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¿Es Alfonso Merlos el nuevo Pipi Estrada? ¿Tendremos un ‘Pim-Pam’ en el MerlosGate?

28 abril, 2020
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Hablemos claro, desde el principio, para evitar la menor sombra de duda: quien esto firma está enganchado al culebrón. El MerlosGate me apasiona, a pesar de que el pasado viernes 24 de abril no había oído siquiera nombrar al protagonista principal de la trama, Alfonso Merlos. Por ello, investigando a contrarreloj, he llegado a una conclusión demoledora: Alfonso Merlos es el nuevo Pipi Estrada. Sin duda.

Falta ver si Alexia  Rivas es la nueva Terelu, y si las dos periodistas (porque sí, Alexia y Terelu –las dos mujeres con las que los dos machitos hispánicos pusieron los cuernos a sus novias– son periodistas) terminan montándse un Pim-Pam en la pista de una discoteca. Pero esta vez en La Posada de las Ánimas (ante los ojos de Amor Romeira que, esperemos, lo grabe todo as usual) en vez de en Gabbana.

El tema es fascinante: dos periodistas –supuestamente prestigiosos en sus respectivos campos, y ambos formados bajo el paraguas profesional de la Cope, ergo la Iglesia católica– ponen los cuernos a sus novias con otras dos periodistas televisivas. De dos ligas diferentes, eso sí: Terelu jugaba ya en primerísima división, y Alexia era, hasta ahora, una desconocidísima reportera de Socialité.

Dos hombres y un destino: la fama a través de unos cuernos televisivos. Dos hombres, dos protagonistas que, además, no hablan en primera persona, sino a través de emisarios. Estos insisten e insisten (insistentemente, valgan todas las redundancias) en que son dos profesionales de la comunicación con “una carrera periodística intachable”, y que temen que su prestigio quede dañado por las causas colaterales de este tsunami en el que ‘los malos’ son los periodistas ‘malos’, cuyo hacer profesional nada tiene que ver con el de estas pobres víctimas de la élite del periodismo. Es decir, Jorge Javier Vázquez.

Antes, el caso Pipi, lo fue por el Tomate, y ahora, el el MerlosGate, lo es por Sálvame. Ay, querido Jorge Javier, ¡qué mala, malísima, eres! Creo que te voy a bloquear en Insta. Es tan malo, malísimo, que hasta el mismísimo –y ‘catolicísimo– Vox arremete contra el presentador de Mediaset.

Pipi Estrada y Alfonso Merlos, dos ‘pichasbravas’, machos españoles, prototipos del mundo hetero, que presumen en las redacciones en las que trabajan de sus conquistas como trofeos de caza. Dos ‘machitos españoles’ criados profesionalmente en la COPE, entre sotanas hertizanas, algo que no les ha impedido presumir de sus dotes amatorias una vez que han promulgado los valores de la fidelidad. En verdad, no tengo nada que objetar sobre ese tema: cada uno puede decir y hacer lo que quiera. En el más estricto sentido del término: decir y hacer lo que quiera, o decir una cosa y luego hacer la otra que quiera. Que el cielo los juzgue, como a Gene Tierney.

Lo que tiene chicha de esta historia no tiene que ver con esa moralidad de colección por fascículos de Espasa Calpe. Lo que tiene chicha es el juego que nos puede dar a los que nos apasionan los chismes del corazón, tanto de alta como de baja cama. Es cierto que la cama ha ido bajando. Pero a mí, personalmente, casi me gustan más cuanto más bajas sean las camas.

Pero hagamos un flashaback y volvamos a Pipi. Si bien este tema de Alfonso Merlos lo estoy viviendo desde la barrera, como los toros, el de José Manuel Estrada lo viví en primera persona. Así era como me decía Terelu que tenía que llamarlo, y no Pipi. Terelu Campos era amiga mía entonces, y lo sigue siendo ahora. Muy amiga; la quiero mucho. “Se llama José Manuel y es un gran periodista deportivo, que sigue al Real Madrid en todas las competiciones”, me decía, enfadada, cuando consideraba que no tratábamos a su entonces novio como ella consideraba que se merecía.

Pipi (perdón, José Manuel) era periodista de deportes y, entonces, mis amigos de la COPE me decían que presumía de sus conquistas (no me atrevo a decirlo como realmente me apetece) y se descojonaba de ellas en la misma redacción. Entonces él –como hoy Merlos– tenía novia. La única diferencia es que la mujer de Pipi (estaba casado) era una desconocida, y la de Merlos era Marta López, de Gran Hermano.

La novia de Pipi dejó de ser una desconocida cuando un paparazzo la pilló ‘devolviéndole’ sus cosas tras conocerse su romance con Terelu por la portada de una revista. Es un eufemismo: realmente el fotógrafo la pilló tirándole las cosas por el balcón a la calle, unas fotos que publicó Semana, revista en la que entonces yo trabajaba. Esto me supuso otro enorme enfado con Terelu. La entiendo, no era algo agradable. ¡Pero es que era un temazo! Para acabar de rizar el rizo, una supuesta examante de Bigote Arrocet, expareja de María Teresa Campos, también se postula como supuesta examante de Merlos. Más puntos en común.

Ahora ha sido Marta, de Gran Hermano, la que se enteró de los cuernos por un directo en Skype en un programa de televisión. Los modos cambian con los tiempos. Los cuernos, no. Imagino que no le devolverá sus pertenencias tirándoselas por un balcón, sino en el plató de Sálvame.

Son dos hombres con dos vidas paralelas. Nadie duda de los daños colaterales que estos chismes producen pues los protagonistas, en verdad, son personas. Con sentimientos y familias. Pero ya lo decían en Fama, la mítica serie televisiva que a las maricas mayores nos marcó nuestra infancia: “La fama cuesta, pues aquí es donde vais a empezar a pagar, con sudor…”. En 2015, Merlos anunció urbi et orbi que le hackearon su Twitter para darle un like a un pene. Suena raro, pero es lo que hay. Hoy Merlos es ya nombre propio en el mundo de las celebrities televisivas.

Al menos este Merlos Place –que se ha convertido en MerlosGate por la entrada de la política en juego– nos ha alegrado este tramo del confinamiento. Y lo que nos queda también claro es que la figura del donjuán ha muerto. Esto ya es todo otra liga, muy diferente a la del personaje de Tirso de Molina, y luego de Mozart.

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