momento, ministros y altos cargos han respetado ejemplarmente la autonomía con la que se gestiona el Teatro Real. El momento de mayor tensión se produjo con el nombramiento del director artístico que sustituyó a Gerard Mortier, prevaleciendo el candidato elegido por el Teatro Real, que era, y es, Joan Matabosch.

SHANGAY ⇒  Carmen Alborch, recientemente fallecida, era una gran aficionada a la ópera y puso mucho empeño en el teatro, y estuvo vinculada al mismo hasta el final…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒  Ella fue la primera presidenta, y, sin duda, una persona decisiva en la configuración del Teatro Real. Me alegré muchísimo al poder nombrarla, hace algunos años, Patrona de Honor.

SHANGAY ⇒ Durante los primeros años, los puestos de directores cambiaban según lo hacía el viento político. ¿Cómo definiría cada una de las etapas?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Son como la cara y la cruz de una misma moneda. La primera década estuvo caracterizada por la inestabilidad, y, la segunda, por la autonomía que ha permitido configurar el proyecto institucional que caracteriza al Teatro Real.

SHANGAY ⇒ El ‘fichaje galáctico’ de Mortier fue un punto de inflexión. Se supone que fue él quien dio al teatro repercusión internacional. Pero eso no es del todo cierto: antes (con todos los directores artísticos previos) ya se habían hecho producciones que se rentabilizaron muy bien fuera. Por otro lado, Mortier lo que hizo fue traer muchas de sus creaciones –producidas por otros teatros en los que él había sido director– y por las que el Real pagaba un alquiler. Pero no dejó un legado especialmente relevante en lo que a producciones propias se refiere, que luego se exportaran como señas de identidad del Real.
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ A Gerard Mortier, que pudo también haber sido el director artístico en 1995, le debemos, en mi opinión, la relevancia internacional alcanzada y una notable mejoría de los cuerpos estables, tanto la orquesta como el coro. Fue el primer director artístico que había tenido experiencia previa en grandes instituciones líricas internacionales, y esa experiencia la puso al servicio del Teatro Real.

SHANGAY ⇒ Pero es que, además, con sus declaraciones y provocaciones, logró enfadar a muchos de sus abonados, que dejaron de serlo…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Siempre he dicho que prefiero la polémica al aburrimiento, pero, ciertamente, Mortier se enfrentó gratuitamente a una parte significativa del público, aunque no menos cierto es que también atrajo a un público nuevo. Siempre he pensado que hubo dos claves para ese desencuentro: en primer lugar, le faltó tiempo para completar su mandato, y todos olvidaron que en la presentación de su primera temporada anunció que su programación sería ecléctica aunque desequilibrada en el tiempo, esto es, empezaría incluyendo muchos más títulos nuevos que del repertorio tradicional, para invertir esta proporción en las últimas temporadas. Pero hay una segunda explicación. Mortier fue durante toda su carrera un polemista, pero polemizaba en los idiomas que dominaba, en alemán, francés o inglés. Aquí quiso también polemizar, pero sin conocer adecuadamente nuestro idioma y, por ello, lo hizo en ocasiones torpemente.

«Creo que una gran parte de la música contemporánea, al margen del pop, le ha dado la espalda al público»

SHANGAY ⇒ Es que vaciar un teatro de su público habitual es muy fácil. Pero lograr llenarlo de otro tipo de espectadores (“quiero ver el patio de butacas con mochilas”, decía él) es mucho más complicado. Sobre todo, a esos precios… ¿Es caro ir al Real? Lo cierto es hay otros teatros, de ciudades más pequeñas, que son mucho más caros, pues no tienen entradas tan baratas como se pueden conseguir aquí si uno es avispado…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Así es, y si comparamos con otros espectáculos musicales o deportivos, son precios similares. Obviamente, tenemos un programa de precios reducidos para los jóvenes, y también fomentamos las retransmisiones gratuitas y en directo. En esto último está el futuro de la ópera, dado el reducido tamaño de nuestras salas.

SHANGAY ⇒ ¿Qué tiene un estreno para que haya gente que pague 390 por butaca premium? ¿Por qué en el estreno cuesta eso y en el resto de las funciones 240 euros la más cara?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Hay un público que está dispuesto a hacer esa aportación adicional, y tenemos de alguna manera que tomarlo como un patrocinio que nos permite, por ejemplo, reducir luego las entradas para jóvenes.

SHANGAY ⇒ La llegada de Matabosch fue un importante cambio con respecto a ‘detalles’ como cuidar más las voces, no solo las propuestas escénicas como ocurría con Mortier. También con una programación más equilibrada. ¿Está en este equilibrio la respuesta a un cóctel de éxito y menos provocativo o provocador?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Sin duda alguna, Joan sabe mucho mejor que su antecesor cómo ir introduciendo al público tradicional en los nuevos repertorios, hasta lograr que la música dodecafónica de Schöenberg o la más actual de Saariaho constituyan un éxito de público, incluso el día del estreno.

