18/09/2020

Crítica: ‘Cecilia Valdés’, una zarzuela cubana, una deuda justa y maravillosamente saldada

1 febrero, 2020
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De una riqueza musical impresionante, e interesantísima en todos los sentidos. Así podríamos definir en pocas palabras esta zarzuela cubana que, por primera vez, se representa en la catedral mundial  de nuestro género lírico. Con Cecilia Valdés se salda así una deuda histórica.

El compositor cubano Gonzalo Roig puso música a este clásico de la literatura de su país en 1932. En el estupendo programa que ha editado el coliseo de la calle Jovellanos –coordinado por Víctor Pagán– se destaca que el estreno fue en el Teatro Martí de La Habana un 26 de marzo, Sábado de Gloria, el mismo día que en Madrid se estrenaba Luisa Fernanda. Un detalle importante que resalta la importancia que esta obra tiene para comprender la grandeza del género zarzuelístico, mucho más complejo y fascinante de lo que muchos puedan pensar. En 1961 –dos años después de la revolución que derrocó a Batista– se estrenó una versión modificada en dos actos con prólogo y epílogo, que es la que ha llegado a nuestros días y que en Cuba es un clásico tan importante como aquí puedan serlo La Gran Vía o Doña Francisquita.

[Fotos: Javier del Real]

Como decimos, estamos ante una obra de una riqueza musical impresionante. La zarzuela había calado en la América hispanohablante desde finales del XIX, y en países como México, Venezuela o Cuba formaba parte de la vida cultural de las principales ciudades, como ocurría en España. Por ello no es nada raro que los compositores locales se lanzaran a la creación, y la hicieran suya. Eso es Cecila Valdés, un festín que incorpora los ritmos locales a la estructura zarzuelística, y que en la versión que podemos ver en La Zarzuela llega a cotas sublimes con el asturiano Óliver Díaz en el foso, que saca un color (y un ritmo) que nunca habíamos escuchado a la Orquesta de la Comunidad de Madrid, titular del Teatro de la Zarzuela. Con algunos momentos sutilmente amplificados, se consigue en la sala un ambiente realmente mágico que nos hace, a través de la música, una radiografía social de la cuba del XIX, aunque en este montaje la escena se traslade a los años 50.

No se trata del siempre manido argumento de fusionar ritmos cubanos, como la habanera o el son, con otros tradicionales propios del género, sino de una coherente partitura que demuestra, una vez más, que la zarzuela es mundo mucho más rico, complejo y apasionante de lo que sus detractores presuponen. ¿Que hay títulos malos? Por supuesto. ¿Otros que no pasan de lo mediocre o convencional? También. Pero no hay duda de que la zarzuela tiene la llave que abre la puerta que comunica ese género lírico ligero de las operetas centroeuropeas, o británicas, del cambio del XIX al XX, con el teatro musical norteamericano que, no olvidemos, es realmente el único género teatral musical que ha calado de lleno entre el púbico desde mediados del XX. Y también en este XXI que ya va por sus años veinte.

Daniel Bianco, director artístico del Teatro de La Zarzuela, se ha propuesto reivindicar la importancia que el género tiene a todos los niveles. Para ello lleva un par de años tejiendo una interesantísima programación que toca todos esos desconocidos palos. Y lo está consiguiendo.

En esta ocasión ,el venezolano Carlos Wagner es el encargado de poner en escena este título que, en España, solo se había visto en una apuesta del Arriaga de Bilbao. Lo borda. Un decorado único que reproduce una hacienda de azúcar cubana sirve para que todas estas intrigas y pasiones entre los españoles colonialistas y los nativos cubanos tengan lugar. De trasfondo, el entonces muy lucrativo comercio de esclavos con África. El libreto es un culebrón, sin duda, pero no es menos cierto que dramáticamente se sostiene mucho mejor que otros muchos libretos de zarzuela (y por supuesto, de ópera) que no se pueden ni leer. Bautizada como ‘comedia lírica’, es en realidad un drama que refleja la dura realidad social de la Cuba de esos años.

Wagner se rodea de los mejores. Y eso se nota. Nuria Castejón (ese apellido lleva el género en su ADN) firma las coreografías en una obra con muchas partes de baile, y la iluminación de Fabrice Kebour es mágica. En el aspecto musical, dos repartos se alternan en los principales papeles. Un elenco mixto de cantantes cubanos y españoles que no es otra cosa que un reflejo de un sincretismo artístico que es paralelo, por ejemplo, al religioso que se ve en la escena, en donde se fusiona el cristianismo con las creencias locales. Algo que en Cuba sigue formando parte del día a día de sus ciudades.

Maravillosa Linda Mirabal en el papel de Dolores Santa Cruz, una esclava liberada que canta el famoso Tango Pongo –conocido como Popopo, popopo– desde el patio de butacas en uno de los momentos más hermosos de la función. El coro del Teatro, una vez más, demuestra que es uno de los mejores activos que tiene la casa, como la orquesta. En definitiva una deuda saldada, sí. Pero maravillosamente saldada. Y que se podrá ver en directo a través Facebook y YouTube el próximo 7 de febrero en las cuentas del teatro. Que nadie se la pierda.

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Shangay

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