12/07/2020

Crítica de zarzuela: Un ‘Barberillo de Lavapiés’ para ver en bucle

30 marzo, 2019
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Partimos de una base muy buena: El barberillo de Lavapiés es perfecta. La partitura de Barbieri es una genialidad y uno de los hitos de la zarzuela grande; una obra maestra con un ingenioso y divertido libreto de Luis Mariano de Larra.

Ahora regresa al teatro en el que se estrenó en 1874. Y lo hace con una función que está en las antípodas de la que subió Calixto Bieito a ese escenario en 1998 –en la que fue su etapa más creativa–, y que el teatro repuso en 2006, cuando ya se notaba que habían pasado los años por ella. Ahora es Alfredo Sanzol quien adapta el texto y propone una regia desnuda de decorados y rebosante de talento, que respira teatro del puro desde que comienza la obertura.

[Fotos: Javier del Real]

A nivel musical, José Miguel Pérez-Sierra saca todo lo bueno, que es mucho, de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Esta formación, titular del coliseo, junto con su coro, es uno de los grandes activos del que es el templo de la lírica española. En esta función están –como es habitual, por otro lado– soberbios.

A todo ello se suma un reparto, como se suele decir, de campanillas. El barítono Borja Quiza es un Lamparilla de antología, un barberillo que uno no se cansaría nunca de escuchar ni de ver día tras día, en bucle. La noche de estreno pasará a la historia de este joven cantante gallego. Triunfar como triunfó sobre tan mítico escenario debe ser una de las cosas que uno nunca puede olvidar. Apoteósico. Cristina Faus dio vida a una Paloma castiza y rotunda. Juntos forman una pareja de Zarzuela, pero con mayúscula. María Miró (marquesita), Javier Tomé (don Luis) y David Sánchez (don Juan) completan un reparto compacto, sin fisuras. Redondo, en definitiva.

Todo el elenco, además, está magnífico en el aspecto actoral. Esto es básico para una obra en la que la trama de estas dos parejas, una de alta alcurnia de la corte de Carlos III y otra del barrio de Lavapiés, lleva el peso de esta zarzuela en tres actos. En este caso con el añadido de que toda la función es una gran coreografía (magnífico el gran trabajo de Antonio Ruz) desde el principio hasta el fin. No debe ser fácil encontrar un cast así, que pueda cantar, actuar y bailar cuando se tercie sin perder el ritmo en ningún campo (ni en ningún momento). Desde que suena la obertura, con esa salida en zancos de los bailarines, uno intuye que no va ser una puesta en escena al uso; que el baile va a tener un protagonismo especialmente importante.

Sanzol huye de los decorados. No los necesita. Seis paneles le bastan para mover al reparto y trasladarlo de las praderas de El Pardo a la plaza de Lavapiés o los mejores salones de Madrid. Es lo que tiene el (buen) teatro: llenar un escenario vacío es muy complicado. Pero cuando se consigue, salta la magia. Y en este Barberillo no solo es la magia. Es un cóctel con las medidas perfectas, que hace que lo que vemos sobre escena sea la mejor receta para todos aquellos que dicen que la zarzuela es un género rancio y casposo.

Una función para ver, como hemos dicho, en bucle, sin parar. Y también para irse a la cama feliz, de buen rollo. Sobre todo en este periodo electoral en el que estamos. Que en marzo/abril de 2019 estemos como en 1874 reflejaban la política de la época de Carlos III. Igual da que pensar…

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