22/10/2020

12 meses, 12 discos: los acontecimientos pop de 2018

4 enero, 2019

MARIAH CAREY “CAUTION” (EPIC/SONY MUSIC)

Nunca ha sido la Carey una artista de ir con precaución por la vida. Con la perspectiva que dan casi tres décadas de trayectoria y este rotundo golpe en la mesa que supone Caution, hay que celebrar sus riesgos artísticos –que por fin parecen ser mayoritariamente reconocidos– y también los excesos cometidos con el divertido personaje público que se ha creado –y que, en ocasiones, amenazó con comerse a la artista–.

En Caution, su decimoquinto álbum, ha prescindido casi por completo de florituras que pudieran desviar la atención de un trabajo solidísimo, uno de los mejores álbumes de su carrera. “Dijeron que no podríamos llegar lejos”, canta en la espléndida The Distance, y lo que de primeras puede parecer una simple canción de amor se puede leer perfectamente como un diálogo con sus fans, y un himno de autoafirmación en toda regla –solo ella puede conseguir que no chirríe leer juntos en los créditos de una misma canción a Skrillex, uno de los productores, y a Ty Dollar $ign–.

Mariah ha refinado su fórmula de r’n’b-hip-pop que se nutre de referencias retro –de los 90– y de una atemporalidad solo al alcance de maestras en lo suyo como ella. Porque este es un disco de lo más elegante, incluso cuando Mariah lo arranca con ese GTFO que tanto juego a dado a nivel de memes, o cuando plantea un corte de mangas en toda regla en A No No, que merece ser el gran hit comercial del álbum, y en la que rinde merecido tributo a la pionera Lil’ Kim con ese afinado sampleo de Crush On You que utiliza como base.

Y no solo juega en terreno conocido –con un único resbalón en la predecible With You–, también se la ha jugado en esa minisinfonía que ha parido junto a Blood Orange que es Giving Me Life; nunca la sutilidad le sentó tan bien. Frase aplicable a todo el álbum, por otro lado.

ROSALÍA “EL MAL QUERER” (SONY MUSIC)

En cuestión de meses, Rosalía ha pasado de aplaudida revelación a salvadora del pop nacional. Vamos, una santa –o si se prefiere, una iluminada–, como la vemos en la portada de El mal querer. Sí, su segundo álbum está a la altura de las expectativas, y hay que celebrarlo.

Porque lo que propone Rosalía es un viaje para el que no hace falta saber de flamenco como ella. Este es un disco pop, conceptual y cargado de referencias para connaiseurs, eso sí; en cualquier caso, se convierte en una experiencia litúrgica en más de un sentido. Esa es su grandeza. En El mal querer, la protagonista absoluta es Rosalía, que firma una especie de versión posmoderna de Bodas de sangre con El Guincho como principal aliado y no pocos invitados. Y estamos ante su trabajo final de carrera, no hay que olvidarlo…

Rara vez tiene semejante exposición una obra de estas características, pero está claro que todo lo que rodea a la artista hasta ahora está resultando único. Se ha unido Di mi nombre a su colección de hits, que podrían habernos parecido improbables hace un año, y hoy no. Porque conocieras o no los tangos de La Repompa de Málaga, Di mi nombre resulta irresistible. Y la manera en que fluyen las canciones engancha e impide que desconectes; este es un disco para escuchar de principio a fin –en eso también le ha salido el hondo sentido de la tradición que tanto le inspira–.

Cuenta con tantos momentos memorables que aquí no caben: ese tramo final entre marcial y puramente electrónico de De aquí no sales, la expresividad emocional de las cuerdas –a lo Homogenic– en Reniego, el guest starring de Rossy de Palma en Preso, ese desplante por Justin Timberlake que es Bagdad. Y que es ya un nuevo hit de un álbum que es todo un éxito en sí mismo.

CHRISTINE AND THE QUEENS “CHRIS” (BECAUSE/MUSIC AS USUAL)

Suena a auténtico milagro lo que propone –más bien, lo que ha plasmado– Héloïse Letissier en su segundo álbum, tras el celebrado Chaleur Humaine. Porque da un paso adelante en su reinterpretación del girl power, utilizando el discofunk que creó escuela gracias al ‘Minneapolis sound’ para vehicular sus mensajes de empoderamiento y su desprejuiciada visión de conceptos como el género y la identidad.

