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03/12/2022

Relatos gays de fin de semana: ‘Deuda’

30 septiembre, 2018
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Hoy en día escribir es un suicidio, y esperar que te paguen por ello, una locura. Por eso, cuando recorro con mis dedos una espalda desnuda en la habitación de cualquier hotel, me pregunto si debo contarlo o no.

En esta habitación, el chico ahora descansa sobre las sábanas blancas. La luz entra tímida entre las cortinas, como si verdaderamente supiese que está entrando a un sitio donde no ha sido invitada. La ropa de ambos descansa sobre la limpia y cálida moqueta del suelo.

Estoy seguro de que en breve llamarán de recepción para decirnos que algún huésped se ha quejado de los gritos y que, con la mayor brevedad posible, tenemos que dejar la habitación. Siempre suele ser así. Desnudo me levanto de la cama y busco, en los bolsillos de su traje, una cajetilla de tabaco.

Evidentemente no se puede fumar en esta habitación, pero un cigarro no hará saltar la alarma de incendios si no lo ha hecho lo que ha sucedido antes sobre esa cama. He estado en muchos hoteles, en muchos, pero he dormido en muy pocos. Él, sin embargo, duerme plácidamente.

Tiene el cuerpo casi desnudo. Solamente una sábana le tapa levemente parte de sus glúteos como si alguien, sabedor de que vosotros estáis siendo observadores de esta escena, lo hubiese hecho a propósito para resguardar su intimidad. Yo solo le conozco de ayer, pero tengo la impresión de que, si se despertase y os viese aquí observándole, le daría lo mismo.

Sentado en uno de los dos sillones que hay en la habitación, observo la belleza de su cuerpo. Observad conmigo; tiene una espalda fuerte, el cabello rubio tapándole la cara, las piernas robustas y torneadas. Os gusta. Reconocedlo, no pasa nada. Paseo por la habitación y él no se despierta.

Ni siquiera mi estruendoso chorro de orina repicando en el agua del váter le altera. Al otro lado de la ventana una ciudad se despierta y yo me visto recogiendo mi ropa del suelo. De su cartera, que está sobre la mesita, cojo un par de billetes de cincuenta. Sí, suelo cobrar por ello.

No me juzguéis. Ya os dije que hoy en día escribir es un suicidio, y esperar que te paguen por ello, una locura. Vosotros no me vais a pagar por esto. Dejad que por lo menos él pague su deuda.

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Shangay

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