SHANGAY ⇒ ¿Sigue siendo necesario epatar al burgués o este ya viene a la ópera ‘epatado’ de casa?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ El buen burgués está ya curado de espanto, y, en todo caso, provocar por provocar, que es lo mismo que epatar por epatar, carece de sentido.

SHANGAY ⇒ Matabosch programa con un ojo en la taquilla y otro en la calidad artística. ¿Es necesariamente contradictoria esta doble visión?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Es que esa afirmación no es del todo cierta, porque en las óperas de repertorio, Joan también busca la calidad lírica y la escenografía necesaria para que esas óperas sigan conmoviéndonos.

SHANGAY ⇒ Hace ya años que no hay un gran escándalo y pataleo del público. El último, quizás, fue aquel gratuito e innecesario Don Giovanni de Tcherniakov ¿Se echan de menos?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Hay algunos a los que les gustan los escándalos, pero no es mi caso, pues prefiero que nuestras óperas lo que provoquen sea el entusiasmo.

SHANGAY ⇒ En aquel momento, ante la unanimidad de todos, crítica y público, Mortier reaccionó diciendo que los españoles no aceptábamos que «uno de fuera» tocase a nuestros mitos… ¿Hemos pasado ya los años de provocar por provocar?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Mortier, por supuesto, también se equivocó en algunas de sus declaraciones.

SHANGAY ⇒ ¿Cómo se vivió desde dentro el tema de los ‘lazos amarillos’ en el estreno del Faust que inauguró esta temporada, con los reyes en el palco real? El comunicado lanzado por el teatro fue algo nunca visto hasta el momento…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Creo recordar que el comunicado del teatro se limitaba a reproducir, con su autorización, lo que nos había escrito Alex Ollè. Y sigo convencido de que el saludo en el escenario el día del estreno no es el momento para que los profesionales expresen sus reivindicaciones políticas personales.

SHANGAY ⇒ Cambiando de tema, la Sinfónica de Madrid ya pasa a denominarse siempre en los programas Orquesta Titular del Teatro Real. ¿Va a perder su nombre? Es una institución centenaria y podría parecer, con su nueva denominación, que es de antes de ayer…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Estoy convencido de que esta ‘doble nacionalidad’ orquestal enriquece y no resta nada.

SHANGAY ⇒ Tanto la orquesta como el coro son muy valorados y queridos por el público. ¿Estamos empezando ya a ‘querer’ más lo nuestro, como ocurre en otras capitales europeas?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ El público, afectos al margen, debe exigir que los cuerpos estables de una ópera sean excelentes. En el Teatro Real esto no sucedía antes, pero ahora es obvio que sí. Recientemente, Luis Gago [crítico del periódico El País] afirmaba que la orquesta era la mejor de nuestro país, y el coro ha sido nominado para los Opera Awards como uno de los mejores de Europa.

SHANGAY ⇒ El Real es de los pocos teatros históricos de Europa que no tiene un ballet propio. La Compañía Nacional de Danza y el Ballet Nacional de España pasarán a ser, como la Sinfónica, titulares del coliseo en un futuro?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Para considerarlo tendríamos que disponer de un segundo escenario.

SHANGAY ⇒ Incluso ahora, que no se producen cambios artísticos con los cambios de Gobierno, el Teatro Real siempre está en el ojo del huracán. ¿A qué se debe?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Parece que hay algunos, muy pocos, a los que incomoda que el Teatro Real sea la primera institución de las artes escénicas y musicales, como señala el Barómetro de la Cultura. Respeto todas las opiniones, también las de los que no simpatizan con el proyecto del Teatro Real, y sé bien, desde hace mucho tiempo, que el amor universal es una pretensión adolescente, pero no entiendo a los que mienten para atacar nuestro proyecto escondiéndose en el anonimato.

SHANGAY ⇒ La última polémica en la que se ha visto involucrado el teatro es utilizar a voluntarios para las masas de Idomeneo, en vez de contratar, pagando, a extras. Se argumenta que Robert Carsen, el director de escena, hizo lo mismo en Londres para Dialogo de carmelitas. Pero en ese caso se optó por la integración de colectivos sociales marginales. Aquí son los Amigos del Real, un grupo que apoya económicamente al Teatro, y no existe esa ‘labor social’…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒  Espero que, poco a poco, vayamos aceptando que el voluntariado cultural es igual de respetable que el voluntariado social, sin afectar por ello los legítimos intereses de actores y cantantes.

«No entiendo a los que mienten para atacar nuestro proyecto escondiéndose en el anonimato»

SHANGAY ⇒ ¿Los Amigos del Real sustituyen a los antiguos Amigos de la Ópera?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ La Asociación de Amigos de la Ópera tiene una historia admirable, habiendo defendido el género en la larga noche en que Madrid no tuvo un teatro propiamente de ópera. También en el inicio de la nueva andadura del Teatro Real, la Asociación jugó un papel muy notable. Personalmente, intenté que pasaran de ser Amigos de la Ópera a ser, más específicamente, Amigos del Real, pero prefirieron mantener su propio proyecto.