En cierta manera, es una reinvención del clásico álbum de Janet Jackson Rhythm Nation 1814, aunque ella apuesta más por lo sexual que por lo social –que van juntos, al fin y al cabo–. Si nos hubieran dicho que Chris lo han producido Jam & Lewis nos lo habríamos creído, pero no, Christine –como firma en los créditos– se lo come y se lo guisa casi por completo sola.

Sus constantes juegos con las dualidades, también físicas, le han llevado a proponer el álbum en inglés y en francés, y ambas funcionan. Aunque cabe destacar que la versión en francés incluye dos temas extra y mayores atrevimientos líricos, como es Follarse. Ha potenciado su masculinidad en su nuevo alter ego ‘superqueer’ y reivindica su poder para seducir con libertad y follar libremente con quien quiera.

Todo ello lo plantea en un álbum sin hits obvios pero sin un mínimo resbalón, esta/e Chris ha sabido mantener un altísimo nivel en las canciones que incluye. Eso sí, su más reciente single The Walker/La marcheuse entra directo entre las mejores canciones pop del año. Y la capacidad de fascinación de cortes poderosos como Doesn’t Matter o baladones de electro-r’n’b como Makes Some Sense contribuyen a reforzar lo estupenda/o intérprete que es Chris(tine).

TROYE SIVAN “BLOOM” (UNIVERSAL MUSIC)

Que una estrella pop abiertamente gay como Troye Sivan aproveche su alcance global para publicar un álbum como Bloom es de agradecer. Sinceridad, vulnerabilidad y una sexualidad desacomplejada son los principales ingredientes de un álbum conciso, emotivo y rebosante de personalidad.

En un momento en que es cada vez mayor la visibilidad LGTBI en el universo pop –quizá desde los 80, cuando triunfaban a lo grande nombres como Culture Club, Bronski Beat, Frankie Goes to Hollywood, Soft Cell o Pet Shop Boys, no se ha vivido algo igual–, que coincidan en el tiempo lanzamientos de Years and Years o MNEK es de aplaudir.

Arranca con Seventeen, inspirada en una experiencia que tuvo en Grindr cuando aún era menor de edad. Musicalmente, supone el eslabón perfecto entre su debut y este álbum. E indica que, en esta ocasión, apuesta por el ‘menos es más’ a todos los niveles. Con el que fue su primer single, My My My!, continúa una trilogía que cierra con el tema que le da título. Tres canciones que se complementan y en las que habla sobre el deseo, la necesidad de sentirse amado y la sexualidad libre. Es a partir de The Good Side cuando más claramente se escuchan sus influencias retro; suena a una combinación, inesperada, entre James Taylor y Air. Y Postcard recuerda, casi inevitablemente, a Rufus Wainwright.

El cambio de tercio llega con Dance To This, su dúo con Ariana Grande, en donde las cajas de ritmos típicamente ochenteras comienzan a cobrar protagonismo. El ramalazo funky que recorre What a Heavenly Way To Die gracias a –quizás– la misma Linn LM-1 que fue seña de identidad de la música de Prince, aporta otro matiz. Lucky Strike es tan adictiva como los cigarrillos que menciona, y en ella Troye incide de nuevo en esa visión del amor que parece tener en estos momentos, tan de entregarse en cuerpo y alma. Cierra el álbum con Animal, inquietante y oscura en la superficie, que no en el fondo. Bravo.

YEARS & YEARS “PALO SANTO” (POLYDOR/UNIVERSAL MUSIC)

No son pocos los clásicos del pop –muchos, creados por artistas LGTB o gayfriendly– que han surgido de la necesidad de redimir penas bailando. La capacidad de emocionar cuando se combinan en un disco sexo, dramas sentimentales, religión –sea una establecida o una propia– y ansias de redención no resulta tan sencilla. De ahí que el segundo disco de Years & Years haya que celebrarlo como un triunfo.

Cuando comenzó la ambiciosa campaña previa al lanzamiento, daba la sensación de que el presupuesto asfixiaba la música –mucho teaser, vídeo ampuloso para Sanctify, el corto distópico–. Todo apuntaba al ‘síndrome Scissor Sisters’, que nunca remontaron del todo tras una operación promocional similar. Una vez escuchado Palo Santo, te olvidas de la parafernalia que lo ha rodeado, porque es un excelente disco de pop electrónico. Mucho más procedente que su debut Communion, plagado de grandes singles, pero que no está ‘envejeciendo’ tan bien debido al sonido tropical que lo envolvía –aquí, Rendezvous es la canción que más se acerca–.

