¿Es Romeo y Julieta una ópera excesiva? Sin duda alguna, lo es. Como lo son muchas de las óperas francesas de finales del XIX. Por eso pertenecen al género de la grand opéra. ¿Es excesivo el montaje de la ópera de Charles Gounod que nos propone Thomas Jolly en el Teatro Real? La respuesta también es un sí rotundo. ¿Ser excesivo es sinónimo de baja calidad o de ser ‘infiel’ al libreto y/o la obra original? En absoluto. Y mucho menos en una obra, como esta, que ya nació excesiva.
Sobre todo con una propuesta como la que sube ahora al escenario de la Plaza de Oriente, que utiliza el waacking –danza urbana nacida en los años setenta en Los Ángeles entre jóvenes que se se enfrentaban a lo establecido, como Romeo y Julieta, o como Tony y María en West Side Story: la obra de Shakespeare da para mucho si se hace bien– como lenguaje para mostrar la rebeldía de estos dos enamorados. Desde que los amantes de Verona nacieron de la pluma del escritor inglés (uno de los vértices de la programación del Real esta temporada) en 1597, sus vidas no paran de inspirar a todo tipo de creadores.

Javier Camarena (Romeo), Nadine Sierra (Julieta); detrás, Roberto Tagliavini (Fray Lorenzo) en Romeo y Julieta en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Jolly (conocido a nivel mundial por ser el director de la polémica inauguración de los Juegos Olímpicos de París de 2024) propone un montaje desmedido, perfecto para esta esta obra, que eleva a los cielos a una inmensa Nadine Sierra, que consiguió dos grandísimas ovaciones en sus dos momentos estelares: el vals (aria) Je veux vivre dans ce rêve, en el primer acto, y en la escena y aria Dieu! quel frisson court dans mes veines!, en el cuarto, cantada ante un inmenso y precioso telón en movimiento, iluminado en tonos rojos, mientras se bebe el veneno del amor. Una vez más, la soprano estadounidense salió por la puerta grande, y a hombros, del coliseo madrileño. Triunfo arrollador en una noche antológica.
Un montaje con una iluminación tan potente que cegó a los espectadores del gallinero (oficialmente, el paraíso) que durante el primer y cuarto acto estuvieron a punto de amotinarse bajo el grito de «¡el foco molesta!» durante la representación. Ese mismo foco debió también ‘encandilar’ al maestro Carlo Rizzi que, al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, se llevó un inusual abucheo tras el descanso, y en los saludos finales.
Nadine Sierra (Julieta, hija de los Capuletos) y tiene como pareja Javier Camarena (Romeo, heredero de los Montesco). Ambos son viejos conocidos en el coliseo madrileño. Aún resuenan los bravi a la soprano estadounidense en La sonnambula (2022), en su concierto con Pretty Yende (en 2024) y en La traviata (2025). Con este Romeo y Julieta repitió, y muy multiplicado, el éxito. Sí, el exceso de Romeo y Julieta elevó a al cielo del Teatro Real a una inmensa Nadine Sierra.
El tenor mexicano, por su parte, no revalidó sus gloriosas noches de triunfo en el Real, que suman tres bises en el coliseo madrileño: el primero fue en La fille du régiment (2014), luego, en 2016 arrasó en I puritani y en La favorite (2017). El segundo bis llegó en 2018 con Lucia di Lammermoor, y el tercero, con L’elisir d’amore en 2019. Luego llegaron Il pirata (2019) y Rigoletto (2023). Otros dos triunfos rotundos. También ha dado varios conciertos en 2019, 2021, 2023. Ambos, Nadine Sierra y Javier Camarena, jugaban en casa, y así fueron reconocidos también ambos en el regreso de esta ópera al coliseo madrileño, donde no se veía escenificada desde hace ciento quince años (en 2014 se pudo ver en versión concierto con Roberto Alagna y Sonya Yoncheva).

Nadine Sierra (Juieta) y Roberto Tagliavini (Fray Lorenzo) en Romeo y Julieta en el Teatro. Real. Foto: Javier del Real.
