15/10/2019

Relatos gays de fin de semana: ‘Un tipo fantástico’

21 septiembre, 2018
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Él era un tipo fantástico. Un tipo de esos a los que todo el mundo quiere tener cerca y por los que todos se mueren por adorar y por que él les adore.

Lo primero que llamaba la atención de él, lo primero que saltaba a la vista, eran esos ojos suyos, azules cristalinos, que parecían hipnotizar a cualquiera que lo mirase. Luego, cuando pasaba ese primer impacto, cuando el hipnotismo pasaba a otro plano aún mayor, el espectador se daba cuenta que de su belleza no solo residía en sus ojos, sino que el resto iba también acorde con ella.

No hay ni que decir que su cara era perfectamente proporcionada y armoniosa. Un rostro griego que parecía cincelado por el mejor de los artistas del Renacimiento. Incapaz de apartar la mirada de él, cautivador y fascinante, todos se giraban para mirarlo y luego, cuando los ojos se recreaban en el resto del cuerpo, se encontraban con un cuerpo bien formado y musculado que generaba el deseo en ellos y ellas.

Para mi pena, para mi dolor, coincidí con él una noche en una cena. El verano estaba acabando y él apareció con unos tejanos ajustados y una camisa de lino levemente entreabierta. Yo ya había oído hablar de él, pero no fue hasta que un amigo en común nos presentó cuando sus dos besos rozaron mis mejillas. Si la leyenda sobre su belleza le precedía, su amabilidad y su gentileza eran algo que también dejaba huella.

Yo era mero espectador de la conversación con mi amigo, pero él desprendía un halo por el que uno se dejaba encantadora e inevitablemente atrapar. Aquella noche no hablamos nada, pero dos semanas después coincidimos en otra fiesta. Por aquel entonces yo ya le seguía en Instagram, en Facebook, en Twitter y en cualquier otra red social habida y por haber, así que cuando me vio en la fiesta, se dirigió a mí con dos copas de vino en la mano. El verano se escapaba lentamente entre nuestros dedos.

La fiesta era en una terraza de Barcelona y el viento de las primeras lluvias de septiembre hizo que la noche refrescara. Apartados del resto de los asistentes a la fiesta, sentí frío y él, como no podía ser de otra manera, se quitó la chaqueta para ofrecérmela. Con su tejana puesta pasó sus brazos por encima de mis hombros y me acercó a él. Cuando desperté en su casa, a la mañana siguiente, me trajo a la cama el desayuno y una sonrisa.

El verano se escapaba lentamente al otro lado de la ventana mientras yo me enamoraba del tipo fantástico que todo el mundo quería tener cerca.

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Shangay

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