24/10/2020

Samantha Hudson en ‘Generación Selfi’: “Soy un maricón pintado, travesti y bastante polémica; venía loca de fábrica”

19 junio, 2020

No es fácil etiquetar a Samantha Hudson [a quien también puedes llamar Iván González]. Ni elle misme sabe, ni quiere, hacerlo. Cuando pensarías en considerarle un artista multidisciplinar y activista, Samantha no duda en definirse como ‘travesti’.

Es una persona libre, sin prejuicios, de mente rápida y una facilidad comunicativa admirable –como demuestra la pasión de sus más de 50.000 seguidores en Instagram–. Un influencer sui géneris que utiliza su visibilidad como arma política y vía de entretenimiento a la vez. A sus 20 años, es un referente para muchas personas LGTBI, sin él proponérselo. Y sin que le pese. Y sin creérselo. Porque Samantha lo vale. Charlamos con ella –o él, le da igual, porque alterna géneros sin más cuando habla– una vez salimos del confinamiento, cuando todavía está reciente el lanzamiento de Hazme el favor (vente conmigo a bailar), y se encuentra ya grabando nuevos temas, que verán la luz breve y, sin duda, van a sorprender. De momento, dejemos que sea Samantha quien cuente cómo ha llegado hasta aquí la señorita Hudson…

La naturalidad de un maricón pintado

“Mi hermano es gay, siempre fue un referente para mí, y él me abrió el camino. Siempre he sido muy esperpéntica, de ‘hoy me pongo minifalda’ o de ‘este verano salgo sin pantalones a la calle’, y no sé de dónde me nacían esas cosas. Como mis padres llevaban bien que mi hermano fuera gay, estaba más desinhibida. Claro, que yo soy un maricón pintado, travesti y bastante polémica; venía loca de fábrica. Eso fue más difícil de digerir para ellos, pero igualmente lo aceptaron bien. Si no me afectan las críticas es gracias al apoyo que he tenido siempre de mi familia.

Tampoco sufrí nunca agresiones, y eso me hizo permitirme ciertas licencias que han hecho de mí quien soy. Y todo lo que me pasó en el instituto surgió de manera espontánea, como cuando tenía que hacer un trabajo para la asignatura de cultura visual y decidí hacer un videoclip de una canción original mía, Soy maricón. ¡Y ni sabía hacer música, la grabé con un piano online! Se armó la de dios, tuvo mogollón de visitas y me dije ‘he encontrado una vocación: soy travesti’. Y aquí estoy, por una casualidad”.

Polifacética activista 360º con conciencia de clase

“Tengo 20 años y me han pasado de cosas… ¿Y cuando tenga 30? Eso si llego, porque igual me atropella antes un autobús. Espero que me pasen cosas buenas, y si son malas, por lo menos que sean divertidas, para que cuando las supere tenga buenas anécdotas que contar. La gente tiene problemas con que me denomine travesti, pero es que yo lo asocio a performance. Si eres drag queen tienes un alter ego, y lo asocio a un trabajo, pero lo que yo hago ni lo considero un trabajo: me limito a ser yo misma encima de un escenario. También me han llamado ‘cantante protesta’ y ‘terrorista queer’. Hay gente que al principio me sigue porque le hago gracia, y después me agradece que en mis redes encuentran algo más, y es que yo soy una chica 360º. Porque en el mundo tienes que estar preparada para cualquier peligro.

Que comparta mi activismo tiene que ver con el hecho de que las nuevas generaciones vienen muy fuertes con todo el tema de la conciencia social. En el instituto me interesé mucho por mejorar mi discurso, porque mis dotes para hablar ya venían de fábrica. De repente, me volví una adolescente enfadada con el mundo que quería reivindicarlo todo. Más que activismo LGTB, lo que hago es pintarrajearme, ponerme falda y salir a la calle; con eso ya estoy haciendo un statement. Temas relacionados con la lucha de clases y derechos laborales sí los verbalizo más, porque creo que las nuevas generaciones deben tenerlos presentes, porque lo que más falta hace es conciencia de clase”.

Una vida compartida en Instagram

“Para mí es como hablar con una amiga. A lo mejor me tiro media hora al día grabándome stories; las repito si no han quedado bien, me cambio de peluca… Para mí son como una superproducción de Hollywood, me entretengo muchísimo. Es una nueva manera de comunicarse, y es un medio que hay que aceptar como natural. Ni muestro un personaje ni lo hago porque me contraten marcas para ganar dinero; soy pobre como una rata. Pero ya tengo un público, es algo que no puedo negar.

