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Historias y anécdotas inolvidables del Orgullo de Madrid

4 julio, 2019
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Mi primer Orgullo, al que fui a regañadientes, tuvo lugar en los primeros años de la década de los 90, cuando aún no había carrozas (ni casi gente). Me llevó a rastras un amigo más concienciado que yo, pero no mucho más atrevido, porque desfilamos ataviados con gorras caladas hasta las cejas y gafas de sol, y avanzamos por el borde de la marcha, por si acaso era necesario huir.

Visto todo desde hoy, produce ternura, pero detrás solo había miedo, vergüenza y dolor. Y eso ocurría ya en la España luminosa, en el Madrid desmadrado posterior a la Movida: cuánta más miseria habría habido en los años del franquismo y en los primeros años de la Transición.

Desde aquella vez, he vuelto al Orgullo muchas veces, casi siempre con mucho más orgullo, y he ido coleccionando anécdotas e historias fabulosas que en algún momento me podrían llegar a servir para una novela. Una de esas novelas que transcurren en muy pocas horas y en las que se cruzan muchas vidas y muchos personajes movidos por el azar.

Pablo –todos los nombres están cambiados– se encontró en la marcha del Orgullo a su padre, que acababa de divorciarse de su madre unos meses antes. El padre se justificó explicándole que estaba acompañando a un compañero del trabajo. Se lo presentó. Pablo, que había salido del armario hacía tiempo, le creyó. Un año después se enteró de que su padre era gay, de que lo había sido siempre. Nunca volvió a confiar en él. Solo se ven por compromiso.

Lucas y Carlos están casados. Se conocieron en el Orgullo, a principios de siglo. Lucas estaba eufórico por la fiesta y la exaltación. Sus amigos se fueron retirando a casa, pero él continuó bebiendo por los puestos callejeros hasta que se desmayó alcoholizado. Carlos pasaba justo por allí. Llamó a una ambulancia y lo acompañó hasta el hospital. No por altruismo, sino por la fascinación de su belleza. Carlos no es guapo. Lucas tampoco.

Gorka murió en 2013. Tenía ochenta y tres años. Había nacido en 1930 en un pueblo de Vizcaya, se había casado muy joven y había tenido cinco hijos. Trabajaba en la industria. A los cuarenta años le pillaron haciéndole una felación a un veraneante de paso y le apalearon. Se fue del pueblo. Primero a Bilbao, luego a Cádiz y por fin a Madrid. Dejó de ver completamente a su familia, y arrastraba una melancolía interminable, pero las fiestas del Orgullo las pasaba en la calle, en Chueca, mirando a los jóvenes divertirse con unos ojos de ensoñación. Era muy viejo, no contaba con el amor ni con el sexo, pero esa visión de la alegría homosexual le hacía feliz.

Cuando Rocío fue al Orgullo por primera vez, se llamaba Félix. Tenía alrededor de veinte años e iba vestida de chico. Jamás había pensado que fuera posible otra manera de vivir: era un hombre. Pero allí, en la Plaza de Cibeles, se cruzó con un grupo de trans desmelenadas y se unió a ellas en la fiesta. Esa noche descubrió un mundo maravilloso. El año siguiente volvió al Orgullo vestida de mujer: era una mujer.

Carmen, Miki y Ros están irremediablemente solteros, a pesar de que ya no tienen edades juveniles. De vez en cuando encuentran algún amorío, pero les dura poco. Todos los años, sin embargo, acuden al Orgullo con el mismo espíritu esperanzado. Es como una Nochevieja, como atravesar un río purificador. Están convencidos de que ese año sí van a encontrar al hombre y a las mujeres de su vida.

El Orgullo dura por eso, porque tiene los ingredientes justos de la existencia: sueños, alegría, lucha y amistad. Los que tienen la edad lo saben.

LUISGÉ MARTÍN ES ARTICULISTA Y ESCRITOR. SU ÚLTIMA OBRA PUBLICADA ES EL ENSAYO EL MUNDO FELIZ (ANAGRAMA).

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