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Relatos gays de fin de semana: ‘Aquel lado del colchón’

4 noviembre, 2018
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Después de tomar una copa nos fuimos a su casa. Era un pequeño piso en una calle del centro. El tipo, en verdad, era guapo y se preocupaba por que estuviese bien.

Después de tantas citas, uno ya capta esas cosas. Nota si el otro tiene interés, si se esfuerza en que te sientas cómodo, si intenta ir sacando conversación y alguna que otra sonrisa…

En su casa me invitó a tomar otra. Acepté. Y agradecí enormemente que me dejase un rato solo mientras él iba al baño.

Fueron como cinco minutos, pero me fueron bien para sentirme un poco más cómodo conmigo mismo y para adivinar por su piso cómo sería él. Bajo mi culo, un sofá de piel negra. Bajo mis pies, una alfombra de mullido pelo. Bajo mi cabeza, una lámpara de Ikea. En el frente una televisión de 50 pulgadas. Algún libro disperso por la sala y las estanterías. Un aroma embriagador a lavanda. La luz de la noche entraba a sus anchas por las ventanas.

Y, de repente, él entrando en la sala totalmente desnudo. Es complicado decirle a alguien que, mejor que desnudarse el cuerpo, es desnudarse el corazón; que yo, harto de acostarme con cualquiera, solo quería encontrar a alguien que quisiera abrazarme. Me cogió de la mano y me llevó a la habitación.

Una cama de hierro forjado, dos mesitas negras, unas sábanas blancas cubriendo el colchón… El edredón nos llevaba por el cuello. Dos cuerpos desnudos, dos almohadas con olor a suavizante y un beso casto en los labios. “Ponte de lado”, me dijo. Podríamos haber tenido el sexo más salvaje, habernos devorado la carne sin tocarnos el alma, habernos repartido besos con la brutalidad de quien reparte hostias.

Sin embargo, cuando me puse de lado, se colocó detrás de mí, encajó su cuerpo con mi cuerpo y, por encima del mío, me pasó el brazo. “Buenas noches”, me dijo, y yo quise quedarme a vivir en aquel lado del colchón.

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