16/02/2019

Relatos gays de fin de semana: ‘Un beso contra el cristal’

2 febrero, 2019
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Desde la ventana de la habitación del hotel, vi cómo el japonés cruzaba Paseo de Gracia con la botella de vino en la mano. Hacía apenas diez minutos que había llegado a su habitación y, tras el saludo inicial, pensó que las bebidas del minibar no eran lo suficientemente buenas como para regar con ellas aquel momento.

Nos habíamos conocido apenas un par de horas antes por una app de citas y, cuando abrió la puerta, su delgado y fibrado cuerpo apareció cubierto por una bata negra que dejaba entrever unos pantalones anchos y un cuerpo que ya conocía en fotos. En el quicio de la puerta, ataviado con una mascarilla que le cubría la nariz y la boca, me dejó pasar.

La estancia era la típica habitación amplia de hotel, con luces que daban al lugar un leve color amarillento y una butaca cómoda desde la que podía ver al chico cruzar la calle y dirigirse hacia la entrada del hotel. La mascarilla de color verde seguía cubriéndole la cara y yo me recliné tranquilamente hacia atrás y me quité los zapatos pensando si el joven tendría en mente que nos besásemos tapando su boca con la mascarilla o, si por el contrario, se la quitaría.

Una sonrisa se dibujaba en mi cara cuando el japonés abrió la puerta de la habitación con la botella de vino en la mano. De encima del minibar cogió el abridor y, con cierta destreza, abrió la botella de vino y sirvió las copas. Me pareció entrever una sonrisa por debajo de su mascarilla. Me ofreció una copa y se sentó en la butaca que había frente a mí.

Con decisión estiré mi brazo y brindamos. Solo el ruido del cristal entrechocando se oyó en la habitación. El resto era todo silencio. Su mano sostenía la copa y, con cuidado, se subió un poco la mascarilla para darle un trago al vino. Luego se la volvió a colocar en su sitio. Me acerqué a él y, con delicadeza, busqué con mis dedos la goma de la mascarilla tras su oreja. Su mano izquierda hizo ademán de detenerme, pero con cariño le miré a los ojos y le sonreí. Con cuidado dejé su máscara sobre la mesa.

Su cara era mucho más bonita cuando nada la cubría y, por primera desde que entré en aquella habitación, el japonés respiró el aire de aquella ciudad. Quizás estaba lleno de miles de millones de bacterias y de contaminación, pero al fin y al cabo estaba lleno también de vida. Los dos sabíamos lo que iba a pasar en aquel momento y él, temeroso, temblaba entre mis manos como una pequeña hoja seca. Apenas entreabrió los labios cuando le besé, pero mi lengua introdujo en su boca miles de bacterias que, aunque le causaron dolor, también le dieron placer. Lentamente me separé de él y me dirigí hacia la puerta.

Él, quizás temeroso de coger algún tipo de infección, bebió un gran trago de vino y lo retuvo en la boca durante unos segundos. Calle abajo me perdí por Paseo de Gracia no sin antes girarme a mirar si mi aséptico amigo miraba a través de la ventana. De pie, al otro lado del cristal, me miraba sonriendo con su mascarilla puesta. Al aire le tiré un beso que nunca le llegó y que, como mucho, chocó contra el cristal.

A él ese beso le gustó mucho más que el anterior.

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Shangay

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