Impresiona la cantidad de colaboradores con los que han contado, nombres como Two Inch Punch o Grades en la producción de algunos cortes, o la firma de los solicitadísimos Justin Tranter y Julia Michaels en otros. Aunque lo destacable es que nada empaña el protagonismo absoluto de este gran icono gay millennial que es Olly Alexander, en el papel de sumo sacerdote cuya personalidad impregna cada segundo de un álbum en donde ha volcado sus vivencias y anhelos recientes.

De la contagiosa euforia de Hallelujah a la sensual positividad –vehiculada a través de una irresistible combinación de r’n’b retro y synthpop– de Karma; del romanticismo clásico de Hypnotised al trance que invoca el tema que le da título, hasta llegar a ese inesperado himno de autoafirmación que es Howl. Hay mucho que rascar si no te conformas con bailar.

CHRISTINA AGUILERA “LIBERATION” (RCA/SONY MUSIC)

La expectación ante Liberation, el octavo álbum de la diva pop, primero desde el desastroso Lotus (2012), era máxima. Cuando un artista vende su retorno como una liberación –recordemos Emancipation de Prince–, el componente emocional se convierte en un valor más del álbum. En este caso, ha jugado en contra del resultado musical, dado que Liberation es un disco irregular y no tan valiente, en el que, sin duda, la voz de Aguilera –para bien y para mal– es el elemento que le da cohesión.

Lo evidente es que el hip-hop soul à la Mary J. Blige es el medio que mejor se acopla a la nueva Christina. La potente Maria –con nada menos que Hudson Mohawke y Kanye West a la producción–, tras un curioso guiño a Sonrisas y lágrimas, lo evidencia. Otro ejemplo, Like I Do –esta vez con Anderson .Paak en la sombra–, en donde Xtina proyecta una sensualidad inédita hasta ahora. Aquí sí suena liberada, y se agradece.

Deserve, con un beat downtempo hiphopero que le sienta igualmente bien –Julia Michaels y MNEK la firman–, refuerza la idea de que si hubiera apostado por todo un álbum fomentando esta vena, Liberation habría sido muy distinto. Porque Pipe o Right Moves suenan demasiado previsibles interpretadas por ella. Y entre los imprescindibles baladones, solo la gospeliana Twice –con madera de single– emociona.

Es obvio que no va a ganar nuevos fans con este disco, pero sí ha logrado reforzar los lazos con sus devotos. Que conecten con este coitus interruptus quiere decir que esta liberación sí tiene un sentido, no solo para ella. Una vez liberada, solo hay que pedirle que se suelte la melena de verdad la próxima vez.

JORJA SMITH “LOST & FOUND” (FAMM/SONY MUSIC)

Su fenómeno me recuerda al de Ms. Dynamite en su momento, aunque Jorja Smith llega en un momento muy diferente. Ahora mismo, esta joven revelación británica publica su primer álbum en un momento de absoluta efervescencia del UK soul, con una escena repleta de propuestas interesantes.

Lo más llamativo de Smith es que con su humeante voz evoca a la vez a la añorada Amy Winehouse y a la recuperada Lauryn Hill, cuyo genial debut cumple 20 años. Los que tiene Jorja, ahí es nada. Ya han contado con ella figuras como Drake o Kendrick Lamar, y la crítica de los Brits la ha nombrado artista a la que hay que seguir sí o sí este año.

Tras varios singles impecables, lo primero que llama la atención de este debut es que en él ha huido del riesgo; su mayor atrevimiento es firmar un disco que bebe casi exclusivamente de pautas del r’n’b y el soul clásicos. Nada que objetar, porque le sientan como un guante a su cálida voz –ojo, también se atreve con alguna floritura con agudos de esos a los que Mariah Carey ya no llega en el tema que lo titula–. Solo que, una vez escuchado, no resulta lo memorable que quizá hubiera deseado.

No es grave, es un primer disco, sutil, envolvente y melancólico, que entra realmente bien. La tímida aproximación a las bases disco de Where Did I Go? se agradece, y a singles como February 3rd y Blue Lights –sample de Dizzie Rascal incluido– no se les puede poner pegas. Brillante es también The One, producida y coescrita por un compañero de su escena, Joel Compass, con increíbles cuerdas arregladas por Nitin Sawhney. El toque gospel de Tomorrow introduce también variedad en el conjunto, y Smith sale airosa cuando más se acerca a Lauryn Hill, en Lifeboats (Freestyle), otro tema destacado. Bagaje más que positivo para una artista de voz fascinante cuyo material también comienza a serlo.