SHANGAY ⇒ También ha corrido hace unas semanas como la pólvora un anónimo que asegura reflejar una supuesta mala situación interna del teatro…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ El Teatro Real, en este año, va a aumentar en 400.000 euros su patrocinio, en más de tres millones su ingresos de taquilla, y su número de abonados ha superado los 20.500, límite que no deseamos sobrepasar. Finalmente, sus Amigos han pasado de 2.225 a más de 4.000. A esto se añade que el teatro carece de endeudamiento. Ciertamente, el Teatro Real tiene una situación económica y artística excelente.

SHANGAY ⇒ ¿A qué se debió el despido de Massimo Teoldi, el director técnico, en pleno verano y que le pilló por sorpresa?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Teoldi es un gran profesional que ha colaborado durante muchos años con el Teatro Real, y ahora esta colaboración ha llegado a su fin.

SHANGAY ⇒ Hay algunos colectivos del teatro que aseguran que el alquiler de salas para eventos va en detrimento de la calidad artística. ¿Es eso cierto? Argumentan que el uso de algunos espacios destinados a ensayos u otros aspectos artísticos perjudica el normal funcionamiento de ellos.
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ No parece, por los éxitos artísticos que está alcanzando el Teatro Real, que esta afirmación tenga fundamento. El alquiler de espacios no utilizados por la programación artística permite unos ingresos que, por supuesto, revierten en el proyecto artístico.

SHANGAY ⇒ La fallida fusión entre el Teatro Real y el de La Zarzuela copó muchos titulares. Al igual que la manera en la que se dio a conocer, a través de la prensa cuando ya estaba prácticamente cerrada. Dos teatros históricos, con trayectorias tan diferentes, deben tener, desde mi punto de vista, directores que miren por los intereses individuales de ambos. Uno de los argumentos que se daban para defender la unión era que se seguía el modelo de París, donde la Opera National de Paris tiene dos salas: el Palais Garnier y el Teatro de la Bastilla. Pero no es cierto: este último es un teatro de nueva creación. En París sería impensable la fusión de la Opéra Garnier con la Opéra-Comique o con el Téâtre du Châtelet. O en Londres de la Royal Opera con la ENO, en Viena la Staats Oper con la Volks Oper… Todos son salas con historias (y trayectorias) muy importantes…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Entre todos estos antecedentes nos olvidamos del más relevante. Cuando se constituyó la Fundación Lírica, que es la actual Fundación del Teatro Real, el Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela formaban parte de esa Fundación. En 1995 hubo un consenso unánime sobre las ventajas de que los dos teatros líricos de Madrid pudieran coordinarse desde una misma institución. El cambio político de 1996, con la victoria de José María Aznar, deshizo aquel proyecto separando de nuevo los dos teatros.

«Provocar por provocar, que es lo mismo que epatar por epatar, carece de sentido»

SHANGAY ⇒ ¿Por qué no se intenta cambiar la legislación para que La Zarzuela sea una Fundación con identidad propia, como lo es el Real?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ No hay ninguna norma legal que lo impida, y, por tanto, no es preciso realizar ningún cambio legislativo.

SHANGAY ⇒ Todos los grandes teatros del mundo organizan galas, por las que los espectadores pagan un alto precio, que sirven para recaudar. ¿Por qué aquí son tan mal vistas o no logran salir bien? Aún se recuerdan las críticas a la primera que se hizo, en los años en los que Juan Cambreleng dirigía el teatro, con Jessye Norman…
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Espero que, poco a poco, las galas vayan también arraigando entre nosotros porque son una forma festiva de captar fondos para el proyecto artístico y el proyecto social.

SHANGAY ⇒ En realidad, la ópera siempre ha sido una mezcla entre las clases adineradas, el poder y las vanguardias. ¿Por qué el género no logra quitarse la etiqueta de ‘elitista’?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Las retransmisiones gratuitas en directo y en las plazas de las ciudades y los pueblos de España, en los centros culturales más prestigiosos y en los de los pueblos más remotos, y en los colegios públicos, están cambiando, afortunadamente, esa percepción.

SHANGAY ⇒ La creación contemporánea no logra cuajar. Y no funciona en taquilla. ¿Qué falla? No me vale el argumento de que, en su momento, La Traviata no gustó, porque eso son casos excepcionales. Los grandes compositores tenían, en general, siempre el favor del público y de sus mecenas.
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ En tiempos pasados, los músicos solían componer únicamente pensando en el público al que deseaban agradar. Yo sí creo que una gran parte de la música contemporánea, al margen del pop, le ha dado la espalda a ese público, aunque ciertamente hay músicos extraordinarios, también entre nosotros, que merecen todo nuestro apoyo.

SHANGAY ⇒ Hablando de Traviata, ¿hay motivos para brindar en el Real para los próximos 20 años?
GREGORIO MARAÑÓN ⇒ Todo parece indicar que sí… Soy por naturaleza optimista, y el futuro me interesa más que el pasado. Pues bien, el Teatro Real tiene por delante un brillantísimo futuro y debemos brindar por ello.

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Shangay

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