07/08/2020

Lecciones post Pete Buttigieg, el primer contendiente gay a presidente de Estados Unidos

5 abril, 2020
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Cuando en 2001 Klaus Wowereit se convirtió en el primer alcalde abiertamente homosexual de Berlín, celebró su victoria brindando con champán vertido dentro de un zapato de tacón con terciopelo rojo. Famosas eran sus fiestas, y su eslogan era “soy gay y está bien así”. Pero el tiempo ha pasado y, casi dos décadas después, aunque el binomio diversidad sexual y poder volvía a hacerse carantoñas con Pete Buttigieg, el primer contendiente homosexual en unas primarias presidenciales estadounidenses, quizá nos tengamos que plantear si el avance es realmente tal.

Todes hemos soñado con un despacho oval arcoíris como antídoto al oscurantismo de Donald Trump, pero quedan lecciones no tan optimistas sobre el estado de la cuestión una vez que las primarias demócratas han vuelto al carril clásico de dos hombres veteranos, heterosexuales y blancos, y apuntan a devolver el poder al establishment del gentleman conservador –y un poco ‘metemano’– de Joe Biden.

“Se sigue asociando innecesariamente un buen uso del poder con una ejemplaridad moral doméstica”

La pregunta era recurrente en todos los medios hace apenas dos meses, cuando Pete Buttigieg se puso a la altura de Bernie Sanders en Iowa: ¿estaba Estados Unidos preparado para tener un presidente homosexual con su ‘primer damo’? Una de las respuestas retrógradas clásicas era “si a Hillary Clinton no la votaron por ser mujer, imagínate a Buttigieg siendo homosexual…”. Pero quizá la homofobia no estaba tanto en los esperables cuñadismos sino en el planteamiento de la propia campaña de Pete Buttigieg, que era tan, o más heteronormativa, que las demás y se basaba, prácticamente, en un “todo lo que no esperabas de Pete cuando te dijeron que era homosexual”.

Ilustración: Iván Soldo

No es que ser homosexual solo sea el estilo de vida ‘alegre’ que defendió Wowereit, pero el look sobrio de Buttigieg, su vida decente al lado de su marido, sus sesiones de fotos ejemplarizantemente aburridísimas, su paso por el ejército lleno de medallas y sus siete idiomas sonaban a mecanismos de compensación. Esa, y no otra, es la señal de que Estados Unidos –o quizá el planeta Tierra– no está preparado para entender que el hombre más poderoso del mundo puede ser de la acera de enfrente.

“Estados Unidos no está preparado para entender que el hombre más poderoso del mundo puede ser de la acera de enfrente”

Cabe preguntarse, entonces, si realmente hemos avanzado tanto desde 2001 o si, ahora y antes, las conquistas LGTB en la alta política son un ejercicio de excentricidad en círculos relativamente menores, como alcaldías o ministerios, o de países outsiders como Islandia. España puede presumir de tener como políticos en la Asamblea de Madrid a Eduardo Rubiño, que exhibe con igual orgullo su buen hacer político y su opción personal de tener una pareja abierta (algo que, por otro lado, también hizo Manuela Carmena en su momento), o a Carla Antonelli, que además de su gran labor política supone una lanza a favor de la visibilidad trans.

Tenemos, también, a Fernando Grande-Marlaska liderando la cartera de Interior. En Estados Unidos fueron por delante cuando Harvey Milk formó parte de la política local del San Francisco de los años 70 (aunque, como bien es sabido, las ampollas que levantó explotaron en forma de asesinato).

Pero unas de las raíces del problema, al margen de la LGTBfobia, está en que se sigue asociando innecesariamente un buen uso del poder con una ejemplaridad moral doméstica. Y, sobre todo, el concepto profundamente arcaico que se entiende por esa ejemplaridad moral doméstica, que no es sino la familia tradicional. Tampoco en España se desafió esto en los años que llevamos de democracia.

No solo la diversidad sexual cae fuera de ese saco, sino que incluso la soltería es una rara avis (solo dos presidentes lo han sido en Estados Unidos), la infidelidad llegó a ser motivo de impeachment para Bill Clinton y no se han dado divorcios ni en la Casa Blanca ni en La Moncloa. Hoy solo Donald Trump parece ser capaz de saltarse a la torera esa figura ejemplar, pero pasándose al lado opuesto. Al de un retroceso que no pide disculpas y niega la mayor, vistiéndose además de avance. Todo apunta a que la fórmula revalidará el título por cuatro años más. Así que, ¿realmente hemos avanzado?

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Shangay

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