25/05/2019

Crítica de zarzuela: ‘La verbena de La Paloma’ saca su lado más LGTBI

25 febrero, 2019
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Se está tomando muy en serio el Teatro de La Zarzuela su Proyecto Zarza (uno de los más mimados por su director, Daniel Bianco), que no es otra cosa que intentar acercar el género a la gente joven con montajes hechos, precisamente, por esa gente joven que nunca se sintió cercana a la zarzuela, ni al teatro ni a las obras maestras de nuestra lírica. En esta ocasión, la apuesta de la casa es con uno de los grandes títulos, La verbena de La Paloma, que saca su lado más integrador, de desmontar las etiquetas, con muchos guiños LGTBI.

Fotos: Javier del Real

Tan en serio se lo están tomando que, para esta ‘revisión’ han tirado de dos pesos pesados, cada uno en su campo: en el musical el responsable es Óliver Díaz, director titular de la casa, y en el escénico, nada más y nada menos que el argentino Pablo Messiez, uno de los ‘niños bonitos’ del nuevo teatro. Frente al reparto, como siempre, jóvenes cantantes, actores y actrices que aportan su visión al título, uno de los grandes del repertorio. Que la dirección de la casa recurra, para este ‘experimento’, al talento de dos grandes demuestra el interés que ponen en el que, quizás, es uno de los retos más interesantes del Teatro de La Zarzuela.

Vayamos por partes. La verbena de La Paloma es una obra maestra. Sin más. Así de directo. Al igual que otros grandes títulos del género chicho (La Gran Vía, La Revoltosa, por poner dos ejemplos) es una pieza perfecta que no necesita ser ‘desempolvada’. Se gestaron con una duración de una hora (por eso se llama ‘género chico’ y no, como muchos piensan, porque sea de una calidad inferior a la ópera) para poder representarse hasta cuatro veces al día en el mítico (y desparecido) Teatro de Apolo, y poder cuatriplicar así los ingresos. Vamos, que el Microteatro por Dinero no se inventó en las vanguardias del off madrileño de hace unos años, sino a finales del siglo XIX. Esta aclaración tiene sentido aquí porque muchas de estas joyas de nuestra lírica son normalmente prostituidas por creadores de hoy que, incapaces de componer libretos tan grandes, se dedican a alargar, con morcillas, estos títulos, destrozando el que es su [perfecto] ritmo natural.

No es el caso, pues el Proyecto Zarza, lo que pretende es, en una especie de off, de complemento, a la programación ‘oficial’ de la sala: dar a los jóvenes estas obras para que ‘jueguen’ con ellas; para que las adapten a sus códigos ya a su lenguaje. Por ello la mitad de las representaciones son por la mañana para colegios, y el resto, abiertas al público convencional. El primero de estos ‘experimentos’ vino hace tres años con una magistral lectura de La revoltosa. El año pasado le tocó el turno a El dúo de La Africana y, esta temporada, a esta más que muy interesante versión de La verbena de La Paloma.

Pablo Messiez se carga todo el libreto. De principio a fin. Eso sí, sin tocar una nota de la partitura, ni una coma de las letras. La única licencia, introducir la romanza de La entrada de Paloma de El barberillo de Lavapiés, de Barbieri. El caos en una inauguración de un polideportivo (¿en la zona de La Latina?) sirve como disculpa para esta nueva trama en la que un grupo de jóvenes, entre clases de yoga, taichí o ballet, interpretan la mítica obra de Bretón como una actividad más.

Esta ‘disculpa’ justifica cosas que, en otra situación, hubieran sido claros ejemplos de misscastings de catálogo, como que Don Hilarión sea joven y guapo, cosa que no tendría sentido con el libreto original. La disculpa de ‘teatro dentro de teatro’ –es decir, crear un texto en el que se justifique representar La verbena como una actividad cultural de ese polideportivo de barrio– hubiera permitido mantener el libreto original tal cual, englobado en la nueva trama. Pero es cierto que es algo ya muy trillado, y los resultados cuando se hacen con obras del género chico, por norma general, suelen ser que la función se convierta en un truño que, en vez de durar una hora, sea de hora y media y termine resultando un soberano aburrimiento.

Messier opta, como decimos, por un libreto completamente nuevo. El resultado es, como mínimo, muy interesante. Al contrario que en otros ejemplos (como en el reciente Sueño de una noche de verano en el que el nuevo texto tenía, posiblemente, menos gracia aún que el original) se mantiene el interés por lo que va a ocurrir (y la duración original). En ciertos momentos se producen incongruencias con las letras que se cantan, o no se entienden algunas situaciones. Pero no importa demasiado porque la música de Bretón puede con todo, y la frescura del elenco, así como la propuesta escénica, hace que el ritmo no decaiga en momento alguno.

Es curioso. La verbena de La Paloma, es decir, las fiestas de mediados de agosto del barrio de La Latina, se han convertido, desde hace años, en lo que ya es conocido como ‘El Orgullo Chico’. Estos días tan castizos son todo un ejemplo de visibilidad LGTBI entre mantones de manila, parpusas, chulapos, entresijos, churros y gallinejas. Eso que los cursis definen como tradición y modernidad. Pues esta función cumple, en parte, con el mismo propósito: hacer que el público habitual del teatro, gente generalmente de cierta edad, vea en escena como la diversidad toma el escenario y, desde el mismo arranque la obra, se aclara que está el nosotros, nosotras y ‘nosotres’ para todos aquellos que no se sientan identificados con ninguno de los dos géneros.

A tenor de lo escuchado en la tertulia que hubo tras una de las primeras funciones, ese público no solo lo entendió, sino que agradeció que le cuenten que esa diversidad ha calado en la juventud. El orgullo se extiende cada vez más en Madrid. Y La verbena de La Paloma es, como vemos cada agosto, terreno abonado para ello.

A nivel interpretativo, el reparto de jóvenes es espléndido. Diecisiete actores y actrices, algunos con dobles papeles, para dar vida a los legendarios personajes de la obra, así como a los nuevos. Algunos guiños estéticos, como ‘el punto Rosalía’ en la archifamosa La soleá, y una clara estética gay en muchas ocasiones hacen el resto. A nivel musical, Óliver Díaz, director musical de la casa, hace una transcripción muy interesante de la partitura a solo nueve instrumentos (violín, viola, violonchelo, contrabajo, flauta, acordeón, varios de percusión, con jóvenes músicos en ellos, y él mismo al piano) saca toda la riqueza que tiene la obra en esta ‘versión camerística’.

El resultado de todo ello es esta interesantísima Verbena de La Paloma. Además de acercar esta obra maestra a un público que, si no fuera de esta manera, nunca iría al mítico teatro de la calle Jovellanos, sirve también para poner en escena la diversidad que ha tomado las calles de Madrid y que ha hecho que la ciudad sea, posiblemente, la capital gay del mundo, el referente LGTBI en el que otras muchas se miran. Y es que, como don Hilarión le dice a don Sebastián: “El aceite de ricino ya no es malo de tomar. Se administra en pildoritas y el efecto es siempre igual, igual, igual…”

Esas pildoritas han hecho que gran parte del habitual público de La Zarzuela salga pensando de otro modo. Igual Messiez no sólo pretendía acercar el género chico a la gente joven… Es que “hoy las ciencias adelantas, que es una barbaridad. Y la limoná purgante, no la pide nadie ya…”

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