JAVIERA MENA “ESPEJO” (SONY MUSIC)

Se agradece que la chilena Javiera Mena sea una artista tan transparente, y Espejo es un reflejo nítido de quién es. Un álbum que desborda amor expansivo, y en donde Javiera vehicula su pasión por el pop electrónico y ese amor que es su tema central por distintas vías, todas válidas, aunque no en todas brilla por igual.

Su primer adelanto, Cerca de ti, que lo abre, es infalible, una puesta al día de Runaway de Janet Jackson que indica que este es un álbum ante todo escapista, además de romántico. En la brillante Espejo entra en acción el house noventero como instrumento de baile, una pasión que Mena siempre ha dejado clara en sus DJ sets, y que encaja como un guante en su concepción popera. Por cierto, es una de sus colaboraciones con Alizz, convertido en acertado aliado en varios de los mejores momentos del disco. Otro ejemplo de su buena química artística es Aire, el corte más sensual del disco, esta vez vía house ‘00.

Cuando se adentra en el medio tiempo, brilla en Cerca –como Espada, aunque con una vena romántica más acentuada–, y decepciona en Alma, a la que le falta algo. Punch es lo que le falta a Intuición, un reguetón nada eufórico, con una elegancia nada habitual en el género, pero que sabe a poco dadas sus protagonistas –ha contado con Li Saumet de Bomba Estéreo–. Aunque si la escuchas junto a Noche, forman una pareja estupenda.

Escalera y Aire son dos ‘momentos Robyn’ del disco, y su única gran concesión melódica a los 80 que tanto le gustan llega con Todas aquí, muy Thompson Twins o incluso Eurythmics, un canto a la igualdad y al empoderamiento que huye de clichés fáciles. Y que contribuye a que termines por amar este paso adelante de Javiera Mena, imperfecto, sí, pero que se hace querer.

KYLIE MINOGUE “GOLDEN” (BMG)

Este nuevo disco equivale a la aceptación de Kylie Minogue de que es momento de empezar a utilizar la tarjeta dorada. Un chiste malo, sí, pero gráfico. ¿La voz de Kylie acompañada por banjos? ¿Su disco más sincero grabado… en Nashville? Todavía si hubiese trabajado con un Avicii –cuya concepción del country pop estará desfasada, pero es más cercana a su espíritu bailable de siempre–, se habría entendido.

Sin duda, es su movimiento artístico más controvertido desde que abrazó los sonidos indies en la época de Impossible Princess. Y los discos de aquel momento terminaron siendo de culto, cierto es. Pero es que contenían grandísimas canciones. Golden no. Y lo evidencia desde el momento que arranca. Porque sus dos primeros singles encadenados, Dancing y Stop Me From Falling, además de muy similares, resultan descorazonadores.

El tema que da título al disco supone un rayo de esperanza. Y el hecho de que en él defienda que la pasión por el pop une y no tiene edad es un plus. Claro, que acto seguido llega a A Lifetime To Repair, prima hermana de las dos primeras, y regresa la sensación de bajón. Reiterada con canciones con Shelby ‘68, una insulsa historia de romance con guiño a la pasión de su padre por los coches…

El disco remonta en dos momentos, gracias a la euforia contagiosa de Live A Little –aunque suene más a Miley que a Kylie– y con Raining Glitter, lo único que grita hit aquí –sí, muy años 2000, muy Please Stay, muy Madison Avenue… pero muy Minogue–. ¿Sorpresas? El registro que explota en Radio On, por una vez, con su voz en el centro de todo, que incluso excusa la falta de un estribillo. Esta Kylie dorada descoloca, y mucho. Ahora, a confiar en que tras el oro llegue la plata, que le va mucho mejor a esta reina que se quedó en princesa.

BAD GYAL “WORLDWIDE ANGEL” (PURO RECORDS/CANADA)

Imposible no recordar aquella frase con la que el New York Times definió a la indefinible Lola Flores: “Ni canta ni baila, pero no se la pierdan”. Bad Gyal baila, y tanto; cantar, canta a su manera, profundamente autotuneada. Pero como ocurría con La Faraona, la raíz de la fascinación que despierta es imposible de explicar.

Su magnetismo todavía no se puede asociar a un talento artístico concreto, y es lo que la hace especial. Su segunda mixtape –podría definirla perfectamente como ‘álbum’– supone un paso adelante de la artista, que aun siendo trapera demuestra que no se cierra a un género que empieza a agotar por el exceso de clichés fáciles a los que recurren tantos de los que lo practican. Que le tiran el hip-hop y el dancehall es un hecho, y es de alabar que los incorpore a tu ‘tra’ sin que suene impostado. Tampoco en sus letras va de algo que no es.