Junto a Nadine Sierra, la gran triunfadora, fue muy premiado el bajo italiano Roberto Tagliavini, espléndido en su papel de Fray Lorenzo, con una grandísima química en escena con la soprano. El resto del amplio elenco con papeles más cortos, fue también recompensado en los aplausos. Una vez más, como ya es habitual en todas las representaciones, el Coro Titular del Teatro Real, dirigido por José Luis Basso, con gran protagonismo en esta ópera, vivió un noche gloriosa; otra más.
Un ‘Romeo y Julieta’ con ballet
La obra comienza con una parte coral en la que, a modo de prólogo, se cuenta al espectador las viejas rivalidades que llevan años (o siglos) enfrentando en Verona a los Capuletos con los Montescos. El coro adelanta el drama que vamos a presenciar, y ese mismo coro tiene momentos gloriosos desde ese preciso momento en el que se levanta el telón hasta el final de la función.
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Nadine Sierra (Julieta) y Javier Camarena (Romeo) en 'Romeo y Julieta' en el Teatro Rea. Foto: Javier del Real.
Javier Camarena (Romeo), Nadine Sierra (Julieta) y Sonia Ganassi (Gertrudis), tras ellos, Roberto Tagliavini (Fray Lorenzo) en 'Romeo y Julieta' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Javier Camarena (Romeo), Nadine Sierra (Julieta); detrás, Roberto Tagliavini (Fray Lorenzo) en 'Romeo y Julieta' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Javier Camarena (Romeo) y Coro Titular del Teatro Real en 'Romeo y Julieta' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Nadine Sierra (Juieta) y Roberto Tagliavini (Fray Lorenzo) en 'Romeo y Julieta' en el Teatro. Real. Foto: Javier del Real.
Nadine Sierra (Julieta) en 'Romeo y Julieta' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Un momento del espectacular montaje de 'Romeo y Julieta' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Un momento del espectacular montaje de 'Romeo y Julieta' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Nadine Sierra (Julieta) en 'Romeo y Julieta' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
Thomas Jolly plantea un montaje espectacular que mezcla muchos ingredientes. La premisa, sin duda, es el horror vacui: no paran de pasar cosas sobre, bajo o entre un inmenso escenario giratorio que sirve de palacio de los Capuletos, habitación de Julieta, capilla en la que se casa o el mausoleo donde la entierran. Un decorado que, en muchos momentos, recuerda al de El fantasma de la ópera que sigue, cuarenta años después, sorprendiendo a todo el que lo ve en el Her Majesty’s Theatre de Londres (la escalera de la ópera de París, las catacumbas del coliseo…)
En esa imponente escenografía de Bruno de Lavenère, bajo la mencionada potentísima iluminación de Antoine Travert, y con un vistoso (y lujosísimo) vestuario de Sylvette Dequest, entre la estética de circo y la de época, se desarrolla todo el drama con esa mezcla de ingredientes: desde los citados bailes waacking, que durante todas las escenas festivas se entremezcla con la trama o, luego, en el ballet que el compositor añadió a la obra posteriormente para poder estrenarla en la Ópera de París.
Ese ballet se suele suprimir y aquí, felizmente, se mantiene. Se representa con doce bailarines, hombres y mujeres, vestidos todos de novia: ese guiño drag que tanto gusta a Jolly (el regista es director artístico de Drag Race France Live Saison 4…, y también fue el copresidente del jurado que otorgó la Queer Palm a la mejor película LGTBIQ+ en último festival de Cannes)
La propuesta de Jolly es, como la propia ópera, excesiva. Por ello funciona tan bien. Por ello irrita y apasiona a partes iguales. Y, quizá también por ello, demuestra, una vez más, que la ópera sigue muy viva. La noche del estreno de Romeo y Julieta en el Teatro Real de Madrid fue la mejor prueba de ello: Je veux vivre dans ce rêve, queremos vivir ese sueño que nos emborrachó…


