06/12/2019

El eurodrama de Madonna en Eurovisión desata el apocalipsis. ¿Fue para tanto?

20 mayo, 2019

Como es habitual, Madonna no pasa desapercibida nunca. Que por algo es la reina del pop. En la final de Eurovisión en Tel Aviv, volvió a dejar al universo patidifuso con su actuación. Aunque quizá no precisamente de la manera en que a ella le hubiese gustado. ¿Merece su eurodrama ser recordado? Sin ninguna duda.

La realidad es que la suya fue una de las actuaciones más desafortunadas de la noche. Dolía ver a Madonna desafinar como lo hizo. De acuerdo, a lo largo de su carrera nos ha enseñado, sin complejos, que lo suyo no es cantar en directo. Pero se ha ganado la bula para cantar como le parezca, o como pueda. Porque su personalidad arrolladora y su ambiciosa creatividad han conseguido siempre que el show esté por encima de sus debilidades vocales.

El sábado pasado, perpetró un Like a Prayer terrorífico, porque entre la lúgubre escenografía rescatada de su participación en la gala MET el año pasado y su nada inspirada interpretación se cargó la fuerza del clásico que acaba de cumplir treinta años. ¿A quién se le ocurre? Solo a ella.

La invitada de lujo –y más que bien pagada– de la eurofinal no quiso dar a los eurofans lo que esperaban de ella. En una ocasión así, y dado el show que vino antes que ella, lo suyo habría sido que Madonna celebrara su legado a lo grande, con un escenario más colorido que el de Miki. Pero no. Decidió ponerse apocalíptica… ¿A que daba la sensación de que no tenía mucha idea de lo que es Eurovisión? Si lo sabía, como siempre, se lo pasó por donde quiso. Madonna llegaba a un territorio en guerra y decidió mostrarse combativa e incómoda –dentro de unos límites–.

Se cargó Like a Prayer hasta el punto de que casi me hace llorar. Y no precisamente de emoción. Hemos aprendido a vivir en el filo con ella sus grandilocuentes actuaciones en galas de primera. La hemos visto caerse y levantarse en los Brits, y en esta ocasión se dejó en casa los –ridículos– hologramas virtuales de los Billboard, y optó por dejarse acompañar por uno de carne y hueso, un Quavo que resultó tan improcedente como la atmósfera que rodeó a la actuación.

Tan poco empático como una Madonna que decidió subir y bajar escaleras como una posesa para demostrar que a ensayos no la ganó ni uno de los participantes de Eurovisión, y para crear una tensión casi insostenible en algunos momentos. Porque sí, el fantasma de una nueva caída planeó durante nueve minutos en las mentes de los millones de espectadores pendientes de su particular batalla consigo misma.

No daba la sensación de que Quavo fuera a echarle una mano si tropezaba, la verdad. Ya había confesado previamente que de Madonna sabía más bien poco, que es su madre la que controlaba. Me da que la diva, después de escucharle, tampoco habría hecho mucho por él si se hubiese tropezado…

Los dos batallaron, en un insulso mano a mano, con Future, una canción que si hubiese competido esa noche, probablemente habría quedado en el puesto 26. En este caso, fue la 27 de la noche. Es hasta ahora el avance más desafortunado de Madame X, de una Madonna que no logra captar la esencia jamaicana que busca, ni en compañía de Diplo, productor del tema.

Está claro que a ella le importaba especialmente compartir el mensaje que ha plasmado en su letra: «No todo el mundo nos acompaña hacia el futuro, no todo el mundo aprende del pasado». Pese a quien pese, Madonna sí piensa en el futuro, y lo hace con un deseo de seguir arriesgando que le honra. Con su pasado, lo demostró de nuevo el sábado, hace lo que quiere, que al fin y al cabo es un legado que mantiene bien vivo.

La ausencia absoluta de miedo al ridículo que demostró el sábado dice mucho de su valor como artista. No tiene previsto pecar de previsible ni pasados los sesenta, y quien se reía en casa de ella y le pedía que se retirase en las redes tendría que hacerse mirar las razones, sin ningún peso, que compartían en busca de un segundo de gloria virtual.

Madonna sufrió, no cabe duda, durante los nueve largos minutos de su apocalipsis musical –no tan futurista como pretendía, eso sí–. Pero se la veía disfrutar cuando dejaba de ir escalón arriba, escalón abajo y paraba para menear la cadera. Y es que cuando baila, desde luego, sea con Quavo, con Maluma o con el que toque, lo que transmite es muy poderoso.

Hoy, eso sí, ha reconocido públicamente sus fallos. Y eso no es tan habitual. Nos tiene acostumbrados a imágenes extraphotoshopeadas, a compartir siempre un universo que antes de ver la luz ha retocado a su gusto hasta llegar a crear las fantasías que vende. El sábado, al actuar en riguroso directo, la cosa se le fue de las manos. Y está claro que lo supo. Hoy ha compartido en YouTube la actuación que soñaba, con su voz perfectamente autotuneada en Like a Prayer, que así es como quiere que se recuerde su paso por Eurovisión.

Una vez más, añade a su legado una actuación para la historia de la que se seguirá hablando durante mucho tiempo. En esta ocasión no se cayó –se tiró al final, con las espaldas bien cubiertas–, pero desafinó lo más grande. ¿O no? Ella ya no parece recordarlo. Y cuando recuperes la actuación, quizá tú tampoco. Su futuro se lo sigue forjando ella misma, y su pasado, si quiere, lo reinventa a su gusto, como siempre hace también con su presente.

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Shangay

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