24/10/2020

Crónica. Rosalía se despide de ‘El mal querer’ en Madrid por todo lo alto

11 diciembre, 2019

Hace un año, Rosalía publicó El mal querer, el álbum que la ha catapultado al estrellato mundial, y realizó una presentación histórica en la plaza de Colón de Madrid. Anoche volvió a la capital para cerrar un ciclo, esta vez en el WiZink Center, con todo agotado y unas expectativas impresionantes, que cubrió sobrada.

Trajo un show más que rodado, que los fans se sabían ya prácticamente de memoria, y eso no impidió que el respetable viviese la experiencia con excitación y desenfreno. A estas alturas no se trataba tanto de dejarse sorprender –algo que un show tan milimétricamente montado no permite ya– como de celebrar lo que ha supuesto –supone– Rosalía para el universo pop.

¿Lo que más sorprende, incluso a estas alturas, en un concierto como este? Que Rosalía se ciña de un modo tan cerrado al guion. Ni en un solo momento se sale de lo establecido, con una precisión admirable sigue paso a paso lo marcado, y llama mucho la atención en una artista que no solo nos ha ganado por su talento desbordante, también por la espontaneidad y cercanía que demuestra en sus redes sociales y en sus entrevistas.

La Rosalía que se sube al escenario es una mujer poderosa pero también hierática, y algo fría en sus escasas interacciones con el público. La diva que llena estadios te derrite con su voz, tan llena de matices –sigue siendo la única que es capaz de acallar a miles de voces cuando entona a capela Catalina–, pero marca distancias cuando pasea por el escenario y se marca coreografías que no pueden contribuir mejor a que sientas que es de otro planeta.

Solo hubo un momento en que vimos sobre el escenario a la Rosalía que nos encandila día a día. Cuando, por sorpresa, llamó a Ozuna para entonar juntos Yo x Ti, Tú x Mi. Se fundieron en un cálido abrazo al terminar el tema –uno de los más celebrados de la noche, junto a Con altura– y se despidió de su ‘Ozu’ pidiendo un gran aplauso para él. En ese momento, el éxtasis era total. La fiesta estaba en pleno apogeo.

Una fiesta que visualmente resulta impecable. Dentro de la sencillez de la propuesta escénica, que arropa con enorme belleza a las/os artistas sobre el escenario, resulta tan efectiva como deslumbrante. Con momentos tan inolvidables como cuando interpreta Lo presiento, una de las cumbres de la noche por resolución y sugerencia.

Ojo, que momentos así de mágicos hubo muchos, pero es cierto que la ‘escuela Beyoncé’ a la hora de montar un concierto de masas está haciendo daño. A mí, al menos, me apetecería volver a ver a artistas con mayor libertad sobre un escenario, se lo merecen ellas/os y también el público. Porque no hay nada mejor que un momento de magia espontánea en ese ritual de interacción en vivo, y más cuando la artista es Rosalía, adalid de la libertad cuando crea su música.

Desde luego, ese detalle no empañó esta gran celebración del talento de Rosalía y de la admiración que su público, aún creciente –ayer fueron casi 16.000 personas, y podrían haber sido el doble–, siente hacia ella, que además de en icono se ha convertido en conquistadora. Musicalmente, lo que más llamó la atención, una vez recopiló en esta despedida de nuestros escenarios todo lo que ha ido publicando en 2019 es su versatilidad y su originalidad. Y ese empoderamiento que destila toda su música, que se apoya por igual en lo jondo y en lo urbano, en el pop que en la electrónica.

Qué repertorio tan variado, qué capacidad para combinar momentos de previsible euforia como Con altura con otros de menos gancho evidente, como A ningún hombre. Pero funciona porque Rosalía nos los transmite por igual. Y qué bien que incorporara A palé al repertorio, que junto con Aute Cuture –ya un clásico… y solo tiene un año, así de rápida va la artista– nos confirma que Rosalía mira hacia el futuro sin miedo.

Es la lectura que extraigo de lo que vivimos anoche. Si Rosalía triunfa como lo hace es porque es una creadora arriesgada y original, además de una intérprete bendecida. Y tras su actuación dejó varios frentes abiertos, varios caminos que ha explorado tímidamente y que le ofrecen un sinfín de posibilidades, tire por el que tire. Y una celebración como la de anoche para una artista tan joven, y de tanto impacto mundial, es para atesorarla.

Quizá por eso, por momentos, vista la brillante realización de las pantallas laterales, cabía pensar que lo importante en este tramo final de la gira de El mal querer –que todavía puede hacerle ganar algún Grammy, no lo olvidemos– era inmortalizarlo. Porque no se podía haber captado mejor lo que pasaba sobre el escenario; en las pantallas se embellecía todo, y Rosalía hechizaba de un modo único.

En una semana en la que Bad Gyal y Rosalía han coincidido dominando las conversaciones en Twitter, aunque por motivos diferentes, solo cabe celebrar que contemos con dos artistas como ellas con semejante proyección internacional. Días después de ver a Bad Gyal merendarse Fabrik con su show, más festivo y menos sofisticado, pero igualmente reivindicable a nivel musical, Rosalía se merendaba el WiZink Center a base de poderío y sofisticación de primer nivel. Ellas triunfan con altura y con uñas de infarto. Y el público está más que dispuesto a dejarse arañar. El triunfo del pop felino.

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Shangay

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