31/05/2020

La foto que demuestra que nada impide que el arcoíris salga en Sol

11 abril, 2020
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Esta foto lo demuestra. Viernes 10 de abril a las 19’25 horas. Viernes Santo, justo en mitad de las vacaciones de Semana Santa, en medio de la pandemia por el coronavirus que ha paralizado al mundo y ha destrozado la vida de millones de personas. Pero nada impide que tras la tormenta termine saliendo el sol, y de esa mágica combinación surja el no menos mágico arcoíris.

La puerta del Sol es el centro de Madrid. Y de España. Del mítico kilómetro 0 salen todas las carreteras. Esta plaza es, también, el epicentro del ruido, el follón; del caos, el bullicio y el desorden. En condiciones normales, es un lugar tan absurdo e inhóspito que resulta sin embargo acogedor, porque forma parte de nuestra vida. Tanto de la vida de los que son de Madrid como de los que no los somos; de quienes no viven en la ciudad y de quienes sí lo hacemos.

Sol forma parte, incluso, de la vida de aquellos que nunca han pisado la capital, porque todos, incluso sin quererlo, hemos comenzado el año desde Sol alguna vez. Bien al ritmo de Mecano, el de Anne Igartiburu o el de Ana Obregón. Ahora, cuando el COVID-19 se ha clavado en nuestras vidas, ver esta plaza desierta, sin gente y sin ruido, es simplemente desolador.

[Fotos: Shangay/Nacho Fresno]

Resulta curioso. Esta ocasión, única, de verla vacía, en ver de permitirnos apreciar la belleza de esta atípica plaza del Madrid de los Austrias, lo que nos transmite es una estampa desoladora. Sol es un símbolo. Un símbolo de vida. Un símbolo de ‘La Vida’. Y esta no tiene sentido que se represente en un escenario vacío. Ver el arcoíris sobrevolar este horror es más que un símbolo: es la certeza de que nuestros colores renacen de la muerte para volver a teñir, de vida, las calles.

Quizás porque la vida es como la Puerta del Sol, un ‘espacio’ en el que todo cabe. Y ese ‘todo’ incluye lo bueno y lo malo. Por eso esta plaza, como la vida, es atípica. Lo es por su decimonónica forma semicircular configurada por sus edificios; por su caos, su belleza, su fealdad o su anodina personalidad; por su falta de silencio; por su kiosko de prensa que nunca cierra, que ‘tiene de todo, pero luego nunca nada tiene nada’ de lo que buscamos, pero que de tantos apuros nos ha sacado (y nos sacará); por su Tío Pepe, que es ‘sol de Andalucía embotellado’, y que ha logrado sobrevivir desde a la ley publicitaria hasta a la apisonadora global de Apple…

Es tan atípica que nada tiene que ver con las tradicionales plazas madrileñas. Allí caben desde personajes de Disney sin copyright, las loteras del Gordo de la Navidad, la presidenta de la Comunidad de Madrid, las napolitanas de La Mallorquina, la gala de Mr Gay Pride, los clásicos (y maravillosos) paraguas y abanicos de Del Diego, los chaperos antaño apoyados en las macetas (Mendicutti dixit), los nostálgicos de Mecano, turistas aborregados o los frikis que hacen ya cola para cuando salga el iPhone 25 dentro de siete años… Todos cabemos en Sol.

Por eso resulta esperanzador ver este arcoíris que es tan importante es en nuestras vidas coronando esta plaza que es de todos. Porque cuando todo esto pase, volvemos a llenar ese espacio de ruido, de caos, de bullicio y de desorden. Porque ‘La Vida’ es eso. Y mucho más. El drama que estamos viviendo –que ha paralizado al mundo clavando su horror en lo más profundo e íntimo de millones de personas, arrebatándoles la vida– tiene un enemigo: el arcoíris.

Hoy, en abril de 2020, ya vemos cómo estos siete mágicos colores han vuelto a coronar la Puerta del Sol. Si después de la tormenta siempre sale el sol, nosotros tenemos la certeza –y de eso sabemos un poco en este colectivo LGTBI al que pertenecemos– de que después de la tormenta se forma un arcoíris. Lo dijo, con Orgullo, Judy Garland.

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Shangay

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