Más que aprender cosas sobre mí misma con los vídeos, lo que hago es tomar conciencia, a partir de los comentarios que recibo, porque tengo a un ejército de gente diciéndome cosas bonitas. Cuando tengo momentos de bajón, que son pocos, casi siempre los cuento, los rentabilizo bastante.

Jugando con mis amigas en Magaluf, de donde soy, surgió el nombre de Samantha Hudson, y me pareció tan bueno que empecé a usarlo en todas mis redes. No tiene pies ni cabeza, como todo lo que hago. Me dejo llevar porque, si te paras a pensarlo, la vida es un coñazo y un tostón. Si tuviera que ser todo el rato consciente de por qué hago las cosas, o de si están bien o mal, me volvería loca. Soy de por sí una persona muy reflexiva, pero si encima me tomara todo en serio, me hundiría en un pozo de miseria y no sería tan alegre. Nada tiene sentido, así que procuro simplemente ver siempre lo positivo de todo. No es fácil, pero tengo una vida sencilla que me permite tomármelo todo así”.

La noche es para mí

“Soñaba con actuar en ¡Que Trabaje Rita!, y cuando saqué Soy maricón me lo ofrecieron. Pero no pude, porque tenía 16 años y mi madre me dijo que no. Y se lo agradezco, creo que me habría superado, porque la noche no es fácil, y menos para una niñata.

Fui haciendo cositas en Mallorca, casi siempre sin cobrar, y me mudé a Barcelona, porque quería trabajar de esto y hacer muchos bolos. Aquello fue un fiasco, porque no tenía tanto tirón entonces, y yo que pensaba que iba a ser la más, no me comí un colín. Cuando me pasó lo del balcón [un accidente que casi le cuesta la vida, como refleja el documental Samantha Hudson, una historia de fe, sexo y electroqueer], me volví a Mallorca. Y ya decidí venirme a probar suerte a Madrid. No creo en el destino, pero sí veo que cuando me fui a Barcelona no estaba preparada. Cuando me veo en el documental pienso ‘dónde ibas, niñata, que te creías la reina del mambo y no eras nada’.

Controlar la noche es difícil, porque te ves envuelta en el rollo de tus amigas, que todas son DJs, travestis o camareras, y solo trabajan el fin de semana. Frenar el tema drogas y alcohol es complicado; me tiro tres días de fiesta, estoy hecha polvo entre semana… ¿Realmente me compensa? ¿Pero cómo aguanto tantos días de fiesta? Casi perdí el control una vez, pero no. Ahora estoy muy señora de mi casa después de tres meses confinada. Por eso me pongo las pelucas y salgo estridente a la calle a diario, porque quiero que la gente se entere de que las travestis y los maricones pintados existimos más allá de la noche. Igualmente, me voy de fiesta, pero ahora dos días en vez de tres”.

Mi música es mi voz... de momento

“Nunca pensé que nadie me fuera a fichar para nada, y que sería siempre una artista que se hace todo ella sola. De repente, me fichó Subterfuge [con los que ya ha publicado Hazme el favor (vente conmigo a bailar)], y ahora soy una ‘chica Subterfuge’. He agradecido mucho el respaldo, que me ayuden con los trámites legales y con la comunicación y la prensa. ¡Y que me lleven a comer a sitios caros! [risas]

Suena absurdo que una travesti que canta ‘soy maricón, soy maricón’ pueda tener una carrera discográfica, pero… ¿por qué no? Y no me quiero dedicar únicamente a la música y a los bolos, quizá a los cincuenta esté hasta el coño. Pero de momento me agarro a eso, porque es lo más seguro que tengo de momento. ¿Estudiaré algo? Pues igual dirección y guion, que es lo que quería hacer. O me meto a dar clases de pole dance, quién sabe. Haré lo que me apetezca en cada momento, no me cierro a nada”.

Siempre desinhibida

“La gente tiene una tolerancia muy grande conmigo: no sé si porque soy graciosa, y el resto le da igual. Porque siendo la más roja de todas, tengo seguidores como de Ciudadanos, con un pensamiento más retrógrado y neoliberal, y me siguen enviando corazones. Esa gente no es que te respete o te entienda, te tolera por ser tan graciosa. O a veces me ven vestida tan absurda que ni reaccionan, ni les sale decirme ‘maricón’. Si me miran, que miren, lo encuentro una reacción natural. Porque igual no les provoca rechazo que vaya con falda, sino que se quedan gestionándolo.

Lo he tenido fácil, la verdad. Por eso no me gusta que me traten como un referente top de lo top. Más valentía requiere vivir con una familia homófoba o ir a clase y sufrir acoso en el instituto; no me quito mérito, pero al final lo único que hago es ser desinhibida. Cada uno tiene sus circunstancias y su contexto, y hace lo que puede con lo que tiene”.

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Shangay

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