La ingenuidad que rezuma Internationally, crónica de su éxito, te hace amarla. Su manera de incorporar el servicio social a su música nos revela lo que ha evolucionado la tradición del cantautor: que “las niñas quieren tra”, pues ella se lo da (Tra). Merece la pena resaltar la colaboración de, entre otros, El Guincho y Fakeguido, porque, en un caso como Yo sigo iual, a caballo entre un reguetón a lo Chantaje de Shakira y Maluma –su deje en catalán se parece incluso al del colombiano cuando se pone sensual– y un corte de nu disco reposado, logran sacar oro de Bad Gyal. Y, claro, Blink, lo más hiphopero de la mixtape, aunque pasado por el filtro jamaicano, es un temazo indiscutible, de esos que nos recuerdan que si

Bad Gyal fascina ya como Mala Rodríguez cuando la descubrimos, es porque tiene algo que la hace muy especial. “Me gusta el perreo”, repite una y otra vez en Blink. Y a nosotrxs cómo lo practicas.

CAMILA CABELLO “CAMILA” (SYCO/EPIC/SONY MUSIC)

Su impacto corrobora que existía la necesidad de una artista pop como Camila Cabello. No, no se equivocó al dejar atrás Fifth Harmony. Que su ambición era mayor que la de sus compañeras era evidente; que cuenta con un magnetismo mayor digno de explotar, también. Lástima que en su debut como solista esa chispa no brille en todo momento como debiera.

Un detalle que se agradece: que no le hayan facturado un álbum a la imagen y semejanza de On The 6 de Jennifer Lopez, que es lo que cabía temer. No tiene todavía Cabello el poderío para defender un repertorio como aquel, por mucho que el punto latino se le dé bien. Lo que confirma Camila es que tampoco tiene todavía la experiencia suficiente para atreverse con un álbum ‘íntimo y personal’, el concepto –tan poco original aunque tan tendencia– en base al que se ha dado forma a este disco.

Por el camino han quedado growers como Crying In The Club, que bien podían haber estado, para que no dé la sensación de ser un álbum tan raquítico, con Never Be The Same repetida dos veces y una duración en torno a los treinta minutos. Lo mejor está en su parte central, a partir de She Loves Control –que puede convertirse en su New Rules–. Nada que objetar a Havana a estas alturas, ni a Inside Out, que engancha. Entre tanto medio tiempo como incluye, el punto Ed Sheeran de All These Years nos indica por dónde no debe tirar, mientras que la fragilidad, entre poderosa y sensual, de In The Dark e Into It dan pistas de un camino que Camila puede explorar con arte. Si se lo pide el cuerpo –ojalá– y le dejan.

BJÖRK “UTOPIA” (ONE LITTLE INDIAN/POPSTOCK!)

En un momento en que en el universo pop parece que solo se toleran los discos de fácil digestión, Björk demuestra, una vez más, que está por encima del bien y del mal. Lo hace para bien, si le das las oportunidades que se merece Utopia. No llega a ser una de sus obras maestras porque la islandesa cae en ocasiones, en el álbum más largo de su carrera, en la autoindulgencia –bueno, demuestra que es humana, que cualquiera lo diría viéndola en su controvertida portada–.

Pero a lo largo de Utopia también demuestra en muchos momentos que es una artista como de otro planeta, incapaz de ponérselo fácil ni a sí misma. De manera que, una vez asimilado, tras unas cuantas escuchas detenidas, Utopia se revela como lo que es, un sentido tratado sobre la montaña rusa emocional a la que nos enfrentamos en los tiempos en que las redes sociales son el principal vehículo de expresión.

De ahí que el brillante arranque del álbum, con Arisen My Senses y Blissing Me –dos momentos que traen a la memoria ritmos y atmósferas de Homogenic y Vespertine, los discos con que este tiene cierto parentesco–, despiste. El protagonismo de su voz en estas va dando paso a una mayor relevancia a las flautas –esas grandes reivindicadas aquí– y los ritmos abstractos –en parte creados por Arca–, y el sensual optimismo del inicio va mutando: en la dispersa Features Creatures, en inquietud; en la potente Body Memory, en claustrofobia.

Las grandes joyas que contiene el disco están agrupadas; tras las dos iniciales, en su parte central Courtship y Losss abruman, y Saint y Future Forever componen uno de los cierres más brillantes de un disco de Björk. Que una vez más deja abierta la puerta hacia el futuro, ese en el que ella lleva instalada desde hace tanto.

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